Crecer bajo la ocupación israelí y su asedio la llevaron a cofundar un grupo que protege palestinos
Criada bajo la ocupación en Cisjordania, Amira Musallam protege hoy comunidades palestinas y lleva su voz a nivel internacional, movilizando voluntarios para enfrentar la violencia de los colonos.
“Después del 7 de octubre y de la escalada catastrófica que siguió, la violencia de los colonos israelíes en la Cisjordania ocupada se disparó y comunidades enteras fueron sometidas a limpieza étnica”, dice Amira Musallam, directora de una ONG dedicada a proteger comunidades palestinas que enfrentan ataques israelíes, en conversación con TRT Español.
Entre octubre de 2023 y noviembre de 2025, colonos israelíes mataron al menos a 1.017 palestinos en Cisjordania ocupada, un repunte de violencia que llevó a Musallam a cofundar la Protección Civil Desarmada en Palestina (UCPiP) en julio de 2024. Actualmente, la iniciativa moviliza a voluntarios palestinos e internacionales para proteger comunidades mediante desescalada, acompañamiento y presencia preventiva.
“Cuando se habla de ‘enfrentamientos’, muchas veces lo que ocurre es que colonos fuertemente armados, respaldados por soldados y por el sistema legal, atacan a familias que solo intentan vivir y cultivar”, explica Musallam, de 37 años, al describir la realidad cotidiana de los palestinos en los territorios ocupados por Israel.
Vida bajo ocupación
En Ras al-Auja, una aldea beduina del Valle del Jordán, en Cisjordania ocupada, una familia relató a Musallam algo que ella escucha a menudo: “Todas las comunidades a nuestro alrededor han sido expulsadas. Somos los últimos. Si ustedes se van, seremos los siguientes”, rememora. “No hablaban en metáforas: describían un hecho”.
Esta campaña de limpieza étnica de Israel ha dejado vacías las zonas alrededor de la familia beduina, que ahora enfrenta intimidación constante por parte de colonos israelíes ilegales. Los palestinos suelen acudir primero a UCPiP, ya que la policía a menudo actúa para “respaldar” —y en algunos casos sumarse a— los colonos ilegales, en un entorno que, según la ONU, se produce con “total impunidad”, incluso en ataques mortales.
“Quiero que la gente entienda que esto no es un ‘conflicto entre dos partes iguales’”, dice Musallam, quien lo describe como “un sistema de ocupación militar, apartheid y colonialismo de asentamientos diseñado para expulsar a los palestinos de su tierra, aldea por aldea, colina por colina, familia por familia”.
Una investigación de julio de 2024 realizada por UCPiP y otras organizaciones documenta la magnitud de la crisis. Musallam detalla que “comunidades beduinas y de pastoreo enteras fueron desplazadas por la fuerza y los ataques se triplicaron en toda la región. La población civil palestina denuncia agresiones diarias, robo de tierras, confiscación de ganado, intimidación armada, redadas nocturnas y severas restricciones a la movilidad”.
El costo personal
La activista palestina y su equipo se han convertido en blanco tanto de colonos como de autoridades israelíes. “A veces la intimidación es sutil”, cuenta Musallam. “Una mirada o un auto que aparece demasiadas veces seguidas. Otras veces es muy directa: colonos gritándome en la cara o soldados advirtiéndome que ‘me mantenga alejada’. No somos sólo observadores. Nos perciben como obstáculos para su proyecto de vaciar la tierra”.
Un líder de colonos en el Valle del Jordán, Gabriel Kalish, ha amenazado directamente a Musallam. Otros colonos la han seguido, filmado y hostigado. Los activistas también han sufrido ataques físicos, incluido un asalto al cofundador de UCPiP, Mel Duncan, por parte de un colono israelí, que requirió cirugía en una pierna. Además, se han registrado casos de acoso sexual, detenciones y destrucción de equipos.
“Las fuerzas israelíes llegaron a nuestra casa de activistas en Ras al-Auja a las 4:00 de la madrugada y preguntaron por mí, mientras yo estaba en Nueva York hablando ante la ONU”, recuerda.
La policía israelí incluyó a Musallam en una lista negra. “Tengo prohibida la entrada a Israel a pesar de tener ciudadanía estadounidense”, dice Musallam, quien se mantiene firme y asegura que las familias palestinas dependen de su protección.
“A veces la protección se manifiesta en grandes confrontaciones. Otras veces es permanecer en silencio frente a una tienda mientras una madre intenta fingir que el mundo es normal para sus hijos”, dice. “Incluso los días tranquilos están llenos de vigilancia, drones sobrevolando y presión psicológica. Nuestra presencia no es solo para emergencias; también es para ayudar a las familias a soportar el miedo constante”.
Solidaridad
A medida que crece su papel en el activismo palestino, Musallam ha ampliado su alcance más allá de Cisjordania ocupada. Participa regularmente en eventos de la ONU, conferencias, grupos religiosos, organizaciones de derechos humanos y movimientos sociales en Estados Unidos y Europa.
