En circunstancias normales, las naciones en guerra terminan sentándose en la misma mesa, primero para negociar un alto el fuego y luego para alcanzar un acuerdo político que aborde las raíces del conflicto.
Pero en la guerra de Irán hay una anomalía llamativa: Israel, parte principal en el combate y país que muchos creen jugó un papel decisivo en la decisión de Washington de enfrentarse a Teherán, está ausente no solo de las negociaciones de alto el fuego, sino también de las conversaciones de paz más amplias entre Estados Unidos e Irán.
“Por razones evidentes, cualquier diálogo entre Irán e Israel podría interpretarse como un reconocimiento directo o indirecto, y por tanto no sería aceptado por Irán. Sentarse en la misma mesa es impensable”, explica Gokhan Batu, experto con sede en Ankara en política israelí y del Levante, en declaraciones a TRT World.
Sin embargo, la historia política ofrece ejemplos que matizan esta lógica.
Han existido casos en los que partes que no se reconocían formalmente negociaron y alcanzaron acuerdos. De hecho, en la mayoría de los conflictos, todos los bandos terminan representados, ya sea de forma directa o indirecta, tanto en las negociaciones como en los acuerdos finales.
Durante la Guerra de Corea, aunque Washington no reconocía al gobierno norcoreano respaldado por China, representantes militares estadounidenses se sentaron con sus homólogos y firmaron un armisticio a comienzos de la década de 1950. Un general chino también figuró entre los signatarios del Acuerdo de Armisticio de Corea de 1953, que sigue vigente hoy pese a la ausencia de un tratado de paz formal. Sin embargo, incluso desde entonces, Estados Unidos no ha reconocido plenamente a Corea del Norte y sigue sin mantener relaciones diplomáticas formales con Pyongyang.
En la práctica política general, cuando bandos enfrentados se reúnen, aunque sea en un plano estrictamente funcional, para acordar el cese de las hostilidades, lo que emerge es una señal inequívoca: existe una voluntad mutua de poner fin al conflicto y de respetar los términos de un alto el fuego o de una eventual paz.
“La no participación de Israel en las negociaciones entre Estados Unidos e Irán otorga a Tel Aviv un margen político para sostener que ‘no estamos obligados a detener nuestros ataques contra Irán porque no formamos parte de este proceso’”, explica Kadir Temiz, director de Orsam, un centro de investigación turco con sede en Ankara, en declaraciones a TRT World.
Si Israel continúa sus ataques contra Irán y sus aliados, como Hezbollah en el Líbano, mientras permanece fuera del marco de negociación, corre el riesgo de reforzar la percepción en Teherán de que el acercamiento a Washington no puede producir resultados significativos, según Temiz.

Más de la misma guerra
Desde esta perspectiva, la ausencia de Israel en las conversaciones de alto el fuego y de paz parece menos accidental que deliberada, arraigada en su postura a favor de la guerra y en su potencial para desestabilizar frágiles procesos diplomáticos, según los expertos.
“Si Estados Unidos e Irán realmente buscan alcanzar un acuerdo, la presencia del gobierno pro-guerra de Netanyahu en las conversaciones no favorece a ninguno de los dos, ni por razones políticas ni técnicas. Por otro lado, para los israelíes, participar en un proceso al que se oponen de forma existencial, negociando con Irán en lugar de combatirlo, no resulta razonable”, señala Batu en declaraciones a TRT World.
Otros analistas coinciden en esta lectura: la participación israelí no necesariamente facilitaría avances, sino que podría complicar aún más un proceso delicado y aumentar la tensión en unas negociaciones de alto riesgo entre dos adversarios enfrentados.
“Israel, que desencadenó la guerra con Irán, actuaría como un factor desestabilizador, un actor político que busca generar más caos para impedir que se consolide un terreno propicio para la negociación”, afirma Temiz.
Si Israel opta por la continuidad del conflicto, la cuestión pasa a ser si intentará socavar el actual proceso de alto el fuego, que Trump ha prorrogado sin un plazo claro, aludiendo a los esfuerzos de mediación de Pakistán.
“Sí, los esfuerzos de lobby israelí ya avanzan en esa dirección, pero la situación en el Golfo es bastante problemática. Por supuesto, Israel no es el único factor determinante, aunque su influencia es innegable”, responde Batu, quien ve cada vez más probable que las tensiones escalen hacia una nueva ronda de enfrentamientos.
Temiz, por su parte, considera que las posibilidades de un acuerdo duradero entre Washington y Teherán son mínimas. A su juicio, Israel ha mostrado escasa intención de poner fin a la guerra, una perspectiva que apunta a una fase prolongada de confrontación militar.
“Tel Aviv no quiere un retorno al statu quo previo a la guerra”, que permitiría al actual Estado iraní mantener su influencia tanto interna como externamente en Oriente Medio, así como continuar con su programa nuclear, según Batu.
Bajo esta lectura, el gobierno de Netanyahu parece calcular que una oportunidad así podría no repetirse, que Israel quizá no vuelva a tener ocasión de librar lo que Batu describe como “una tercera guerra contra Teherán”, dadas las tensiones que un conflicto de este tipo impondría tanto a la región como al sistema internacional en su conjunto.
El analista apunta a la guerra de 12 días de junio y a las posteriores escaladas, que califica como una “guerra de 40 días”, como prueba de la rapidez con la que la situación ya se ha intensificado.
