Daraa, Siria — “Hoy tengo más miedo que en 1967. Israel avanza cada vez más, pero esta vez la gente no quiere abandonar sus hogares”, contó Mohamed Yasin Abu Hosene, de 72 años, hace unas semanas a TRT Español. Lo hizo desde Tasil, su pueblo en la zona rural occidental de Daraa, sur de Siria.
En su humilde vivienda, a unos 15 kilómetros de los Altos del Golán ocupados por Israel, este agricultor compartió lo que sería su último testimonio, semanas antes de fallecer. En ese momento explicó que su estado de salud lo mantenía postrado en cama. Lo rodeaban familiares que aún permanecían con él.
De vez en cuando se llevaba la mascarilla de oxígeno al rostro antes de continuar evocando seis décadas de guerras. Tenía unos 13 años cuando Israel ocupó el Golán en 1967. Desde entonces vivió distintos conflictos en el sur de Siria. Durante la guerra civil de 2011-2024, perdió a tres de sus hijos y su casa quedó destruida.
Ante las reiteradas incursiones que Israel ha hecho en el sur del país, Hosene sentía que algunas de las escenas que vivió cuando era niño volvían a repetirse ante sus ojos.
“Los niños recuerdan más de lo que los adultos creen”, dijo, antes de regresar con su memoria a los días en que, teniendo pocos años, su vida cambió para siempre.
El último verano en el Golán
Un año antes de la ocupación del Golán en 1966, el adolescente Abu Hosene acompañó a su hermano mayor a un viaje de verano en los alrededores del lago de Tiberíades, a menos de 20 kilómetros de su pueblo. Llevaban trigo y paja y regresaban con aceitunas, cuando las familias sirias aún circulaban con normalidad entre las aldeas de la zona.
De esa época, él recuerda un antiguo molino gestionado por una familia cerca del lago. Pocos meses después de aquel viaje, esa familia se desplazó hasta Tasil tras la ocupación israelí de la mayor parte de la meseta del Golán.
“Fue la última vez que vi el lago de Tiberíades. Ese día nadé allí con otros niños”, recordó.
Con el estallido de la guerra de 1967, cientos de familias desplazadas del Golán llegaron a Tasil y otros pueblos cercanos con el ganado y las pertenencias que habían logrado salvar. La casa de su padre acogió a varias de ellas.
“Ninguna pensaba que estaba abandonando su tierra para siempre. Siempre decían: ‘Hoy, mañana o pasado mañana regresaremos’”, explicó.
Pero la espera se prolongó. Con el tiempo, las familias se instalaron en viviendas y campamentos, hasta que “la esperanza de regresar se desvaneció”.
“Lo que ocurrió en junio de 1967 no fue una guerra, sino la Naksa”, explicó, en referencia a la derrota árabe frente a Israel en la guerra de 1967. “Todo lo que ocurrió fue una rendición y una entrega”.
Basaba esta percepción en lo que escuchaba de los soldados sirios que llegaron a su pueblo tras la retirada. Algunos aseguraban que habían avanzado dentro del Golán antes de recibir la orden de retroceder.
Luego, Israel ocupó gran parte de la meseta siria del Golán durante la guerra de junio de 1967, provocando el desplazamiento de la mayoría de sus habitantes.
Tras la guerra de octubre de 1973, un año después se firmó el Acuerdo de Separación de Fuerzas en 1974, que estableció una zona de separación supervisada por la Fuerza de las Naciones Unidas de Observación de la Separación (UNDOF, por sus siglas en inglés).
Sin embargo, la mayor parte del Golán permaneció bajo ocupación israelí.
Desde entonces, acceder a las aldeas del Golán requería permisos de seguridad. “Era como si cruzáramos a otro país. Ir al lago de Tiberíades se volvió imposible”, añadió Hosene con pesar.
Mientras tanto, los bombardeos israelíes continuaron de forma intermitente en el sur de Siria entre las guerras de 1967 hasta el acuerdo de 1974. Los habitantes de su localidad acondicionaron refugios para protegerse, pero lo que más recuerda es el estruendo de los aviones al romper la barrera del sonido.
“Sentía que la tierra se daba vuelta bajo nuestros pies”, evocó. “Si los adultos tenían miedo, imagina lo que sentía un niño”.
Tres hijos y una casa
Después de décadas de guerras que marcaron su infancia y adolescencia, Abu Hosene se vio envuelto en otro conflicto. “Pero nunca en nuestra vida habíamos visto aviones como los que utilizó Bashar Al-Assad para bombardearnos tras el estallido de la revolución siria en 2011”, matizó.
Como uno de los notables de la zona, apoyó la revolución siria iniciada en Daraa, provincia del sur de Siria considerada la cuna de la revolución en 2011. Participó en las manifestaciones junto a familiares aunque reconoció que “pagamos una factura enorme”.
“Mi finca estaba situada entre una unidad de artillería del ejército de Al-Assad al este y una unidad de tanques al oeste. Cuanto más se intensificaban los enfrentamientos, más se acercaban los bombardeos”, relató.
En 2017, después de que el grupo terrorista Daesh (también conocido como ISIS) tomara el control de su pueblo y otras poblaciones cercanas, la familia se desplazó a una ciudad próxima.
