En el corazón de Barcelona, el barrio del Raval mezcla sabores, historias y culturas de migrantes
El Raval refleja la diversidad cultural de Barcelona a través de su cocina: un barrio donde cada plato cuenta una historia de migración, identidad y encuentro
El Raval, Barcelona — “La verdadera ventana gastronómica al mundo está en el Raval”, afirma Alejandro Gardó, cocinero de 33 años y residente de este barrio en el corazón de Barcelona, durante una conversación con TRT Español. Mientras camina por el Carrer de l’Hospital, una de las calles que une la Rambla del Raval con la Rambla principal de Barcelona, sonríe con una mezcla de nostalgia y orgullo.
“En cada plato con raíces lejanas se refleja la esencia de quienes lo preparan y comparten, con su acento y su historia”, lanza.
Alejandro, hijo de padres catalanes, ha vivido en varios barrios de Barcelona —Eixample, Sarrià, Cornellà y el Raval—, pero asegura que ninguno tiene la energía de este último. De hecho explica que “ravalejar” es un verbo catalán muy común que significa pasear sin rumbo, descubrir, perderse y disfrutar del barrio. “Y eso es exactamente lo que se hace aquí: viajar sin pasaporte”, expresa.
El Raval es uno de los cuatro barrios del distrito de Ciutat Vella (Ciudad Vieja), en el corazón de Barcelona, y hoy uno de los epicentros del turismo: ocupa apenas el 1,1 % de la superficie de la ciudad, pero concentra un mundo entero.
Un barrio pequeño con alma global
En sus calles conviven comunidades de Marruecos, Argentina, Pakistán, Filipinas, Italia y Türkiye, una diversidad con raíces profundas. Durante el siglo XX, especialmente tras la Guerra Civil, el Raval recibió a migrantes de distintas regiones de España, atraídos por el trabajo que ofrecía una Barcelona en expansión industrial. Muchos se emplearon en sectores como el textil —predominante entre 1770 y 1840—, el cuero y los mataderos, y encontraron en sus calles estrechas, llenas de mercados, iglesias y hospitales, alquileres asequibles y una comunidad donde empezar de nuevo.
En las décadas de 1980 y 1990, comunidades del sur de Asia, América Latina y el norte de África comenzaron a llegar, atraídas por el bajo precio de los alquileres y una comunidad que las recibía como si estuvieran en su propio hogar.
Con el paso de los años, y para contrarrestar la fama marginal del Raval, el Ayuntamiento de Barcelona lanzó en 2000 un plan de renovación urbana que transformó gradualmente la zona en uno de los barrios más dinámicos y multiculturales de la ciudad. Esa convivencia entre vecinos históricos, inmigrantes y nuevos residentes de clase media “da una gran personalidad al barrio artístico” y refleja un proceso “intenso y fructífero”, según el sociólogo Joaquím Rius.
Sin embargo, pese a la revitalización y al auge cultural, algunos vecinos del Raval reclaman lo que consideran planes de limpieza y denuncian problemas como el cierre de bares tradicionales, la crisis de los alquileres, el turismo de bajo costo y “la inseguridad y la delincuencia”, según los diarios.
El sabor de la convivencia
Estos desafíos no solo afectan la vida cotidiana, sino que también reflejan los cambios sociales y demográficos que el barrio ha experimentado en las últimas décadas.
Hoy, el 53,2% de la población del Raval es de origen extranjero, según el Ayuntamiento de Barcelona, con Filipinas, Pakistán y Marruecos entre las nacionalidades más presentes. La cifra refleja una transformación profunda: el barrio que una vez simbolizó la pobreza obrera se ha convertido en un microcosmos de la globalización urbana.
Esta mezcla ha moldeado la identidad, la gastronomía y la vida diaria del Raval. Desde un kebab en naan hasta cafés con dulces franceses, pasando por tajines marroquíes, pizzas italianas, pancit filipino, biryani pakistaní, arepas venezolanas y ramen japonés, el barrio se convierte en un mapa comestible de los flujos migratorios que han dado forma a Barcelona, mostrando cómo la integración cultural se manifiesta a través de la comida.
