A Abdul-Hadi Arafat, un niño de 11 años desplazado del barrio de Zeitoun, en la Ciudad de Gaza, le encantaba recolectar palos de madera, bolsas de nailon y cuerdas para hacer cometas.
Eso lo mantenía ocupado y representaba un poco de alegría no solo para él, sino también para otros niños a su alrededor, cuenta su madre, Salwa Arafat, a TRT World.
“Lo que más lo alegraba era ver a un niño correr por el vecindario haciendo volar algo que él mismo había construido”, dice.
Pero después de que, el 23 de agosto, Israel Katz, ministro de Defensa israelí, les ordenara a las fuerzas bajo su mando “actuar de inmediato y con contundencia” contra las cometas, globos o drones lanzados desde Gaza, algo tan cotidiano como volar una cometa se convirtió en motivo de miedo.
La orden llegó luego de que cuatro cometas lanzadas desde Gaza llegaran flotando hasta el kibutz israelí de Nahal Oz. Las fuerzas israelíes habían señalado anteriormente que no se encontraron materiales sospechosos adheridos a las cometas lanzadas desde Gaza, según el diario Haaretz.
Durante generaciones, volar cometas ha sido uno de los pasatiempos infantiles más arraigados en Gaza. En julio de 2011, niños del enclave establecieron un récord Guinness por la mayor cantidad de cometas voladas simultáneamente.
Pero ahora, 15 años después, los niños destrozan sus cometas por temor a que volarlas los convierta en objetivos.
“La prohibición [de Israel] cambió lo que la cometa significaba para él”, dice Salwa. “Su padre le pidió que se deshiciera de ellas. Se sentó y las hizo pedazos, llorando, sintiendo que perdía lo último que le quedaba para jugar”.
Mohamed Mostapha, de ocho años, también destruyó su cometa por miedo a que las fuerzas israelíes lo atacaran si lo veían con ella.
Su abuela, Kariman Abu Ras, asegura que la orden aterrorizó a un niño que ya vivía con las consecuencias de más de dos años de guerra. “Es aterrador para nuestros niños”, dice Abu Ras, de 66 años, a TRT World. “Habiéndoseles negado ya las escuelas, los espacios seguros y los parques, ya no les quedan muchas opciones para simplemente ser niños”.

“A nuestros niños se les ha arrebatado la infancia”, resume.
Un día después de la orden de Katz, los “comités populares” de Gaza —representantes de organizaciones locales sin fines de lucro y organizaciones benéficas que operan en campamentos de desplazados y refugios— coordinaron con las autoridades de Hamás para pedir a los padres que no permitan que sus hijos vuelen cometas.
Explicaron que la petición no buscaba “restringir la infancia” de los niños, que ya han sido privados de sus derechos más básicos a jugar y vivir con seguridad, sino proteger sus vidas inocentes.
“Los juguetes están prohibidos”
Muhammad Ahmad al-Mufti fue uno de los niños cuya reacción quedó grabada.
Sentado sobre un suelo cubierto de escombros y con lágrimas recorriendo su rostro, rompió sus cometas. Millones de personas vieron posteriormente el video en internet. Su padre ya había muerto durante la ofensiva.
Para organizaciones palestinas de derechos humanos, las imágenes de niños destruyendo sus propios juguetes muestran por qué la amenaza contra quienes vuelan cometas ha generado preocupación más allá de la pérdida de otro pasatiempo infantil.
Alaa Skafi, director de la Fundación Al-Dameer para los Derechos Humanos, señala que las declaraciones de líderes militares israelíes amenazando con actuar contra quienes lanzan cometas plantean serias preocupaciones, especialmente porque muchos de quienes las vuelan son niños que ya han sido privados de espacios de recreación y lugares seguros.
“Esto es un llamado a matar niños”, declara Skafi a TRT World. Este tipo de declaraciones corre el riesgo de convertir a niños civiles en blancos, sostiene, socavando la distinción entre civiles y quienes pudieran portar armas.
Skafi cita el Artículo 77 del Protocolo Adicional I a los Convenios de Ginebra, que establece protecciones especiales para los niños en conflictos armados. Según el experto, este tipo de amenazas es incompatible con esas protecciones.
La desaparición de las cometas es solo la forma más reciente en que el juego cotidiano ha sido expulsado de la vida de los niños de Gaza.
Israel ha restringido estrictamente el movimiento de mercancías hacia Gaza durante toda la ofensiva. Omar El-Khodary, un vendedor de juguetes de 35 años, cuenta a TRT World que los envíos habituales de juguetes han desaparecido por completo.
En ocasiones, explica, algún peluche logra entrar como tela empaquetada entre cargamentos de ropa. Después, los padres deben rellenarlo y coserlo ellos mismos para sus hijos.
Los autos de plástico, los aviones y los juegos de construcción similares a Lego se han vuelto prácticamente imposibles de conseguir. “Intentamos con todas nuestras fuerzas traer mercancía desde el exterior, incluso a precios más altos, y no lo logramos. Esos juguetes están totalmente prohibidos”, dice El-Khodary.
