Río de Janeiro, Brasil — “Daré un voto útil por (Luiz Inácio) Lula da Silva, pero porque el otro candidato es peor”, dice Carlos Senna Figueiredo, un ingeniero jubilado de 84 años residente de un barrio bohemio de Río de Janeiro, a TRT Español. A 400 kilómetros, Symon, un chef bolsonarista de 35 años que vive en Sao Paulo, comenta que tampoco está conforme con la elección de Flávio Bolsonaro como candidato del Partido Liberal, aunque igualmente votará por él y confía en su victoria.
A menos de dos meses de las elecciones presidenciales de Brasil, que se realizarán este 4 de octubre, el escenario político del gigante sudamericano muestra una fuerte polarización entre los que apoyarán la reelección de Lula da Silva –quien a sus 80 años intentará alcanzar un inédito cuarto mandato no consecutivo– y aquellos que respaldan a Bolsonaro, hijo mayor del expresidente Jair Bolsonaro y su heredero político en el Partido Liberal.
Si bien Lula lidera las recientes encuestas –adelantando por hasta 9 puntos a su principal opositor según los sondeos de Genial/Quaest–, ninguno de los dos candidatos alcanza por ahora los votos necesarios para evitar una segunda vuelta, prevista para el 25 de octubre. De cara al balotaje, las encuestas también dan ventaja al mandatario en funciones.
A pesar de que la economía brasileña ha dado muestras de crecimiento en los últimos años —con una inflación más baja, el aumento del empleo y la disminución de la pobreza, según datos oficiales— analistas y académicos consultados por TRT Español coinciden en que el proceso electoral está atravesado por el “rechazo al adversario”, la polarización y las preocupaciones cotidianas como las deudas y la seguridad.
“Lula tiene conquistas sociales como la mejora de la situación de la gente pobre, pero son acciones puntuales, no hay un proyecto nacional. Mejoró algunos indicadores”, afirma Senna a TRT Español. Aunque valora iniciativas destinadas a vivienda, salud y seguridad social desplegadas por el Gobierno de Lula, cree que “no son suficientes”. Pero, añade, “es mejor que nada”, y expresa su rechazo a la familia Bolsonaro.

Symon, otro brasilieño quien prefiere no compartir su apellido, afirma que el país “está en una situación cada vez más difícil”. “La economía no es buena”, asegura a TRT Español. “El poder de compra se está complicando. Y así, la economía irá cada vez peor”, agrega. En 2022 votó por el expresidente Bolsonaro y luego salió a las calles a protestar contra Lula cuando asumió el cargo en 2023.
Ahora, confía en que una victoria de Flávio Bolsonaro permita una amnistía para el exmandatario, condenado a 27 años de prisión por el intento de golpe de Estado que sacudió al país en enero de 2023, y quien actualmente está detenido bajo arresto domiciliario e inhabilitado para participar de las elecciones. “Quiero a una persona que sea de derecha, como Bolsonaro”, afirma Symon.
Las presiones de EE.UU.
Pero además, expertos consultados por TRT Español destacaron que las presiones del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, tendrán un rol clave. En julio, el mandatario impuso aranceles del 25% a las exportaciones de maquinaria agrícola, calzado, azúcar y acero provenientes de Brasil tras una investigación sobre las políticas comerciales que a su juicio eran “injustas”.

