Títeres turcos y el arte de Bahadir Biyikli: “Un puente que conecta el pasado con el presente”

Bahadir Biyikli, titiritero turco, busca preservar su arte. Desde fabricar títeres y darles vida, hasta escribir guiones y presentarlos, contamos su historia a propósito del Día Mundial del Títere, que se celebra cada 21 de marzo.

By Bala Chambers, Mohammad Bashir Aldaher
Desde hace más de 20 años, el turco Bahadir Biyikli dedica sus días a fabricar títeres, darles vida, escribir guiones y presentarlos ante el público. / Otros

Estambul, Türkiye – “El títere no está sólo en mis manos, sino también en mi voz, en mi respiración y en el ritmo de mi cuerpo. Cada pequeño movimiento –levantar una ceja, inclinar la cabeza o incluso una breve pausa– puede cambiar el sentido de una escena. Por eso cada representación se siente distinta, aunque el texto siga siendo el mismo”, cuenta Bahadir Biyikli, titiritero turco, en conversación con TRT Español.

Bahadir, de 40 años, lleva una vida sencilla entre la capital turca, Ankara, y la ciudad de Alanya, en la costa mediterránea, donde desde hace más de 20 años dedica sus días a fabricar títeres, darles vida, escribir guiones y presentarlos ante públicos infantiles y adultos junto a su esposa, Tijen Gulsen Biyikli, quien se encarga de la logística de las giras y del diseño de los títeres.

“El teatro de títeres nunca ha sido solo una profesión para mí: se ha convertido en una forma de vida. A través de él aprendí la paciencia, porque la creación de un solo títere puede requerir días de trabajo minucioso”, admite Bahadir.

Huella internacional

Con los años, llegó a definir su labor como “una responsabilidad cultural y educativa”. A lo largo de su trayectoria ha participado en eventos organizados por el Ministerio de Cultura en Türkiye y también ha llevado su trabajo a otros países. Recuerda especialmente el Festival de Títeres y Karagoz Hadi Poyrazoglu, realizado hace unos años en Türkiye, Azerbaiyán y la isla de Chipre, así como presentaciones ante la diáspora turca en Alemania y Emiratos Árabes Unidos para “presentar y compartir nuestra cultura nacional”. También ha participado en celebraciones mundiales como el Día Mundial del Títere, que se conmemora cada 21 de marzo.

“Siento una gran responsabilidad, como si sostuviera un tesoro transmitido por generaciones anteriores y debiera entregarlo vivo a las que vienen”, insiste. “La responsabilidad no es solo presentar funciones bellas, sino preservar la esencia del arte: el humor, la sencillez y la capacidad de decir la verdad a través de un títere”.

Con ese enfoque, frente a la modernización y los avances tecnológicos, Bahadir ha optado por resistir para preservar el arte que lo ha acompañado desde la infancia y que define como “un puente que conecta el pasado con el presente”.

Inspiración y arraigo en Türkiye

La pasión de Bahadir tiene raíces profundas. A los 10 años vio por primera vez una función del teatro de sombras de Karagoz, que significa “ojo negro”, uno de los pilares del teatro de sombras turco y una forma de entretenimiento con raíces en la época otomana.

Este estilo combina humor, música y crítica social mediante figuras proyectadas en una pantalla, como el dúo que refleja un marcado contraste social: Hacivat, educado y refinado, y Karagoz, directo e ingenioso.

“Karagoz no es solo un personaje teatral: es un espejo de la sociedad”, afirma Bahadir, mientras destaca cómo la obra preserva dialectos, tradiciones y sueños que forman “nuestra memoria cultural”.

Hace tres décadas, la interpretación de Hayali Kucuk Ali durante el mes bendito de Ramadán en el canal nacional TRT fue la chispa que encendió algo más grande y lo llevó a prometerse que “algún día practicaré este arte”, evoca. “Aquella pequeña promesa cambió el rumbo de mi vida”.

Desempeño

Desde joven inició su acercamiento de forma autodidacta, creando modelos rudimentarios con objetos domésticos como cucharas de madera, platos de plástico y retazos de tela, guiado solo por su imaginación. Pasaba horas explorando cómo artículos cotidianos, incluso un trozo de esponja, podían convertirse en personajes con voz y risa.

