“Significa mucho para mí introducir la cultura palestina a los peruanos”, cuenta Eman Al Atawna, una chef palestina de 49 años, nacida en Gaza, en conversación con TRT Español desde su restaurante en Perú. “Cada receta que presento narra la historia de mi pueblo y es un recuerdo de mi amada tierra natal”.
En Pachacámac, sur de Lima, donde la capital se encuentra con el desierto, esta palestina revive esos recuerdos desde la cocina de Bokja, el restaurante palestino que abrió en 2025 para fusionar la gastronomía de su tierra con ingredientes e inspiración peruanos.
Durante sus más de 20 años en Perú, Al Atawna ha sido reconocida por instituciones como Le Cordon Bleu, donde imparte clases, y por el Congreso del país, que en 2016 le otorgó una distinción por promover el empoderamiento de las mujeres. En 2025, el alcalde de Pachacámac le entregó una medalla por su aporte a la resistencia cultural a través de la comida.
“Esta cocina es una forma de resistencia frente a la ocupación israelí”, sentencia Al Atawna.
La cocina que preserva la palestinidad
“Cada vez que cocino un plato, recuerdo el olor de mi hogar, el sabor y los rostros de quienes lo compartieron. Recuerdo las conversaciones, las risas, todo”, explica. Cocinar, añade, es una “manera de preservar recetas y métodos tradicionales palestinos” transmitidos de generación en generación.
En Bokja aplica estas lecciones preparando platos como el musakhan, pollo con zumaque y pan taboon, tradicional de Palestina, que se cocinaba durante la cosecha de aceitunas, junto a la prensa de aceite, en un ambiente de reunión fraternal, cantos y ululaciones.
La chef prepara el pan en horno de leña, reutiliza sobras, como pan seco en el fattah, comprueba la sal de las aceitunas con un huevo y cocina siempre con aceite de oliva. También elabora ma’amoul, el dulce festivo, y hojas de parra rellenas. Para Al Atawna, la precisión no está en medidas exactas, sino en los sentidos: vista, tacto, olfato y gusto. Todas son técnicas aprendidas en el ámbito familiar, de su abuela, madre y tías.
Bokja
El nombre del restaurante, Bokja, remite a los fardos de tela blanca que las familias palestinas usaban para guardar varias pertenencias como su documento de identidad y llaves de sus casas durante la Nakba, “catástrofe en árabe”, cuando más de 750.000 palestinos fueron expulsados de sus hogares por fuerzas sionistas para crear el estado de Israel.
“Mi abuela me contó que recorrió largas distancias hacia un camino desconocido. Llevaba la llave de la casa, los títulos de propiedad de la tierra y pan para sus hijos en su bokja”, relata Al Atawna sobre lo que atravesaron sus abuelos tras la Nakba y cómo conservaron esa llave por décadas. “Se aferraban a la esperanza de regresar. Mi abuelo, que ahora tiene 106 años, nació antes de la ocupación israelí y fue testigo directo de ella”.
La propia bokja de Al Atawna contenía recuerdos de Gaza: un vestido bordado por su abuela, un cuenco de barro, un mortero tallado en madera de olivo, algarrobas, za’atar y salvia, hoy difíciles de recolectar bajo riesgo de multas o detención por las autoridades israelíes. “El aroma de mi hogar y el calor de mi familia viajaron conmigo en mi bokja”, evoca.
“Todo lo que nos simboliza, la ocupación lo impide, lo destruye o lo arranca, como el olivo, símbolo de Palestina. Las autoridades israelíes han arrancado cientos de miles de olivos a lo largo de décadas”, señala.
Pérdida
Nacida en Gaza en 1976, Al Atawna creció con un fuerte arraigo cultural, escuchando las historias de su abuela sobre la casa familiar, perdida en 1948, recuerdos que conserva cerca de su corazón. “Hablaba de la casa y de los olivos del huerto como si acabara de salir de allí. Me pintó la casa y el pueblo”, dice. “Lo memoricé, aunque nunca lo he visto”.
Como millones de palestinos a los que se les ha impedido regresar por las restricciones israelíes, el desplazamiento forzado se extendió a lo largo de generaciones. Así la familia Al Atawna quedó dividida entre Gaza, Jordania, Siria y Líbano, donde muchos viven en campos de refugiados como Baqa’a, Wehdat, Yarmouk y Ain al-Hilweh.
Vivió en carne propia la agresión militar israelí, además de cortes de electricidad que dejaban los hogares a oscuras durante horas, escasez de harina y medicinas, toques de queda impuestos sin previo aviso y puestos de control.
“La ocupación me robó derechos básicos que todo niño debería tener”, dice. “El miedo reemplazó a la seguridad. Mi infancia comenzó con hogar, familia y amor, pero aprendí la pérdida y el miedo antes de aprender a jugar”.
