¿Pueden los ataques de EE.UU. e Israel derrocar al gobierno de Irán?
Los ataques de EE.UU. e Israel han matado a la cúpula dirigente de Irán para forzar un cambio de gobierno. Sin embargo, expertos advierten que las estrategias de “decapitación” han demostrado ser históricamente una herramienta deficiente para ello.
Uno de los objetivos declarados de los ataques estadounidenses e israelíes contra Irán ha sido el “cambio de régimen”.
En un mensaje en video difundido poco después de lanzar los ataques, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, instó a los iraníes a “tomar el control” de su gobierno y asumir el “control de su destino”.
En las horas siguientes, Trump afirmó que había cumplido su “promesa” de ayudar a los iraníes y que ahora dependía de ellos derrocar a su gobierno.
Hasta ahora, los ataques de EE.UU. e Israel han matado al líder supremo de Irán, Alí Jamenei, y a varios altos mandos militares, incluido el jefe del Estado Mayor del ejército, el ministro de Defensa y el comandante del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI).
No obstante, los expertos advierten que la estrategia estadounidense-israelí se basa en una peligrosa ilusión: la creencia de que los ataques de decapitación, dirigidos a eliminar a la cúpula dirigente, pueden por sí solos provocar un cambio de gobierno.
El mecanismo constitucional previsto en Irán para garantizar la continuidad del gobierno en caso de guerra ya ha entrado en vigor.
Se activó el artículo 111 de la Constitución, que establece un consejo transitorio de tres miembros compuesto por el presidente Masoud Pezeshkian, el jefe del Poder Judicial Gholamhossein Mohseni Ejei y el clérigo Alireza Arafi.
La Asamblea de Expertos, integrada por 88 miembros, tiene ahora la tarea de elegir al sucesor de Jamenei.
Mustafa Caner, profesor asistente en el Instituto de Oriente Medio de la Universidad de Sakarya, declaró a TRT World que el sistema iraní está funcionando exactamente como fue diseñado.
La configuración transitoria dista mucho de ser una improvisación.
“La continuidad es la característica primordial del sistema político iraní”, afirma.
“No existe ningún vacío legal ni ambigüedad institucional que genere un vacío de poder”, añade.
No obstante, las condiciones de guerra podrían ralentizar el proceso.
“Los líderes políticos y los comandantes militares operan en estrecha coordinación”, señala Caner, y agrega que el aparato estatal, incluida la burocracia, los mandos militares y los gobernadores provinciales, continúa funcionando sin interrupciones.
Gokhan Ereli, investigador independiente con sede en Ankara especializado en Oriente Medio, es más cauto respecto a la distancia entre el procedimiento legal y el poder real.
La singular “autoridad carismática” que Jamenei cultivó durante décadas no puede ser reemplazada de inmediato, sostiene.
En declaraciones a TRT World, afirma que el sistema sucesorio iraní está diseñado para momentos de crisis, pero insiste en que los analistas deben distinguir entre “continuidad procedimental y legitimidad política”.
En la era posterior a 1979, la estructura de gobernanza descansó sobre dos pilares: la legitimidad clerical y el músculo de seguridad y económico del CGRI.
Sin un árbitro supremo único como Jamenei, el mundo podría ver al CGRI convertirse en un conjunto de facciones militares-económicas en competencia, señala Ereli.
El sistema parece funcional sobre el papel, pero el proceso real tras puertas cerradas es una “negociación frágil entre clérigos de alto rango y generales ambiciosos”.
No obstante, las redes provinciales del cuerpo y su estructura de “defensa en mosaico” hacen improbable un colapso total del gobierno iraní.
Una herramienta deficiente para el cambio de régimen
Los expertos expresan serias dudas sobre la idea de que los bombardeos aéreos y los asesinatos selectivos de figuras clave puedan forzar un cambio de régimen.
Ereli califica las tácticas sostenidas de decapitación como “herramientas históricamente deficientes para el cambio de régimen por sí solas”.
Estas degradan la coordinación operativa, pero son incapaces de desmantelar un aparato cuyas raíces se extienden a mercados negros, servicios de inteligencia, burocracias provinciales y conglomerados económicos.
“No puede desmantelarse desde el aire”, afirma.
