“Mi hijo Omer fue diagnosticado con autismo a los cuatro años”, relata Huriye Boyraz, fundadora de la Asociación de Solidaridad de Personas con Necesidades Especiales y sus Familias en Türkiye, a TRT Español.
“En ese momento, en Kastamonu no había información ni conciencia sobre el autismo, lo que nos mantenía en constante confusión”, añade.
Al principio, no identificaba las conductas como signos de autismo. “Omer solía perderse en un instante. Bastaba con soltarle la mano para que corriera sin rumbo, incluso hacia el tráfico, sin percibir el peligro”, recuerda. También tenía episodios frecuentes de llanto y agitación.
El diagnóstico llegó seis años después. “Como cualquier madre, fue muy difícil, pero marcó un punto de inflexión: decidí investigar a fondo para entender la condición y cómo afrontarla”, rememora.
Años más tarde, esa experiencia dio paso a una iniciativa en Kastamonu, en el norte de Türkiye, que hoy brinda apoyo y oportunidades a familias con dificultades sociales y económicas.
Afrontar las dificultades y los estigmas
Aunque el camino no fue fácil, Huriye recuerda la falta de clases y servicios para personas con autismo en Kastamonu a comienzos de la década del 2000, una situación que la llevó a actuar.
“Luché por abrir la primera aula de autismo”, relata. “Al principio, ninguna escuela nos aceptaba. Trabajé durante seis meses en un jardín de infancia privado como cocinera, limpiadora y asistente de maestra, sin recibir salario, solo para que permitieran que mi hijo permaneciera conmigo, porque no había ninguna institución que lo aceptara”.
También enfrentó el estigma social. “La sociedad era muy distinta en ese momento y tenía que soportar las ‘miradas’ de la gente”, cuenta. “Nos costaba explicar nuestra causa, ya que muchos no sabían cómo relacionarse con personas con necesidades especiales. Explicar los problemas y las soluciones fue de lo más difícil al principio”.
La chispa
Un día, Huriye conoció a un hombre que atravesaba una situación urgente: su esposa debía someterse a una cirugía y no tenía quién cuidara a su hijo con necesidades especiales. En ese preciso momento identificó la falta de servicios de apoyo en la ciudad y asumió esa responsabilidad. “Fue entonces cuando me di cuenta de que necesitábamos urgentemente una institución que nos reuniera y apoyara”, recuerda.
La experiencia la conectó con otras familias. “Sentí que muchas atravesaban lo mismo que nosotros y cometían errores tanto en lo económico como en lo personal”, afirma. “Mi objetivo era trasladar nuestra experiencia para ayudar a nuevas familias a evitar ese sufrimiento y garantizar espacios donde sus hijos puedan vivir con dignidad e independencia”.
Cerca de una década después del diagnóstico de su hijo, en 2015, se creó la Asociación de Solidaridad de Personas con Necesidades Especiales y sus Familias, con el impulso de padres de Kastamonu. Sin una sede propia, comenzaron reuniéndose en escuelas y cafés.
“Al principio, no fui presidenta, sino miembro asistente. Sin embargo, en 2022 finalmente asumí la presidencia de la organización, con el objetivo de trasladar nuestro sufrimiento al terreno y convertirlo en soluciones prácticas”, señala.
Desde entonces, la organización atiende a unas 65 personas de distintas edades en la zona, desde menores de seis años hasta jóvenes de más de 20, quienes son trasladados en autobuses especializados para recibir formación en manualidades, música, pintura y deportes.
Proyectos
Impulsada por esta experiencia, la red de proyectos creció con rapidez. Entre ellos destaca el “Centro de Vida Sin Barreras”, desarrollado con el Municipio de Kastamonu y la Agencia de Desarrollo de Anatolia del Norte. Este espacio ofrece a personas con discapacidad actividades tras la etapa escolar, actividades artísticas y deportivas, y preparación para exámenes públicos, con el objetivo de que regresen a sus hogares “en el punto más alto de felicidad”.
El “Café de la Felicidad”, creado por una madre, funciona como refugio social y espacio seguro donde las familias celebran eventos “con total tranquilidad”. Por ejemplo, allí se organizó una “fiesta militar” simbólica para jóvenes que, aunque no hubieran realizado el servicio militar, ese día tuvieran la oportunidad de vestir los uniformes tradicionales, en un gesto que reforzó su sentido de pertenencia y los dejó entre “lágrimas de alegría”.