A pesar de dos guerras, el Estado iraní surgido tras la Revolución Islámica de 1979 permanece intacto, lo que abre interrogantes más profundos sobre la coherencia y el desenlace de la estrategia de Israel frente a Teherán y sus aliados regionales. Al mismo tiempo, crecen dentro de Israel las críticas a la gestión de la guerra por parte del gobierno de Benjamin Netanyahu.
“Entre la guerra de 12 días y la de 40 días, Irán parece haberse recuperado. Si el régimen no colapsa, volverá a recuperarse. Aquí todavía no se ha escrito una historia de éxito”, afirma Batu, en alusión a la incapacidad del Ejecutivo israelí de construir un relato convincente sobre la guerra.
El jefe del Mossad, David Barnea, planteó inicialmente que el objetivo de Israel no era el desmantelamiento total del régimen iraní mediante la fuerza militar, sino un desgaste sostenido del Estado hasta llevarlo a una disfunción institucional, creando así las condiciones para que, tras una campaña conjunta entre Estados Unidos e Israel, pudiera desencadenarse una contestación interna.
“La guerra es una herramienta para debilitar al régimen, pero hasta ahora no ha dado los resultados esperados. Israel mantiene su objetivo deliberadamente ambiguo en muchas de sus operaciones. Eso le permite ajustar el blanco principal. Si el régimen no cae, dirán que han reducido de forma significativa su capacidad de misiles balísticos, nuclear y otras infraestructuras militares”, explica Batu a TRT World.
“Esta ambigüedad se utiliza como una palanca. Por lo general, no existe un ‘plan B’ o de salida. Es un aspecto muy criticado como doctrina político-militar en muchos casos, pero actuar de forma oportunista es una tradición en Israel”.
A pesar de la persistente postura bélica de Israel y de su capacidad de influencia en Washington, analistas apuntan a una creciente ola de críticas dentro de Estados Unidos dirigida contra el gobierno de Benjamin Netanyahu. Cada vez más voces cuestionan la lógica de involucrarse en confrontaciones militares con países como Irán en términos que parecen alinearse estrechamente con las prioridades israelíes, más que con intereses estadounidenses claramente definidos.
Un reciente análisis del Wall Street Journal, que cita a funcionarios de la administración Trump, sugiere que el presidente estadounidense ha mostrado una creciente incomodidad ante la prolongación de la guerra con Irán, especialmente en medio de sus crecientes repercusiones políticas y económicas a nivel global y su posible impacto en las próximas elecciones de medio mandato.
“En última instancia, será la evolución de la postura de Estados Unidos —y su disposición a reconocer las nuevas realidades geopolíticas— lo que determine si las prioridades de Israel siguen marcando la agenda de Trump, o si está en marcha un cambio sustancial en la política exterior estadounidense hacia Irán y Oriente Medio”, señala Ramzy Baroud, analista político y escritor palestino, en declaraciones a TRT World.

¿Quién representa a Israel en las conversaciones entre Estados Unidos e Irán?
La delegación estadounidense en las negociaciones con Irán incluyó al vicepresidente JD Vance, junto con los mediadores de la administración Trump Steve Witkoff y Jared Kushner, ambos ampliamente considerados cercanos a círculos pro-israelíes y, según algunos diplomáticos regionales, percibidos como “activos israelíes”.
Numerosos analistas han expresado durante años sus dudas sobre el tándem Witkoff-Kushner, cuestionando tanto sus motivaciones de fondo para involucrarse con sus homólogos iraníes como su capacidad para gestionar la complejidad técnica de asuntos como el programa de enriquecimiento de uranio de Teherán.
Baroud sostiene que Kushner y Witkoff, en la práctica, actúan como representantes eficaces de los intereses israelíes en las conversaciones entre Estados Unidos e Irán, dada lo que describe como su constante alineación con las prioridades del gobierno de Benjamin Netanyahu.
“Desde el inicio del segundo mandato de Trump, sus esfuerzos diplomáticos y políticos han funcionado como una campaña sostenida para defender la posición de Israel y lograr, mediante presión política presentada como ‘diplomacia’, lo que Israel no ha conseguido a través de sus campañas militares, incluido el genocidio en Gaza”, afirma Ramzy Baroud.
Sin embargo, algunos analistas también apuntan a un componente financiero en los esfuerzos de mediación del tándem formado por Jared Kushner y Steve Witkoff. La Cámara de Representantes de Estados Unidos ha mostrado recientemente su interés al abrir una investigación para determinar si el papel mediador de Kushner entra en conflicto con sus inversiones procedentes de las monarquías del Golfo para su empresa privada.
Entre quienes sostienen esta lectura se encuentra Dan Steinbock, experto internacional en geopolítica y economía global.
“En apariencia, ambos defienden el interés nacional de Estados Unidos. En la práctica, Kushner mantiene vínculos financieros multimillonarios con estados del Golfo a través de su firma de capital privado Affinity Partners. Los lazos de Witkoff son indirectos, a través de negocios y diplomacia”, explica Steinbock a TRT World.
“Su versión del sionismo está impulsada por el beneficio económico”, añade.
Frente a muchas voces dentro del establishment de política exterior estadounidense que subrayan el firme apoyo a Israel, Steinbock ofrece una interpretación marcadamente distinta.
“Puede resultar extraño para algunos. Pero en mi libro The Fall of Israel (2024), argumenté que Israel ya no es soberano”, señala Steinbock a TRT World. “En la práctica, ese es el precio de la ayuda militar estadounidense. En última instancia, las decisiones sobre el futuro de Israel se tomarán primero en el Pentágono”.