Según Caner, no existe precedencia histórica de que los ataques aéreos por sí solos hayan provocado un cambio de régimen rápido.
Señala el precedente de Estados Unidos en Iraq, donde incluso una invasión a gran escala y una ocupación terrestre no produjeron democracia, sino años de guerra civil e inestabilidad.
“En el caso de Irán, la situación es aún más compleja debido al fuerte sentido de nacionalismo del país y a su considerable capacidad estatal”, explica.
La estructura de poder de múltiples capas en Irán “complica cualquier intento de EE.UU. o Israel de asegurar una victoria rápida mediante una estrategia de decapitación”.
Los expertos no observan una fuerza interna viable lista para asumir el poder en esta transición hacia una era posterior a Jamenei.
Cualquier cambio de gobierno que favorezca los objetivos occidentales e israelíes requiere una “alternativa doméstica viable y organizada” capaz de tomar las riendas del poder estatal y evitar una deriva hacia el caudillismo, señala Ereli.
“Actualmente, no existe una oposición unificada de ese tipo dentro de Irán”, afirma.
Sin ella, la decapitación corre el riesgo de producir “un Estado fallido o una junta militar desesperada en lugar de una transición democrática”.
Caner coincide y descarta a figuras de la oposición en la diáspora que buscan apoyo occidental e israelí.
“Muchos intentan construir carreras como líderes de la oposición en la diáspora. Pero carecen de una base política genuina dentro de Irán. Suelen recibir apoyo del lobby israelí o de neoconservadores en EE.UU.”, sostiene.
El ministro de Relaciones Exteriores de Türkiye, Hakan Fidan, ha expresado reiteradamente la misma postura.Desestimó la idea de un cambio de régimen mediante bombardeos aéreos como una “quimera”.
“El régimen no cambiará mediante un ataque aéreo”, afirmó, añadiendo que los bombardeos pueden debilitar al Estado, pero sin provocar necesariamente un cambio de gobierno.
Estado de ánimo público: unidad nacional
Los ataques aéreos de EE.UU. e Israel contra Irán parecen inspirados en la misma estrategia de decapitación que, según este análisis, dio resultados rápidos en Venezuela dos meses atrás, cuando fuerzas estadounidenses capturaron a su presidente, Nicolás Maduro.
Washington combinó acción selectiva y presión sobre el liderazgo político, permitiendo que una nueva figura interna asumiera el poder casi de inmediato.
Las instituciones estatales permanecieron intactas y la vida pública volvió a la normalidad en cuestión de días.
Ese episodio sentó un precedente para Washington y Tel Aviv, sugiriendo que una operación rápida de eliminación del liderazgo puede derrocar a un régimen adversario sin una guerra terrestre prolongada.
Pero ese cálculo, hasta ahora, ha demostrado ser erróneo en el caso de Irán.
En lugar de capitular, Teherán ha respondido con andanadas sostenidas de misiles y drones contra bases estadounidenses en el Golfo. También ha impuesto un bloqueo de facto del Estrecho de Ormuz, la estrecha vía marítima por la que transita aproximadamente una quinta parte del comercio mundial de petróleo.
En síntesis, las fuerzas iraníes continúan operando bajo el consejo transitorio y el aparato estatal no muestra señales de deterioro rápido.
Mientras tanto, el sentimiento público en Irán parece haber contradicho las expectativas de EE.UU. e Israel.
Basándose en años de interacción con la sociedad iraní, Caner sostiene que la reacción predominante ante el ataque extranjero es la unidad nacional frente a los agresores.
“En momentos de amenaza externa, muchos ciudadanos parecen suspender, o al menos relegar, sus quejas hacia el gobierno. La distinción entre Estado y nación comienza a diluirse”, afirma.
Los ataques militares son vistos ampliamente “no como un asalto contra una administración en particular… sino como un ataque contra Irán como entidad civilizatoria y nacional”, añade.
Si bien medios occidentales han destacado escenas de celebración en algunas grandes ciudades, Caner advierte contra sobredimensionar esas imágenes.
“Tanto los medios occidentales como las redes sociales suelen amplificar determinadas voces de manera que distorsionan su verdadero peso social”, concluye.