La guerra contra Irán y las crecientes dudas sobre la protección de Estados Unidos a sus aliados

Desde los tratados abandonados por EE.UU. hasta los ataques contra Teherán, la política exterior transaccional del presidente Donald Trump ha destruido la previsibilidad de Washington a la hora de cumplir sus compromisos internacionales.

By M.Yasin Bozkus
Lo que está colapsando no es solo la confianza ante una decisión aislada de EE.UU., sino la confianza en el marco general de su seguridad. / AFP

Una alianza de seguridad sólo resulta confiable en la medida en que quienes están en ella crean que la protección llegará genuinamente cuando el peligro golpee.

Ahora, los países del Golfo son arrastrados hacia una guerra que no eligieron ni respaldaron, mientras que la expectativa de que la protección de EE.UU. estaría disponible cuando se necesitara ya no resulta convincente para la región.

Sin embargo, el problema es mucho mayor que sólo el Golfo.

Lo que está colapsando no es únicamente la confianza en una decisión concreta de EE.UU., sino también la fe en el marco de seguridad de Washington en su conjunto.

En consecuencia, el impacto de la guerra que lanzaron Estados Unidos e Israel contra Irán se extenderá inevitablemente más allá de Oriente Medio.

Esta escalada, sumada a una década de cambios en la política exterior estadounidense, marca un punto de inflexión: es probable que los aliados de larga data comiencen a cubrirse las espaldas, prioricen la cooperación regional y cultiven relaciones más equilibradas con potencias globales como Rusia y China.

En su forma tradicional, el “paraguas de seguridad” de EE.UU., o su disuasión extendida, es el compromiso de Washington de defender a sus aliados y socios, incluso mediante medios nucleares y convencionales, para disuadir a los adversarios de atacarlos en un principio.

Esta lógica está institucionalizada de manera más clara en la OTAN, y en los compromisos de seguridad de Washington en Asia.

No obstante, en la práctica, también se ha extendido al Golfo, donde durante décadas las bases militares estadounidenses, las ventas de armas y las asociaciones estratégicas alimentaron la creencia de que la proximidad a Washington protegería a los Estados de la región frente a las amenazas, especialmente las provenientes de Irán.

Tras años de conflicto con grupos respaldados por Irán, el enfrentamiento pasó a ser directo en junio de 2025, cuando Washington colaboró con Tel Aviv para atacar las instalaciones nucleares iraníes en Fordow, Natanz e Isfahán durante la llamada Guerra de los 12 Días.

Las recientes conversaciones diplomáticas entre Irán y Estados Unidos se habían centrado en poner fin al enriquecimiento de uranio por parte de Teherán y en restringir su programa de misiles de largo alcance, pero ambas partes no lograron llegar a un acuerdo.

Pero antes de que esas negociaciones concluyeran oficialmente, el conflicto escaló cuando Estados Unidos e Israel lanzaron la guerra contra Irán el 28 de febrero de 2026, a través de ataques selectivos que ese día mataron al líder Supremo iraní, Alí Jameneí, y que posteriormente han asesinado a numerosos altos funcionarios militares.

A diferencia de la breve Guerra de los 12 Días del año pasado, cuando Israel era el principal objetivo de Irán, la represalia de Teherán esta vez fue bastante diferente. La retaliación se extendió por toda la región del Golfo.

Junto con las bases estadounidenses y las misiones diplomáticas, también fueron atacados aeropuertos, hoteles, puertos, instalaciones petrolíferas y algunas zonas civiles. Los Estados del Golfo están asumiendo ahora los costos económicos y de seguridad de una guerra que no iniciaron, mientras insisten en que no es su conflicto.

Sin embargo, no hay que perder de vista que los debates globales en torno al paraguas de seguridad estadounidense no comenzaron con esta guerra.

La postura de línea dura de Estados Unidos

La primera elección de Donald Trump en 2016 ya había marcado una ruptura radical con el enfoque tradicional estadounidense hacia las alianzas de larga data, el comercio y las normas diplomáticas.

Bajo el lema “Estados Unidos, primero”, las alianzas dejaron de verse como compromisos estratégicos fiables y pasaron a considerarse acuerdos transaccionales que se podían presionar, humillar o cambiar de forma repentina.

