La tarde del 22 de abril, los mensajes de la periodista Amal Khalil eran cortos.
Escribiendo al chat grupal de sus colegas del diario libanés Al-Akhbar, informó que estaba bien y que su vehículo no había sido el objetivo de un mortífero ataque aéreo israelí.
Por un momento, un suspiro colectivo de alivio recorrió la redacción.
“Pensamos que todo había terminado… que Amal estaba bien y que la situación había acabado”, dijo a la agencia de noticias Anadolu Roaa Kassem, una colega que hablaba desde Beirut.
Pero el horror apenas estaba comenzando.
Con el paso de las horas, comenzaron a circular reportes sobre nuevos ataques israelíes en el sur del Líbano, en la localidad de Al-Tayri.
La redacción comprendió con creciente temor que los nuevos bombardeos se habían producido exactamente en el mismo lugar donde se encontraban Khalil y otra colega, la fotoperiodista Zeinab Faraj.
“Entonces supimos que también había resultado herida esta vez, pero no quería decírnoslo ni contárselo a su familia”, relató Kassem.
Khalil y Faraj huyeron y buscaron refugio bajo una estructura cercana, que Israel bombardeó poco después.
Tras los ataques, testigos y colegas denunciaron un esfuerzo deliberado por parte de Israel para impedir el rescate.
Faraj fue finalmente sacada herida de entre los escombros, pero las fuerzas israelíes abrieron fuego y bloquearon a los equipos de defensa civil y ambulancias que intentaban llegar hasta Khalil.
“A ellos (la defensa civil) les permitieron rescatar a Zeinab, pero no querían que rescataran específicamente a Amal”, dijo Kassem, conteniendo las lágrimas.
Khalil permaneció bajo los escombros durante más de seis horas, hasta que las autoridades libanesas y la Cruz Roja recibieron autorización para acceder al lugar. Su cuerpo fue recuperado poco antes de la medianoche.
El doble bombardeo puso fin de forma brutal a una carrera de dos décadas, mientras colegas y defensores de la libertad de prensa afirman que su muerte refleja un patrón más amplio de ataques israelíes contra periodistas.
Desde el 2 de marzo, al menos nueve periodistas han muerto por ataques israelíes en el sur del Líbano, según el Comité para la Protección de los Periodistas (CPJ).
Amenazas previas a su muerte
Khalil, de 42 años, era conocida por su férreo compromiso de documentar las atrocidades israelíes en el sur del Líbano y había vivido durante meses bajo la sombra de la muerte.
Las amenazas comenzaron en 2024 con un mensaje a su teléfono en el que amenazaban con “separar su cabeza de sus hombros”. Después llegaron llamadas al periódico exigiendo que dejara de informar desde el sur del país.
Pocos días antes de su muerte, Avichay Adraee, portavoz del ejército israelí, republicó en la plataforma X un video donde se veía a Khalil rescatando a un gato entre los escombros de un edificio destruido, mientras lanzaba insultos contra el periódico.
A pesar de las súplicas de familiares y amigos para que dejara de cubrir la zona fronteriza, Khalil se negó.
“Amal sabía que era peligroso para ella estar allí y que su vida corría peligro”, explicó Kassem. “Pero quería seguir informando desde el sur porque era importante para ella, para nosotros y para todos los periodistas que están allí transmitir lo que sucede: las agresiones israelíes, las masacres”.
Kassem, que hablaba con Khalil todos los días sobre su trabajo, dijo que la periodista quería reportar desde los “lugares difíciles” a los que pocos reporteros podían acceder y que recibían poca atención mediática.
Un patrón de matanzas
La muerte de Khalil forma parte de una campaña más amplia y sistemática de Israel para silenciar a los medios de comunicación, según activistas y expertos en libertad de prensa.
Desde octubre de 2023, cuando comenzó la ofensiva israelí contra Gaza, más de 260 periodistas han muerto a manos de Israel en Oriente Medio, incluidos Gaza, Yemen, Líbano e Irán.
“La mayoría fueron asesinatos selectivos, lo que significa que Israel apuntó contra esos periodistas y los mató deliberadamente”, dijo a Anadolu Sara Qudah, directora regional para Oriente Medio y Norte de África del CPJ.
Durante la ofensiva en Gaza, cuando Israel amplió sus ataques hacia Líbano, mató al menos a seis periodistas, añadió.