“Es muy poderoso hablar con personas que escuchan, toman notas y preguntan cómo pueden actuar. No viajo por mí; llevo sus historias”, explica Musallam, en referencia a las familias palestinas que enfrentan la violencia de los colonos israelíes. “Y trato de hacer que su realidad sea imposible de ignorar en cada minuto que tengo allí”.
La activista mantiene vínculos con ONG y redes de solidaridad en el extranjero, incluida América Latina, donde explica: “Vemos conexiones muy fuertes entre la experiencia palestina y las propias historias latinoamericanas de dictadura, colonialismo y resistencia”. Su vínculo con la región es también personal: su madre, Salwa, nació y creció en Colombia antes de que la familia regresara en 1967 a Cisjordania ocupada. “Incluso desde lejos, siento una profunda solidaridad con las comunidades latinoamericanas”, agrega.
Infancia
Musallam también conecta su activismo con experiencias muy tempranas: crecer bajo la ocupación israelí en Cisjordania marcó su niñez. Recuerda: “Soldados en las calles por la noche, el sonido de balas metálicas y de proyectiles más pequeños disparados desde tanques que impactaban en la puerta de nuestra casa”, en la ciudad de Beit Jala, cerca de Belén.
“Desde mi casa de infancia se veían colinas que luego se llenaron de asentamientos, el muro de separación, vallas e incluso un gran puente que conecta asentamientos y puestos avanzados israelíes del sur de Cisjordania (ocupada) con Jerusalén. El puente se construyó en nuestras tierras en Beit Jala, y los palestinos no tenemos permitido usarlo; solo los israelíes”, explica.
“Cuando eres un niño bajo ocupación, interiorizas un mensaje sin que nadie lo diga: que tu vida está menos protegida, que vale menos”, añade. “Pero cuando voluntarios internacionales vinieron a nuestra casa y arriesgaron sus vidas por nosotros, me estaban diciendo, sin palabras, que mi vida merecía ser protegida”.
Ataque israelí
Esta experiencia que Musallam observó de niña con voluntarios internacionales inspira hoy la manera en que capacita a los equipos de UCPiP para proteger comunidades palestinas. En noviembre de 2000, Beit Jala fue bombardeada por tanques israelíes desde el asentamiento de Gilo. Musallam, su padre y sus dos hermanas —de seis y 16 años— se refugiaron dentro de su casa y llamaron a los servicios de emergencia para evacuarla.
“Nos dijeron que no podían venir porque los tanques y los helicópteros los estaban apuntando”, rememora la palestina, que tenía 12 años. “Llamamos a la embajada estadounidense, ya que tenemos doble ciudadanía, y nos dijeron que éramos palestinos y que no podían ayudarnos en esa situación”.
La familia se trasladó a la casa contigua y pasó nueve horas en el suelo. “Mi mamá nos abrazó y rezó”, relata. “Pensamos que los cohetes caerían sobre nosotros. Cuando impactaron en la casa de atrás —donde se refugiaban veintitrés personas— la explosión nos lanzó por los aires”.
A la mañana siguiente, mientras Musallam caminaba por calles cubiertas de vidrios rotos y metal retorcido, presenció cuerpos sin vida.
“Vi perros y gatos comiendo carne humana”, dice Musallam sobre imágenes impactantes. “Más tarde supimos que uno de ellos era nuestro vecino alemán, el médico Harry Fisher. Fue impactado por un helicóptero israelí cuando iba a ayudar a otro vecino”.
Durante ese período, un grupo de mujeres internacionales se alojó en la casa de los Musallam. “Arriesgó su vida para protegernos con su propio cuerpo”, recuerda sobre Liz, activista británica que permaneció allí meses. Para Musallam, aquello fue como “presenciar un milagro”.
“Estas voluntarias internacionales compartieron nuestras comidas y nuestras habitaciones, lo arriesgaron todo”, cuenta, describiendo un “coraje sin violencia, protección sin armas, presencia sin dominación”.
Futuro
“Hoy me coloco entre colonos y familias palestinas, y a veces veo a mi yo más joven en los ojos de los niños que me observan”, admite.
Guiada por estos principios de protección no violenta, Musallam sigue apoyando a la comunidad palestina mediante la organización y documentación de las agresiones de colonos y de la ocupación militar, y subraya que la ciudadanía mundial también tiene un papel que desempeñar.
“Necesitamos presión sobre los gobiernos para que dejen de armar a nuestro opresor, desafiar la propaganda israelí y apoyar el trabajo por la justicia liderado por palestinos”, dice.
Con un pequeño equipo palestino y voluntarios internacionales, Musallam afirma que su objetivo es claro: “Vivir para ver el día en que los niños de aquí ya no necesiten a personas como yo interponiéndose entre ellos y un arma”.