Trump exigió un mayor gasto en la OTAN, advirtió de que Estados Unidos podría actuar "por su cuenta", impuso aranceles a sus aliados más cercanos y quebrantó abiertamente las convenciones diplomáticas: según se informó, llegó a decirle a su homólogo Emmanuel Macron que, sin Estados Unidos, Francia estaría “hablando en alemán”.

El impacto fue tan profundo que transformó el debate más amplio sobre la democracia en sí misma.

El ascenso de Trump planteó una nueva pregunta: si las mayores amenazas a la democracia liberal podían surgir desde adentro, a través de la erosión de las normas e instituciones democráticas en las propias democracias consolidadas.

Esta fue la preocupación destacada por Steven Levitsky y Daniel Ziblatt. Sin embargo, cuando los demócratas ganaron las siguientes elecciones, muchos creyeron que los años de Trump habían sido apenas una anomalía, un retroceso temporal con escasas probabilidades de repetirse.

No obstante, el regreso de Trump al poder para un segundo mandato y las políticas aún más audaces de ahora han hecho que sea mucho más difícil desestimar aquellas dudas iniciales, al tiempo que se ha incrementado la sensación de que los compromisos de Washington, incluso hacia sus aliados, se estaban volviendo cada vez más inestables.

Ciertamente, una postura de línea dura por parte de Estados Unidos hacia sus adversarios ideológicos no resulta sorprendente en sí misma.

Washington tiene un largo historial de enfrentamientos con gobiernos hostiles o antiestadounidenses mediante la coerción, la presión e incluso la intervención directa, especialmente en América Latina.

En ese sentido, la intensificación de las llamadas operaciones antinarcóticos del Gobierno de Trump en el Caribe, la incursión que resultó en la captura del presidente Nicolás Maduro en Venezuela, el serio enfrentamiento con Colombia e incluso los debates sobre un posible cambio de régimen o una "toma de control amistosa" en Cuba, pueden parecer extremos en sus planteamientos. Sin embargo, aún puede interpretarse que están alineados en términos generales con patrones anteriores de la política exterior estadounidense hacia gobiernos considerados adversarios ideológicos o "problemas estratégicos”.

Lo que resulta más significativo y más preocupante para los aliados es que, durante el segundo mandato de Trump, esta manera coercitiva e impredecible no se ha limitado a los adversarios.

Bajo una política de "Estados Unidos, primero" más radical, también se ha extendido a aliados, dependientes y gobiernos amigos.

Su administración suspendió el procesamiento de visados para afganos que colaboraron con Estados Unidos durante su ocupación de 20 años, mientras el mismo Trump sugirió en repetidas ocasiones que Canadá debería convertirse en el estado número 51 del país, y abogó por la adquisición de Groenlandia al aliado de la OTAN, Dinamarca.

Su enfrentamiento en el Despacho Oval con el presidente de Ucrania, Volodymyr Zelenskyy, seguido de una presión intensa para que aceptara un marco de paz en el que Crimea y otros territorios ucranianos invadidos eran considerados en la práctica como territorios perdidos, ahondó los temores de que incluso los aliados de primera línea pudieran ser humillados públicamente y relegados estratégicamente.

La cuestión, por tanto, no es solo que Washington mantenga una postura firme frente a sus enemigos: es que, bajo Trump, también se ha vuelto mucho menos predecible, tranquilizador y fiable para sus aliados.

El mismo patrón se ha extendido a la política económica y a las instituciones que sostienen el orden internacional vigente.

Los "aranceles recíprocos" de Trump afectaron tanto a aliados como a rivales, y al introducirlos llegó incluso a argumentar que en materia comercial "el amigo es peor que el enemigo".

En enero de 2025, comenzó formalmente el proceso para retirar a Estados Unidos de la Organización Mundial de la Salud.

Un año después, anunció planes para retirar al país de 66 organismos internacionales y vinculados a la ONU. Al mismo tiempo, promovió una “Junta de Paz” liderada por Estados Unidos como nuevo marco internacional, señalando a los aliados que estas instituciones, compromisos e incluso las reglas del juego son completamente reversibles.

Represalias diplomáticas

La guerra contra Irán ha mostrado inmediatamente las consecuencias de esta visión del mundo. Cuando el presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez, condenó el conflicto  por imprudente y peligroso, Madrid se negó a permitir que Estados Unidos utilizara las bases de gestión conjunta para lanzar ataques contra Teherán. 

