¿Por qué China se ha mantenido al margen de la guerra que envuelve a Oriente Medio?

China apoya diplomáticamente a Irán para preservar su asociación, pero ha evitado cualquier forma de participación militar para minimizar riesgos y mantener su flexibilidad estratégica, señalan expertos.

By Kazim Alam
egún los expertos, Beijing no considera a Oriente Medio como su patio trasero, donde debe limitar la influencia de sus competidores. / Reuters

 Sufriendo pérdidas en los bombardeos que EE.UU. e Israel han lanzado en su contra, Irán ha recurrido a ataques de represalia contra Estados del Golfo vecinos que albergan bases de Washington, llevando a toda la región de Oriente Medio al borde de una guerra regional total.

Sin embargo, a pesar de ser el mayor benefactor económico de Teherán, China ha mantenido mesurados sus mensajes públicos.

El ministro de Relaciones Exteriores, Wang Yi, calificó de “inaceptable” el ataque que mató al líder Supremo de Irán, Alí Jamenei, a manos de EE.UU. e Israel el pasado 28 de febrero, y denunció que se trataba “del asesinato descarado de un líder soberano”.

Beijing también enmarcó el impulso estadounidense-israelí por un cambio de régimen en Irán como una “flagrante violación” de la Carta de la ONU.

Así mismo, ha instado a un alto al fuego inmediato, ha desplegado un enviado especial a Oriente Medio y ha mantenido conversaciones diplomáticas con sus homólogos en Rusia, Omán y Francia.

Sin embargo, China no ha ofrecido tropas, armas ni ayuda logística a su socio de larga data.

Esto a pesar de que los ataques iraníes de represalia han provocado una grave interrupción en la circulación del estrecho de Ormuz, el canal que conecta el Golfo Pérsico con el Golfo de Omán, por el que pasa aproximadamente una quinta parte del comercio mundial de petróleo.

Como resultado, los precios del petróleo se han disparado, generando caos en las cadenas de suministro energético globales.

Los expertos apuntan a que la moderación de China refleja una estrategia deliberada marcada por sus cálculos económicos y su negativa a verse arrastrada hacia un atolladero liderado por EE.UU.

Kadir Temiz, presidente del Centro de Estudios del Oriente Medio (ORSAM), con sede en Ankara, señala que el enfoque cauteloso de Beijing no debe interpretarse como neutralidad en el conflicto.

“No, no lo describiría como neutral”, declara a TRT World.

“China intenta proyectar una imagen equilibrada. Pero, en la práctica, su retórica diplomática se inclina más hacia Irán, especialmente en su crítica a la escalada y a la intervención externa”, afirma.

Temiz describe la estrategia de Beijing como “racional y calculada”.

China apoya diplomáticamente a Irán para preservar sus asociaciones, pero evita deliberadamente cualquier forma de participación militar para minimizar riesgos y mantener su flexibilidad estratégica, explica.

Josef Gregory Mahoney, profesor de política y relaciones internacionales en la Universidad Normal de China del Este, comparte la misma opinión.

“China no es neutral. Beijing ha condenado los ataques estadounidenses e israelíes contra Irán”, declara a TRT World.

Mahoney apunta a los señalamientos occidentales “no comprobados” sobre la ayuda militar encubierta de Beijing a Teherán, algo que califica de posible pero improbable.

“Es más probable que China esté trabajando tras bambalinas para crear una solución diplomática que proteja tanto como sea posible a un socio estratégico, sus inversiones allí y su propio acceso a la energía”, afirma.

China es el cliente dominante de petróleo de Irán, adquiriendo aproximadamente el 90% de las exportaciones de Teherán, y representando una parte significativa de las importaciones de Beijing, un salvavidas que ha sostenido a Irán a pesar de las sanciones estadounidenses.

Teherán elude las sanciones occidentales enviando petróleo a Beijing en buques cisterna de flota oscura, con pagos en yuanes a través de bancos chinos de segundo nivel.

Esto se debe a que, a diferencia de Rusia –a la que se le permite vender petróleo globalmente siempre que el precio sea inferior a 60 dólares por barril–, existe una prohibición total sobre la venta de petróleo iraní mediante canales bancarios y navieros occidentales.

Pequeñas refinerías independientes en China –conocidas como teapots (teteras)– compran los cargamentos de petróleo iraní tras reetiquetarlos como crudo malayo o de Oriente Medio. Estas “teteras” procesan actualmente hasta el 90% del total de las exportaciones de petróleo de Irán, desde que grandes refineras estatales como Sinopec y PetroChina dejaron de adquirir crudo a Teherán en 2019.