En las cocinas del Raval, los fogones hablan de mestizaje y supervivencia. Allí donde la ciudad empuja a olvidar, las comunidades cocinan su historia y defienden su lugar con cada receta. Estas gastronomías cruzan acentos y recuerdos, se comparten consejos transmitidos de generación en generación, como cuando un chef filipino enseña a preparar pancit mientras cuenta historias de su infancia en Manila. Cada plato servido es un acto de resistencia cotidiana, una manera de mantener viva la identidad colectiva y de tejer redes de solidaridad frente a la gentrificación y los prejuicios históricos que persisten en el Raval.
“Aquí no se viene solo a comer, se viene a encontrarse con las historias que dan sabor al barrio”, explica Alejandro, refiriéndose a experiencias cotidianas en este rincón de Barcelona como tomar un chai rosa de Cachemira, compartir nachos mexicanos con amigos o descubrir el mejor falafel a la vuelta de la esquina. A pesar de la competencia de los otros barrios, Alejandro insiste en que el Raval tiene algo distinto.
“Aquí la demanda es mayor, y eso hace que la variedad sea más amplia, la oferta esté más concentrada y, sobre todo, sea más accesible. En el Raval puedes recorrer apenas unas calles y encontrar cocinas de muchos lugares del mundo", revela Alejandro. "Todo está a mano”.
Los testigos del cambio
Julia (86) y Ramón Fernández (80), hermanos gallegos y vecinos del Raval “de toda la vida”, han sido testigos de múltiples transformaciones del barrio y siguen viviendo en la misma casa donde nacieron, cerca del Paral·lel, una de las avenidas más emblemáticas de Barcelona. “Antes no había restaurantes, y comer fuera era raro”, recuerda Ramón a TRT Español. “Ahora hay de todo: chino, indio, mexicano. Pero ya no quedan panaderías como las de antes”.
Ambos compran productos frescos en el Mercat de Sant Antoni, inaugurado en 1882 y reformado en 2009, donde todavía encuentran un trato cercano. Julia suspira al evocar las panaderías artesanales que antes llenaban la calle con olor a masa recién horneada. “Ahora compras el pan en una cadena y al día siguiente está duro”, lamenta en diálogo con TRT Español.
Hijos del mestizaje
Su testimonio refleja cierta tensión en la comunidad: la nostalgia por el pasado y la aceptación de una nueva realidad multicultural. Como señala Soraya Gómez Sagisi, de 33 años, el Raval simboliza la Barcelona del siglo XXI. Nacida en el barrio, hija de padre andaluz y madre filipina, trabaja como responsable de calidad en una empresa tecnológica. “El Raval huele a especias, a panes étnicos, a historia viva”, relata en conversación con TRT Español.
“Aquí crecí comiendo croquetas y pandesal. Para mí, eso no es contradicción, es identidad”,aun así, Soraya reconoce también las barreras sociales que persisten. “El barrio sigue estigmatizado”, señala. “Para muchos, el Raval sigue siendo sinónimo de drogas o marginación. A veces, incluso su gastronomía se percibe como algo ‘de ellos’, no ‘de nosotros’. Falta reconocer que esta mezcla también es parte de Barcelona”.
Donde los fogones reivindican
El Raval es un barrio único cuya singularidad radica en gran parte en su cultura culinaria. La gastronomía allí va más allá de la comida: representa vida. Recorrer sus restaurantes, “ravalejar”, es una forma especial de conectar con la cultura e historia que narran sus calles.
En ese movimiento, la comida actúa como lenguaje con el que el barrio reivindica su identidad. Donde la historia ha dividido, los fogones unen. Un barrio que se erige como el espejo de un mundo más amplio, un lugar donde las fronteras se disuelven a fuego lento y la diversidad se sirve, literalmente, sobre la mesa.