En poco tiempo, el café se convirtió en un pilar fundamental para madres que se sentían aisladas, como Aynur Yilmaz, de 34 años, cuyo hijo Izzet tiene autismo, entre otras discapacidades. Tras integrarse, pasó a ser una de las participantes más activas. “Ahora, si algo me pasa, sé que mi hijo tiene un hogar aquí. Puedo estar tranquila sabiendo que no estará perdido ni solo”, dice a TRT Español.
La asociación también impulsa el “Salón de Capacitación para Personas con Necesidades Especiales”, donde 40 niños reciben entrenamiento deportivo gratuito, y coordina terapias ecuestres semanales para fortalecer su desarrollo motor y bienestar psicológico.
En colaboración con la Universidad de Kastamonu, el programa “Mano a Mano con Amor” promueve talleres de costura y fabricación de almohadas junto a estudiantes. “Fue muy emotivo ver a los universitarios superar sus miedos iniciales y convertirse en voluntarios comprometidos”, afirma Boyraz, quien también destacó iniciativas para acompañar a los padres.
“Padre fuerte, niño especial fuerte”
A lo largo de su labor, Huriye Boyraz ha observado que la carga recae principalmente en las madres, mientras algunos padres tienden a evadir o negar la condición de sus hijos, lo que puede derivar en “una fractura en la estabilidad familiar”.
Para abordarlo, la asociación lanzó el proyecto “Padre fuerte, niño especial fuerte”, orientado a implicar a los padres y reducir su aislamiento, con campamentos de verano en Yolkonak donde padres e hijos realizan actividades como tiro con arco, golf y montañismo.
“Cuando un padre ve a su hijo alcanzar metas deportivas o sonreír en la naturaleza, su mirada cambia: deja de percibirlo como una ‘carga’ y empieza a verlo como un motivo de orgullo”, dice Boyraz, quien subraya que esa aceptación psicológica es clave para fortalecer a las familias.
Crecer
La iniciativa ha tenido un impacto transformador: niños como Omer e Izzet han ganado confianza y participación activa gracias a los proyectos y al apoyo comunitario, señala Huriye. Hoy, ambos trabajan en el Ministerio de Educación, y desde allí aportan en iniciativas especiales, como en Ramadán –el mes bendito en que los musulmanes ayunan–, distribuyendo alimentos a 120 personas al día.
“En los talleres de cerámica y carpintería durante las vacaciones vemos cómo desarrollan habilidades sensoriales antes casi inexistentes”, afirma.
El cambio también se refleja en las familias, especialmente en las madres, que destacan el fortalecimiento del sentido de “pertenencia a la comunidad”, según Boyraz. “Estos niños tienen una inteligencia innata y una gran sensibilidad al afecto; lo que logran hoy es la respuesta más clara a quienes antes nos decían ‘no se esfuercen tanto’”, añade.
Desafíos
Hoy, Huriye Boyraz dice que aún queda más por hacer e insta a reforzar los servicios de salud especializados. “No contamos con un departamento independiente para pacientes con autismo en los hospitales de Kastamonu, lo que obliga a las familias a viajar largas distancias a Cankiri o Ankara para recibir atención”, señala.
Aun así, destaca avances. “La perspectiva social ha cambiado de forma radical. Antes recibíamos miradas y actitudes de burla, pero hoy hay mayor comprensión”, afirma, y subraya que los niños participan con mayor libertad en autobuses, espacios públicos y universidades.
Su mayor aspiración es la “Aldea de la Felicidad”, un proyecto inspirado en la “Aldea de Vida Especial” de Trabzon, que busca crear una comunidad agrícola donde jóvenes con discapacidad vivan de forma independiente, trabajen la tierra y desarrollen su vida bajo supervisión estatal.
Con apoyo del alcalde de Taskopru, ya se han iniciado gestiones con el gobernador de Kastamonu, legisladores y autoridades locales. “Esperamos que nuestra próxima celebración sea la inauguración de esta aldea, que será un modelo y motivo de orgullo para toda Türkiye”, dice.
Perseverancia
Pese a las dificultades, Huriye Boyraz y su esposo Satilmis –quien dejó su trabajo como agricultor para cuidar a su hijo– aseguran que siguen inspirándose en la perseverancia de Omer.
“La mayor recompensa y el mayor logro que hemos recibido es ver a mi hijo, que tiene autismo, valerse por sí mismo. Ha llegado a gestionar sus propios asuntos, cubrir sus necesidades de forma independiente y desarrollar plenamente habilidades de autocuidado”, afirma.
Hoy Omer también apoya a sus amigos cuando lo necesitan y cuida a su abuela de 99 años. “Para mí, este es uno de los logros más hermosos y valiosos que podemos alcanzar”.
Este artículo fue redactado por Bala Chambers y reportado por Mohammad Bashir Aldaher.
