Infancia
Bajo “el sonido de los bombardeos, las balas y las redadas”, Al Atawna admite: “Fui testigo de una violencia que ningún niño debería ver jamás: mi casa demolida, vecinos asesinados, niños menores de 10 años arrestados, familiares martirizados y madres llorando a hijos asesinados por francotiradores israelíes”.
El ataque israelí más devastador, recuerda, ocurrió en 2003. “Un solo bombardeo mató a 86 personas de una misma familia extensa –en su mayoría mujeres y niños– dentro de su casa”, afirma, en referencia a la familia Abu Al-Aba.
La familia de Al Atawna se esforzaba por no dejar que el miedo se instalara. Los trayectos diarios a la escuela pasaban por puestos de control israelíes, donde soldados fuertemente armados regulaban el movimiento de los palestinos, incluidos niños con uniforme escolar.
“Mi abuela me dijo que levantara la cabeza y los mirara a los ojos en el puesto de control. Me dijo: ‘Eres hija de esta tierra. Ellos son quienes deberían tenerte miedo’”, recuerda. “Cada cruce se sentía como una prueba de fortaleza”.
Sin embargo, su infancia también albergaba esperanza: leía, escribía poesía e historias y escuchaba las anécdotas de su abuela sobre la vida antes de la Nakba. “La cocina de mi abuela era un refugio”, afirma. “Recuerdo hummus y habas con nuestra mezcla de especias de Gaza, falafel con ají rojo, musakhan del horno taboon, moussaka y cuscús con algarrobas, cebollas y aceite de oliva”.
Después de completar sus estudios primarios y superiores en Gaza, trabajó en una escuela de la Agencia de la ONU para los Refugiados Palestinos (UNRWA) que atendía a refugiados, y más tarde se casó con un empleado peruano de la misma agencia.
Dejar Gaza
Para Al Atawna, tras casi tres décadas bajo la agresión israelí, dejar Gaza no fue una elección, sino una cuestión de supervivencia. “No quería dejar mi país, mi familia ni mis amigos. Pero la muerte nos perseguía en cada rincón de Gaza. Mi esposo me dijo que pensara en nuestro hijo”, recuerda.
Tras seis intentos fallidos en la frontera, mientras las autoridades israelíes cerraban los pasos, finalmente salió en 2004 a través del paso de Rafah con su hijo pequeño.
“Aunque mi esposo tiene pasaporte diplomático, las fuerzas de ocupación israelíes no me permitieron a mí ni a nuestro hijo salir con él por el paso de Erez. Entramos al Sinaí por el cruce egipcio”, añade. “Salí físicamente de Gaza, pero mi corazón se quedó allí”.
Recuerda despertar al amanecer en Egipto y hacer filas interminables junto a niños llorando y ancianos que buscaban atención médica.
Familiaridad en Perú
Los primeros seis meses en Perú, dice Al Atawna, fueron difíciles, sobre todo por la barrera del idioma. Pero gracias a su esposo, sus hijos y la interacción diaria con la comunidad, aprendió rápidamente. Después de poco tiempo, admite: “Reconocí algo familiar aquí”.
En Perú encontró ecos de Palestina: el apego a la tierra, las comidas comunitarias y las historias que transmiten la memoria, y cómo “las comunidades latinoamericanas entienden el despojo”.
Además, descubrió la práctica vestimentaria de la tapada limeña –mujeres que, en la época colonial española, cubrían sus rostros– y aprendió sobre el pasado indígena del país: los incas, la violencia de la conquista y los legados de resistencia. También descubrió la diáspora palestina en Perú, que fortaleció su sentido de pertenencia. “Nuestra comunidad está unida por el respeto y el amor por Palestina. Resistimos de distintas maneras”, dice.
Esperanza
Históricamente, Perú ha mantenido vínculos con Israel, aunque reconoció a Palestina en 2011. Desde el inicio del genocidio en Gaza en octubre de 2023, el país ha condenado las acciones de Tel Aviv, aunque informes señalan que mantiene colaboración militar con fabricantes de armas israelíes. Mientras tanto, varias ciudades peruanas, como Lima y Cusco, han mostrado actos de solidaridad con Palestina, gestos que Al Atawna dice recibir con gratitud.
En esa línea, su visión va más allá de Lima, donde ha tenido una repercusión en las redes. La chef ha seguido utilizando estas plataformas para compartir la cultura palestina y denunciar el genocidio en Gaza, a la vez que forja vínculos con la comunidad local.
Además, quiere expandir Bokja por todo Perú y más allá. “Quiero que el mundo pruebe Palestina”, dice, llevando consigo la receta de su abuela y compartiendo la memoria y el sabor de su tierra.
“Cuando comparto un plato palestino, comparto una historia: una historia de gente, amor, reuniones familiares, la tierra y los verdaderos dueños de la tierra. Con cada plato, digo: ‘Estamos aquí. Seguimos resistiendo’”.















