La Paz, Bolivia — “El pescado era antes el desayuno de nuestros abuelos porque no había pan. Ahora no hay pescado en abundancia, migró y algunas especies se extinguieron. El ‘pejerrey’ antes había mucho; hoy se encuentra muy poco. La ‘boguita’ ya no hay”, lamenta Rosa Jalja, una mujer aymara y activista de 73 años, en conversación con TRT Español.
En Bolivia, Rosa advierte sobre la disminución del 85% de los peces nativos debido a la pesca indiscriminada y a la contaminación del Titicaca, el lago navegable más alto del mundo, situado a unos 3.800 metros sobre el nivel del mar y con una extensión de 8.372 kilómetros cuadrados compartida por Perú y Bolivia.
Para enfrentar esta situación, hace 12 años Rosa fundó la Red Mujeres Unidas en Defensa del Agua, una ONG que agrupa a lideresas de Bolivia y Perú bajo la misión de salvar el lago Titicaca. "Nos hemos organizado, somos varias mujeres y nos hemos dado la tarea de aglutinarnos”, cuenta. “Las defensoras del lago Titicaca ya estamos en siete municipios".
Desde entonces, el compromiso constante de Rosa le ha ganado el respeto de su comunidad al liderar la movilización de mujeres indígenas en la defensa y restauración del Titicaca. En 2015, la municipalidad de Copacabana, a 154 kilómetros de La Paz, reconoció el labor ambiental esta esta lideresa aymara.
El lago sagrado
En 2023, ONU Mujeres para América Latina y el Caribe destacó la contribución de Rosa al “cuidado de la Madre Tierra, y ella afirmó su compromiso de “proteger” Copacabana, junto al lago “sagrado” de Titicaca, que la comunidad local considera “no como un objeto, sino como un sujeto al que no hay que hacerle daño”.
Esta lideresa explica que el lago Titicaca ha representado un elemento clave para los pueblos locales desde la época prehispánica, cuando el lago funcionó como un centro ceremonial, comercial y productivo del Imperio inca, que existió entre 1438 y 1533. Actualmente, Rosa y más de tres millones de personas –incluidos los pueblos aymara, quechua y uro, que representan el 37% de la población boliviana y viven en las riberas del lago– dependen del Titicaca para subsistir. Sin embargo, observan cómo disminuye el nivel del agua, cambia la flora, mueren los peces y migran las aves.
Ante esta situación ambiental, y movida por su amor a la tierra y por las tradiciones que la vinculan con la naturaleza y el sagrado lago, Rosa asume con firmeza su responsabilidad frente a la crisis climática. “Como mujer, todo esto me motiva a seguir adelante, ya que el cambio climático nos afecta, especialmente en la producción de papa, cebolla y habas”, afirma.
Activismo tecnológico: de la radio a la orilla del lago
En esta lucha, Rosa inicia cada día con un programa radial sobre el cuidado del lago, promoviendo la participación de las comunidades campesinas y generando conciencia sobre la situación del Titicaca, el medio ambiente y la crisis climática.
Luego, su trabajo se refleja en sus manos arrugadas cuando recorre la orilla midiendo el nivel del agua para proteger la Madre Tierra, acompañada por un equipo de mujeres indígenas de Bolivia y Perú, que van desde adolescentes hasta adultas mayores. Aunque aferradas a las tradiciones ancestrales, han adoptado herramientas modernas. “Tenemos un equipo que usa la tecnología”, explica Rosa sobre el uso de drones. “Miden el nivel del agua, pero también el nivel de contaminación”.
Según la red, los intereses económicos y geopolíticos están transformando la región y afectando a las comunidades locales, lo que preocupa a Rosa, ya que el agua no es apta para consumo y puede enfermar a las familias de la zona.
El estudio “Propuestas para salvar el lago Titicaca” subraya la urgencia de concluir 14 plantas de tratamiento de aguas residuales, instalar miniplantas móviles, desviar aguas contaminadas y crear lagunas con totorales para filtrar desechos. Advierte que ríos locales como el Huancané e Ilave arrastran metales pesados, mientras que los ríos Suches y Coata transportan mercurio, además de coliformes fecales por vertidos de aguas residuales. El Alto, una de las ciudades bolivianas más pobladas y cercanas al lago, figura entre las principales fuentes de contaminación.
Ante este panorama, Rosa y la Red Mujeres Unidas en Defensa del Agua documentan el impacto en las comunidades y luego coordinan con las autoridades locales y otros grupos, como lancheros e instituciones, para impulsar campañas de limpieza. “Lo que está pasando es preocupante, sobre todo para las mujeres. Somos las que más usamos el agua en el hogar, con los hijos, en el aseo, en la agricultura, en todo”, dice Rosa. “Ese tema es bastante preocupante”.
Sequías, glaciares que se derriten y un futuro incierto
“La contaminación del lago Titicaca es un problema complejo con graves consecuencias para la salud humana, el medioambiente y la economía”, explica a TRT Español Rubén Marín, biólogo de la Unidad de Limnología de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA), en La Paz. El experto añade que se requiere una acción coordinada entre diferentes actores para implementar soluciones sostenibles y proteger este ecosistema vital.
“Las temporadas de lluvia más cortas y menos intensas, combinadas con el aumento de las temperaturas, han propiciado la proliferación de microalgas que reducen la claridad del agua y el oxígeno. Como resultado, los peces nativos han disminuido”, señala Marín, quien también advierte que la contaminación está dañando la flora típica de la región.
Otros factores también preocupan al grupo indígena. El nivel del lago ha descendido por la reducción de la nieve y el hielo en el nevado Illimani, cerca de La Paz. En la isla Cojata, ubicada en el municipio de Huarina –a 73 kilómetros de la capital–, la sequía ha hecho desaparecer las playas y ha reducido casi por completo la actividad pesquera.
Resistencia indígena
Vilma Paye Quispe, una de las líderes más jóvenes de la Red Mujeres Unidas en Defensa del Agua, reconoce que salvaguardar el lago sagrado enfrenta también desafíos culturales. “A veces vemos que hay machismo, hay un poco de celo en los varones cuando una mujer asume un cargo o cuando es lideresa”, comenta Vilma a TRT Español.
Tras su participación en el movimiento social, Vilma sueña con impulsar el turismo en su comunidad, Yampupata, a orillas del lago Titicaca. Cuenta que el agua aún es cristalina, lo que la motiva a evitar la contaminación. “Estamos impulsando el proyecto cero plásticos en los hoteles, negocios gastronómicos y comercios ubicados junto al lago Titicaca. También promovemos proyectos de ley para cuidar nuestro lago”, resalta.
Ese compromiso, construido durante más de una década, se refleja hoy en el trabajo cotidiano de la red. Cuidar el lago Titicaca no es solo un acto de resistencia, sino un legado que debe transmitirse. Así, las mujeres de la red lideran jornadas de educación y limpieza comunitaria, recogiendo cada semana bolsas de plásticos, pañales, ropa y otros desechos que podrían dañar el ecosistema.
“No podemos vivir en un colchón de basura, porque nuestro lago está muy contaminado. Es un trabajo titánico, pero lo podemos lograr”, concluye Rosa, tras implementar un manejo de residuos sólidos en varias comunidades. “Queremos un lago limpio, queremos nuestras comunidades limpias, y se puede lograr”.