En un informe publicado a comienzos de este año, el grupo señaló que un récord de 129 periodistas y trabajadores de medios murieron el año pasado en todo el mundo, siendo Israel responsable de dos tercios de esas muertes.
“Israel no ha rendido cuentas por sus acciones ni por quienes mataron a los periodistas”, afirmó Qudah.
Añadió que la impunidad de Israel sienta un peligroso precedente porque “más periodistas seguirán siendo asesinados y nadie temerá ser castigado”.
Israel nunca ha presentado pruebas en ninguno de los casos de que los periodistas atacados no fueran civiles, dijo Qudah, y tampoco ha sustentado las reiteradas acusaciones de que eran “terroristas”, una etiqueta utilizada frecuentemente por las autoridades israelíes tras estos asesinatos.
Las tácticas israelíes
La representante del CPJ destacó un patrón recurrente en los ataques israelíes contra periodistas, incluido el uso de “doble ataque”, es decir, bombardear nuevamente el mismo lugar minutos después del primer impacto.
Qudah mencionó los recientes asesinatos de los periodistas libaneses Fatima Ftouni, Ali Shoaib y Mohamad Ftouni, así como el ataque que acabó con la vida de Khalil.
“Ya vimos esto antes en Gaza… vimos periodistas morir en ataques dobles. Y en ocasiones fueron múltiples bombardeos, no solo dobles”, explicó.
Israel también utiliza frecuentemente drones para atacar a periodistas.
“Israel tiene las tecnologías más avanzadas del mundo. Cuando utilizan drones, saben exactamente quién es su objetivo y qué está haciendo. Saben que la persona a la que atacan es un periodista, especialmente si lleva chaleco, equipo de prensa o una cámara”, afirmó. “Y aun así utilizan drones para localizarlos y matarlos”.
Qudah también señaló lo que describió como un patrón creciente durante la ofensiva en Gaza: impedir que los equipos médicos lleguen hasta periodistas y civiles heridos, como fue el caso de la niña palestina Hind Rajab.
Recordó el caso del reconocido periodista Wael Al-Dahdouh y del camarógrafo de Al Jazeera Samer Abu Daqqa, quienes resultaron heridos en un ataque con drones en Gaza. Mientras los equipos médicos lograron evacuar a Al-Dahdouh, no pudieron llegar hasta Abu Daqqa, que murió, explicó.
“Vimos lo mismo con Amal Khalil”, dijo Qudah. “Esas tácticas se están convirtiendo en un patrón”.
Qudah describió la muerte de Khalil como especialmente trágica, ya que existía la posibilidad de rescatarla con vida antes de que muriera.
“El asesinato de Amal es en sí mismo un asesinato deliberado porque se bloqueó a la Cruz Roja mientras sabían que Amal estaba atrapada bajo los escombros y aun así no permitieron evacuarla”.
Según Qudah, esto podría constituir un “crimen de guerra”, ya que los periodistas están protegidos por el derecho internacional humanitario siempre que no participen directamente en hostilidades. Impedir el rescate de civiles también constituye otro crimen de guerra, añadió.
Una historia de resiliencia
Sus colegas dijeron que Khalil se había convertido en una presencia constante en la redacción durante la ofensiva, enviando actualizaciones diarias desde el sur del Líbano mientras se intensificaban los ataques israelíes.
“Hablábamos con ella todos los días”, recordó Kassem. “Nos enviaba noticias de última hora desde el sur, cubriendo los bombardeos israelíes y todo lo que ocurría allí”.
Además de reportar para el periódico, Khalil producía videos e informes de campo para redes sociales, documentando la devastación en las aldeas cercanas a la frontera.
Como pasaba gran parte del tiempo reportando sobre el terreno, Kassem solo pudo verla en persona unas pocas veces, pero la recordó como alguien amable, siempre sonriente y cercana con todos.
El último reportaje que Khalil envió a la redacción fue un estremecedor video desde la aldea de Beit Lif, donde un hombre lloraba mientras observaba cómo los ataques israelíes destruían su casa y gran parte del área circundante.
“Fue una historia realmente emotiva porque era una persona que estaba allí viendo y grabando cómo destruían su aldea. Fue muy impactante y también muy importante para nosotros”, dijo Kassem.
También pidió al gobierno libanés que haga más para proteger a los periodistas.
“Me gustaría que el mundo recordara a Amal como una mujer resiliente, fuerte… no le tenía miedo a nada, incluso después de saber que estaba amenazada”.
