Además, Trump tiene en la mira al popular sistema público de pagos Pix, utilizado a diario por casi el 80% de la población y por las empresas, en contra de los intereses de gigantes financieros estadounidenses como Mastercard y Visa.
El mandatario estadounidense escaló la tensión diplomática con Lula a comienzos de agosto, cuando revocó la visa de la embajadora de Brasil en Washington, María Luiza Ribeiro. Lula calificó esa decisión como “irresponsable”.
“Brasil no solo está preparado, sino que va a enfrentar a cualquier persona de fuera que quiera interferir en nuestro proceso electoral”, afirmó Lula días atrás.
“Trump está interfiriendo en el proceso electoral a través de sanciones económicas y a individuos. El objetivo es generar miedo. Pero estas acciones no favorecieron la popularidad de Flávio Bolsonaro, al revés”, comenta por su parte a TRT Español Carlos Eduardo Martins, profesor asociado del Instituto de Relaciones Internacionales y Defensa de la Universidad de Río de Janeiro.
Regiane Nitsch Bressan, docente de Relaciones Internacionales en la Universidad Federal de Sao Paulo y experta en integración latinoamericana, indica a TRT Español que “Estados Unidos está intentando influenciar directamente en las elecciones, impulsando a ‘youtubers’ e ‘influencers’ para que actúen propagando ideas y valores favorables a Estados Unidos”.
Según la académica, Estados Unidos “quiere volver a tener a América Latina como un área de influencia sometida a sus intereses”.
Tras el regreso de Trump a la Casa Blanca, la Doctrina Monroe –la política con la que EE.UU. definió a América Latina como su “zona de influencia” desde el siglo XIX– volvió al centro de la política exterior de Washington.
El 11 de agosto, el Departamento de Estado retomó este marco en un video sobre su historia desde 1823, en línea con la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de EE.UU, en la que Trump anuncia: “El dominio estadounidense en el hemisferio occidental nunca volverá a ser cuestionado”.
El historiador Valter Pomar, profesor de la Universidad de San Pablo y miembro del Partido de los Trabajadores que lidera Lula, percibe que el objetivo de Trump es “controlar todo el subcontinente”. “La acción de Trump”, asegura a TRT Español, “busca intimidar a las temerosas élites”.
Polarización política en Brasil
“Flávio Bolsonaro representa la sumisión a Trump”, señala. En medio de la polarización política en Brasil, para el docente, estas elecciones enfrentarán dos modelos que, en su opinión, se resumen así: “Soberanía contra colonia, bienestar contra malestar, democracia contra dictadura, potencia industrial, científica y tecnológica contra subpotencia primario-exportadora”.
Sin embargo, en un Brasil polarizado, ciudadanos como Symon celebran el respaldo de Trump a los Bolsonaro. “Siempre apoyará a personas que tienen su idea, entonces no lo veo como una interferencia o injerencia, sino como un apoyo”, dice el chef.
Las inquietudes de los brasileños
La disputa entre Lula y Bolsonaro no se juega sólo en el campo de la política exterior. En las calles, universidades y hogares brasileños surgen otras preocupaciones inmediatas, como la seguridad, el costo de vida y el endeudamiento de las familias.
Aunque el desempleo cayó al 5,6%, un mínimo histórico; 8,6 millones de brasileños salieron de la pobreza, según datos del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística; se redujo la proporción de jóvenes que no estudian ni trabajan, y creció el salario promedio a 3.772 reales —unos 738 dólares—, el endeudamiento de los hogares con entidades bancarias y servicios fue en aumento y es una de las principales inquietudes de la población.
Según datos de la Confederación Nacional de Comercio, casi el 82% de las familias tienen deudas y casi 30% tiene atrasos o morosidad en los pagos en un país habituado a usar la tarjeta de crédito para alimentos, cuentas básicas o prendas de vestir.
Según el Banco Central local, la deuda personal acumulada supera los 900 billones de dólares y representa 35% del producto interno bruto (PIB).
“Con el aumento de los precios de los alimentos y los bajos salarios, la gran mayoría de la población brasileña está endeudándose”, lamenta Ángela Mota, una joven estudiante de Ciencias Sociales. En una pausa de sus estudios en la Universidad Federal de Río de Janeiro dice a TRT Español que “para la juventud es muy difícil conseguir empleo”.
“La realidad brasileña arroja cada vez a más jóvenes al limbo, hoy muchos no pueden estudiar y terminan en trabajos precarios”, lamenta. Aunque cuestiona a Lula, siente temor ante el avance de los “discursos radicales de la derecha y la extrema derecha”.
Carlos Senna Figueiredo coincide en que se trata de una problemática que afecta a muchos brasileños: “El alto costo de vida y el nivel de endeudamiento de la gente pueden influenciar el voto”.
Preocupación por la inseguridad
La seguridad es otro factor que podría ser decisivo, coinciden analistas. “Es el primer problema de preocupación para todas las clases. La inseguridad se vincula con el crimen organizado y el narcotráfico, por eso los candidatos con políticas más duras al respecto suelen beneficiarse”, afirmó la profesora Nitsch Bressan.
La preocupación creciente al respecto ocurre incluso a pesar del descenso del 8,2% de las muertes violentas registrado en 2025 en comparación con 2024, según el Anuario Brasileño de Seguridad Pública. La tasa cayó a 15,4 muertes violentas cada 100.000 habitantes, el menor nivel desde 2012.
“Datos de la CEPAL muestran que a la gente le gusta más un gobierno que cuide la seguridad en la calle, aunque tenga trazos autoritarios. El problema de la seguridad es real y afecta a toda América Latina”, destaca Nitsch Bressan.

Para captar ese voto, Flávio Bolsonaro anunció que su compañero de fórmula será Alfredo Gaspar, un congresista conservador con experiencia en la lucha contra el crimen y las mafias.
En junio, Bolsonaro presentó su programa “Brasil sin miedo”, en el que prometió militarizar las fronteras, endurecer las penas para delitos, reducir la edad de imputabilidad de 18 a 16 años y hasta 14 para crímenes graves, y un modelo carcelario similar al de Nayib Bukele en El Salvador.
Senna Figueiredo afirma que, aunque la seguridad sea una preocupación, no se compara con otros países de la región. Sin embargo, resalta que “aumentó mucho la sensación de inseguridad” en ciudades como Río de Janeiro. “Las milicias, grupos armados que dominan favelas, están fortalecidas. Muchas veces están más armadas que la propia policía”, señala.
“La política de seguridad que defiende la derecha es demagógica e ineficiente, porque apunta al pequeño delincuente y no al gran criminal. Es ineficaz, tiene un claro sesgo de clase”, dice Valter Pomar, historiador y miembro del Partido de los Trabajadores.
Una elección, dos modelos en disputa
El académico Carlos Martins sostiene que esta elección se resolverá “por el menor nivel de rechazo, no por la pasión o la esperanza”. Según él, “la gente está votando la alternativa que considera menos peor, o vota en blanco, anula el voto o no va a votar”.
Nitsch Bressan coincide, y afirma que en la campaña electoral “no hay propuestas firmes” referidas a la industria y el agro, dos sectores fundamentales. “Es un candidato contra otro, con mucho impacto emocional. Pero no tenemos propuestas de gobierno sólidas”, analiza.
En una contienda cada vez más polarizada, partidarios de Bolsonaro como Symon ven el panorama político como “muy difícil” y critican con vehemencia a Lula por su modelo económico. Symon considera que “va a llegar una hora en que no se pueda más, porque el poder de compra de Brasil está muy difícil y las cosas están caras”.
Para jóvenes como Ángela Mota, los comicios serán un hito en una lucha mayor para el campo progresista: “Si la extrema derecha gana cada vez más espacios, nuestros derechos irán cada vez más cuesta abajo”.
Así, las elecciones del 4 de octubre se perfilan como un choque entre dos visiones que marcarán el rumbo de Brasil en los próximos años.





