Un acuerdo de cooperación a 25 años firmado en 2021 contemplaba grandes inversiones en infraestructura iraní en el marco de la Iniciativa de la Franja y la Ruta.

Las empresas chinas ya poseen participaciones en proyectos de infraestructura y energía en Irán valorados en miles de millones de dólares.

Temiz reconoce la decepción de Teherán. “Irán claramente esperaba mucho más de Beijing”, afirma.

Sin embargo, el enfoque de China está impulsado menos por lealtad y más por cálculos de costo-beneficio, lo que con frecuencia genera decepción entre sus socios en tiempos de crisis, apunta.

Mahoney describe la relación China-Irán de manera más directa: Beijing considera a Teherán un “socio estratégico, pero no un aliado estratégico”.

La única alianza militar formal que mantiene Beijing es con Corea del Norte, bajo un tratado de 1961 que fue renovado hasta 2026. Con todos los demás, incluidos Irán y Venezuela, Beijing se mantiene alejado de los pactos de defensa.

“Estos dos países han tomado un camino que ha resultado en una confrontación directa con un adversario muy superior, lo cual es fundamentalmente opuesto al pensamiento estratégico chino”, afirma Mahoney.

Factores disuasorios para la participación activa de China

Temiz enumera varios riesgos geopolíticos que impiden una mayor participación de China en el conflicto en Oriente Medio.

Entre ellos se incluyen una posible crisis energética, efectos perjudiciales al crecimiento económico e inestabilidad de seguridad más amplia, especialmente en regiones cercanas a la periferia occidental de China, como Asia central.

Un cierre prolongado o una perturbación del estrecho de Ormuz –por el que transita gran parte del petróleo de Oriente Medio con destino a China– elevaría los precios de la energía y tensaría una economía que ya lidia con la recuperación posterior a la pandemia. Las disputas con Washington en materia de comercio y aranceles también desempeñan un papel clave.

Analistas chinos han ridiculizado los llamados estadounidenses a que Beijing ayude a patrullar la vía fluvial, con el medio estatal Global Times preguntando si la solicitud era realmente sobre "compartir responsabilidad" o compartir el riesgo de una guerra que Washington lanzó y no puede terminar.

Mahoney señala múltiples frentes simultáneos como factores disuasorios para la participación activa de China en la guerra.

China enfrenta ventas de armas estadounidenses a Taiwán, incluido un paquete de 11.000 millones de dólares, el militarismo japonés y presión en Venezuela.

"Si China pudiera contrarrestar militarmente a EE.UU. en Irán, entonces esa capacidad por sí sola ya habría desencadenado un conflicto entre EE.UU. y China", afirma Mahoney.

"En otras palabras, EE.UU. probablemente no habría permitido que ese tipo de paridad se materializara sin iniciar una confrontación de antemano", añade.

Temiz subraya que Beijing no trata el Oriente Medio como su patio trasero, donde deba limitar la influencia de sus competidores.

“China no conceptualiza el Oriente Medio como una esfera de influencia tradicional. En cambio, ve la región como un centro estratégico económico y energético, donde la estabilidad es más importante que el dominio”, afirma.

Esta perspectiva explica por qué China también ha instado a los Estados del Golfo a unirse contra la interferencia externa, mientras evacúa silenciosamente a sus ciudadanos tanto de Irán como de Israel y redirige sus vuelos.

La ferocidad de la guerra estadounidense-israelí tomó por sorpresa incluso a Beijing, según Mahoney.

Pero esto no se debe a un error de cálculo por parte de China, señala. Más bien, se debe a un error de cálculo por parte de EE.UU.

“A los ojos de China, Washington arriesga una gran derrota estratégica, desviando recursos de Asia, mientras Trump amenaza con castigar a los aliados de la OTAN y pospone su planificada cumbre con Xi Jinping”, afirma.

Por ahora, el manual de estrategia de Beijing sigue siendo coherente con su estrategia más amplia: evitar el conflicto directo y posicionarse como la alternativa responsable a la hegemonía estadounidense.

Solo una amenaza existencial cambiaría esa postura, coinciden los expertos.

“Solo una amenaza directa a los intereses nacionales fundamentales de China –como una violación de su integridad territorial o una grave perturbación de sus líneas vitales económicas críticas– empujaría a Beijing hacia una participación activa”, afirma Temiz.