Los bloques de construcción –que antes costaban una fracción de su precio actual– ahora se venden por entre 250 y 300 shekels (aproximadamente entre 85 y 100 dólares). En tanto, los juguetes de playa que antes costaban 10 shekels (unos 3,40 dólares) ahora cuestan unos 80 shekels (27 dólares).
Pero el juego no es la única parte de la infancia que se ha visto interrumpida.
Las escuelas de Gaza suelen comenzar el año académico a finales de agosto. Este año, sin embargo, el Ministerio de Educación y Educación Superior palestino anunció que las clases se reanudarían el 19 de septiembre. El ministerio atribuyó el retraso a “razones técnicas y logísticas” específicas del enclave, entre ellas la dificultad de impartir clases en tiendas de campaña y estructuras prefabricadas en medio del intenso calor del verano.
Alrededor de 658.000 niños en edad escolar en Gaza han pasado los últimos tres años académicos –desde octubre de 2023– sin educación formal y presencial, según la Agencia de la ONU para los Refugiados Palestinos (UNRWA, por sus siglas en inglés).
Si la ofensiva de Israel continúa, los niños de Gaza podrían perder hasta cinco años de educación, ha advertido la agencia de la ONU.

Una infancia bajo un espacio cada vez más reducido
El espacio físico disponible para los niños de Gaza también se ha reducido de manera constante.
Israel restringe el acceso al 65% de Gaza, frente al 53% registrado cuando gran parte de Gaza quedó acordonada mediante la denominada “línea amarilla” tras el alto el fuego de octubre de 2025.
Casi el 90% de los 2,1 millones de residentes de Gaza han sido desplazados durante la guerra, según UNRWA, muchos de ellos en varias ocasiones.
La amenaza contra quienes vuelan cometas llegó, además, en un momento en que los ataques israelíes seguían matando niños en todo el enclave.
El 23 de agosto, el mismo día en que el ministro Katz emitió su orden, un ataque israelí contra un almacén en Al-Zawayda, en el centro de Gaza, mató a dos personas, entre ellas Mohammad Abdel-Salam Taha, de tan solo cuatro años.
Días después, otros ataques israelíes mataron a cuatro personas, entre ellas dos niños, y destruyeron una de las mezquitas más antiguas de Gaza.
Según UNICEF, al menos 300 niños fueron asesinados en Gaza en los aproximadamente 300 días posteriores al alto el fuego de octubre de 2025, lo que en promedio significa que Israel mató a un niño cada día.
Desde el inicio de la ofensiva en octubre de 2023, al menos 21.289 niños fueron asesinados y otros 44.500 habrían resultado heridos.
Y además miles han perdido extremidades. Las estimaciones de amputaciones infantiles oscilan entre 1.000 y 4.000 desde octubre de 2023, mientras que el Comisionado General de UNRWA, Philippe Lazzarini, ha afirmado que Gaza tiene la mayor cantidad de niños amputados per cápita del mundo.
Para la psicoterapeuta Hala Sukkar, las consecuencias van mucho más allá de la pérdida física de los espacios donde los niños pueden jugar.
Asociar una actividad infantil cotidiana con la posibilidad de ser atacado puede alterar el sentido fundamental de seguridad de un niño.
“Un niño necesita poder distinguir un lugar seguro de uno peligroso para que su sistema nervioso pueda calmarse y regularse”, explica Sukkar a TRT World.
Cuando algo tan sencillo como una cometa se relaciona con la posibilidad de convertirse en objetivo de un ataque, los niños pierden algunas de las “señales de seguridad” en las que confían y pueden entrar en un estado de hipervigilancia incluso en momentos destinados al juego, explica.
Sukkar relaciona esta situación con el estrés traumático continuo. Para un niño, una cometa no es simplemente un juguete. También representa una sensación de libertad y control.
Cuando ese espacio se asocia con el peligro, los niños pueden comenzar a aprender que la alegría, la curiosidad y el propio juego implican riesgos.
“Si estas condiciones continúan, los efectos a largo plazo pueden manifestarse como retraimiento, trastornos de conducta, hipervigilancia o dificultades para regular las emociones”, afirma.
Las cometas desaparecen
Con las escuelas interrumpidas y cada vez menos espacios disponibles para la recreación, la costa de Gaza había permanecido como uno de los pocos lugares donde los niños aún podían jugar y volar sus cometas.
Dos días después de la orden de Katz, Mohammed Al-Masri, residente de la Ciudad de Gaza, dice que las cometas habían desaparecido.
“Lo que más duele es que a los niños de Gaza se les ha privado de casi todo”, dice Al-Masri a TRT World.
El mar era uno de los pocos espacios que aún tenían a su disposición, explica. Pero incluso allí, las familias deben hacer frente a la contaminación por aguas residuales y a la presencia de embarcaciones militares israelíes frente a la costa.
Recientemente, Al-Masri observó a un padre y su hijo pequeño en la playa.
El niño quería volar su cometa.
Su padre se negó.
“Un cohete te va a caer encima”, le dijo.
“Y no quiero que mueras”.
Este artículo fue publicado en colaboración con Egab.



