Los combatientes del grupo entraron en su casa, expulsaron a mujeres y niños y se apoderaron de todo lo que había dentro, antes de que un bombardeo aéreo destruyera la vivienda.
Pero la pérdida más dolorosa fue la muerte de tres de sus hijos.
Cuando la familia huía de la localidad, Yasin y Waddah salieron a la carretera antes que los demás. Cerca de las 2 a.m., el padre recibió la primera noticia: “Me dijeron: ‘Daesh degolló a Yasin’”. Instantes después llegó la segunda: “También mataron a Waddah”. Las esposas de ambos fueron quienes le comunicaron las noticias.
Seis meses después, su tercer hijo, Ghiyath, se lanzó a combatir a Daesh tras la muerte de sus dos hermanos. Esta vez, la noticia no sorprendió al padre, sino que confirmó lo que ya temía: “También mataron al tercero, a Ghiyath”.
Hizo una breve pausa en su relato a TRT Español, volvío a llevarse la mascarilla de oxígeno al rostro y continuó: “Se perdió el esfuerzo de toda una vida: perdimos a nuestros hijos y la casa. Años después, mi esposa y yo nos paramos sobre los escombros de nuestra vivienda, con el corazón destrozado por la tristeza”.
Intentó hablar de aquellos días con entereza, pero en su voz resulta evidente que perder a sus hijos fue la carga más pesada que soportó a lo largo de su vida y de todas las guerras que atravesó.
A pesar de ello, se negaba a reducir los años de la revolución únicamente a sus pérdidas. “No pagamos este precio porque quisiéramos, sino porque nos fue impuesto. Pero, dado que se logró aquello por lo que salimos, que era la caída del tirano, consideramos que era un precio que había que pagar”, afirmó mientras se secaba el sudor de la frente ante el intenso calor dentro de la antigua casa de piedra donde vive.
Nacer de nuevo
En la madrugada del 8 de diciembre de 2024, Abu Hosene escuchó voces en el exterior y llamó para asegurarse de que sus familiares estaban bien. La respuesta llegó desde Damasco: “Estamos en Damasco. Bashar cayó. Yo les dije: ‘¿De verdad?’”.
A su teléfono comenzaron a llegar videos de las celebraciones en la plaza de los Omeyas y de prisioneros que corrían por las calles tras salir de la tristemente célebre prisión de Sednaya. Entre ellos estaba un familiar suyo, encarcelado allí durante años.
“¿Qué puedo decir? No fue alegría: fue como nacer de nuevo”, recordó, antes de volver a pensar en sus hijos, que no vivieron para ver aquel día.
“Deseábamos que ellos, que en paz descansen, estuvieran presentes para vivir esta enorme alegría. Pero, si Dios quiere, están en un lugar mejor”.
El regreso del miedo
La alegría de Abu Hosone duró poco. Mientras veía imágenes de las celebraciones y de los prisioneros liberados, comenzaron a llegar a su teléfono videos de los ataques aéreos israelíes y noticias sobre el avance de las fuerzas israelíes en la zona de separación del sur de Siria.
Tras el colapso del régimen de Al-Assad, las fuerzas israelíes anunciaron que dejarían de cumplir el Acuerdo de Separación de Fuerzas de 1974 y entraron en la zona desmilitarizada del sur de Siria. Allí establecieron nueve bases militares a lo largo de la frontera y se desplegaron hacia las aldeas y localidades cercanas.
Aquellos movimientos devolvieron a Abu Hosene a las escenas que había vivido de niño en 1967. Temía que las incursiones se convirtieran en una realidad permanente, como ocurrió en el Golán, cuyos desplazados pensaron hace casi seis décadas que regresarían a sus tierras pocos días después.
“Las fuerzas israelíes han entrado ahora en aldeas y viviendas, las han registrado y han establecido nuevos puestos militares”, explicó. Sin embargo, aseguraba que esta vez los habitantes se niegan a marcharse: “Esta vez la gente no quiere desplazarse. ¿A dónde irá? Pase lo que pase, la gente se aferra a su tierra”.
Desde su vivienda señaló el lugar donde se produjo un enfrentamiento en las afueras de su localidad, una reserva forestal. “Hace unos meses, jóvenes de mi pueblo salieron para impedir el avance de las fuerzas, pese a su superioridad militar, porque la gente está cansada de sus incursiones. La ocupación mató a nueve personas e hirió a muchas otras”, relató.
“Queremos reconstruir nuestro país después de todas las guerras que hemos vivido y no queremos una nueva guerra con Israel”, concluyó. “Pero la paciencia tiene límites”.
Nota del autor: la mañana del lunes 24 de agosto de 2026, miré mi teléfono: eran las seis y había una notificación de un grupo de WhatsApp de mi pueblo. Al abrirla, me encontré con una noticia que no esperaba: “Falleció Mohamed Yasin Abu Hosene”, el protagonista de esta historia. Semanas antes había conversado con él sobre su vida y sus recuerdos. Me comuniqué con un miembro de su familia, quien confirmó la triste noticia: había fallecido durante la noche, en la misma cama en la que estaba sentado cuando lo entrevisté.




