Trump, sin embargo, dejó claro que Washington podía seguir utilizando esas instalaciones si así lo decidía, insinuando que la resistencia española podía ser ignorada al tiempo que amenazaba con represalias comerciales.

También Reino Unido resistió inicialmente el uso ofensivo de sus bases, para posteriormente permitir una acción defensiva limitada, siendo luego ridiculizado públicamente por su vacilación.

En el Golfo, el impacto ha sido mucho mayor.

Los aliados históricos de Estados Unidos, cuya prosperidad depende del petróleo, el turismo y la estabilidad regional, ahora tienen que cargar con los costos económicos y de seguridad de una guerra que no iniciaron y sobre la que no fueron debidamente consultados con anterioridad.

A diferencia de la invasión de Iraq, que contó con la participación de decenas de Estados aliados, el conflicto con Irán ha dejado a Estados Unidos efectivamente aislado, a excepción de Israel.

Arabia Saudí y otros países ya habían comunicado a Teherán que su espacio aéreo y territorio no serían utilizados para ataques en su contra, pero aun así se vieron amenazados y advirtieron de que las agresiones continuadas podrían forzar una respuesta.

En los Emiratos Árabes Unidos, Anwar Gargash, asesor diplomático del presidente, le dijo a Irán sin rodeos: “Su guerra no es con sus vecinos”.

Incluso el prominente empresario emiratí Khalaf Al Habtoor reprendió brevemente a Trump por arrastrar a la región hacia la guerra, para luego dar marcha atrás.

Lo que se deriva de todo esto no es necesariamente una ruptura repentina y total con Washington. Las monarquías del Golfo siguen estando profundamente integradas en las redes de seguridad estadounidenses como para llegar a ese punto. Pero la política de cobertura ya está en marcha.

Arabia Saudí firmó un pacto de defensa mutua con Pakistán en septiembre de 2025, y desde entonces Pakistán, Arabia Saudí y Türkiye han estado debatiendo un borrador de acuerdo de defensa trilateral.

Tras los ataques de Irán con misiles y drones en toda la región, y el fracaso parcial de los sistemas antimisiles y de seguridad más amplios de Estados Unidos, es probable que la demanda de tales alianzas regionales aumente.

El momento también evoca un argumento planteado hace casi una década por el actual jefe de inteligencia de Türkiye, Ibrahim Kalin, quien instó a los principales actores de la región a inaugurar una nueva era de solidaridad intrarregional, y a asumir una mayor responsabilidad sobre su propio entorno.

Incluso Israel, a pesar de tener una de las relaciones más favorables con la Casa Blanca bajo Trump, parece estar pensando en términos regionales más amplios.

El primer ministro, Benjamín Netanyahu, ha hablado de un hexágono que incluiría a Israel, India, Grecia, Chipre administrado por Grecia, y a otros Estados, frente a lo que denominó adversarios “radicales”.

Europa, por su parte, también debate una mayor autonomía estratégica a medida que disminuye la confianza en las garantías de EE.UU. Francia y Alemania han avanzado hacia nuevos acuerdos conjuntos de disuasión, y los líderes europeos ahora debaten abiertamente la reducción de la dependencia de Washington como único garante de su seguridad.

La lección trasciende con creces el ámbito del Golfo: los aliados no necesitan abandonar completamente a Washington para comenzar a prepararse para un futuro en el que este podría, algún día, abandonarlos a ellos.

La confianza, una vez quebrada, es mucho más difícil de reconstruir que lo que cuesta ampliar bases o desplegar bombarderos.

Estados Unidos puede seguir teniendo el ejército más poderoso del mundo. Sin embargo, el poder por sí solo no equivale a la capacidad de tranquilizar.

Una vez que los aliados comienzan a creer que Washington puede exponerlos a represalias sin consultarles, “castigarlos” cuando disienten, y revisar compromisos de larga data por un capricho transaccional, el paraguas de seguridad deja de parecerse a un refugio.

Empieza a parecer un riesgo. Y cuando eso ocurre, los Estados hacen lo que los Estados siempre hacen: diversifican sus asociaciones y buscan coberturas alternativas, incluso con potencias como China y Rusia.

El verdadero costo de la guerra contra Irán, por tanto, puede que no se mida únicamente en misiles, precios del petróleo o infraestructuras destruidas. Puede que se mida en el declive sostenido de la credibilidad estadounidense.