“Cuando mostraba estas creaciones a amigos o vecinos, se sorprendían por su sencillez, mientras yo sentía que había entrado en un mundo mágico. Aquellos experimentos de la infancia me enseñaron que el arte puede nacer de las cosas más simples”, admite.

Maestro

Con ese impulso, su pasión se transformó con el tiempo en profesión. Pronto entendió que depender solo de internet o de libros no bastaba. “Es necesario estar junto a un maestro vivo para captar el verdadero espíritu del oficio”, afirma.

El punto de inflexión llegó en 2005, cuando conoció al maestro titiritero "más experimentado de la tradición de Karagoz", Mustafa Mutlu, y comenzó a formarse bajo la tradicional relación “usta-cirak” (maestro-aprendiz).

Ese proceso se convirtió en “una escuela de disciplina moral y compromiso cultural”, relata sobre su aprendizaje, en el que adquirió técnicas, diseño, filosofía artística y el sentido ético del oficio. “Fue él quien me dio mis primeras marionetas y me permitió aferrarme a este arte. Gracias a él, pude continuar por este camino”.

Y, poco a poco, consolidó habilidades como la disciplina, la escritura de guiones, la gestión del tiempo y la conexión con el público, elevando sus actuaciones a un nivel profesional.

Creatividad desde el taller

Hoy comienza su rutina cada mañana en su taller, que describe como “un laboratorio de vida donde el oficio y la imaginación, la mano y el corazón se funden”.

Ahí, las mesas están llenas de telas, madera, espuma, hilos y numerosas herramientas pequeñas. “A veces el taller parece un caos total, pero es un caos creativo, porque cada pieza dispersa puede transformarse de pronto en una nueva idea”, reflexiona.

“Suelo comenzar esbozando el personaje en papel, luego lo transformo en una forma tridimensional y, finalmente, le doy vida a través del movimiento y la voz. En ese momento deja de ser solo material y se convierte en un ser vivo sobre el escenario”, revela.

Los niños

Su público principal son los niños, lo que lo lleva a crear personajes “cercanos, juguetones, llenos de asombro” que, al mismo tiempo, transmiten mensajes educativos y culturales. Cada función, dice, “es una oportunidad de sembrar un valor: respeto por la naturaleza, amor hacia los demás, honestidad, coraje”.

En su taller también repara títeres antiguos y prepara materiales para diversos proyectos antes de dedicarse a la escritura, que define como “construir mundos”. Con una libreta pequeña, explica, “esbozo un personaje o anoto una frase que escuché de un niño, y luego la desarrollo hasta convertirla en una historia completa”.

A partir de ese momento, el espectáculo empieza a tomar forma y considera todos los elementos creativos para impulsarlo. “¿Qué mensaje quiero transmitir? ¿Cómo lo reflejarán los personajes? ¿Qué música lo acompañará?”, se pregunta.

En ese mismo espacio también dedica tiempo a los ensayos, que a veces se prolongan varios meses. Allí prueba voces, ajusta guiones y rediseña algunos títeres. “Cuando finalmente llega la función, conozco de memoria cada movimiento y cada línea. Pero siempre dejo espacio para la interacción en vivo con el público”.

Cercanía con la gente

Además, Bahadir trabaja en el escenario durante todo el año. Para sostenerse, presenta espectáculos en escuelas, salones municipales, hoteles, centros de conferencias e instituciones culturales. En ocasiones, el Ministerio de Cultura lo envía a barrios de bajos recursos como parte de actividades solidarias.

También ha participado en numerosos festivales, entre ellos el Festival de Títeres y Karagoz Hadi Poyrazoglu en la Universidad de Gazi, en Ankara, una de las presentaciones que recuerda con mayor orgullo, donde interpretó a Karagoz y presentó “nuestro patrimonio ante un público académico y cultural que realmente valora este arte”.

El oficio, afirma, también lo ha acercado profundamente a la gente. “Durante mis giras por los pueblos, dejé de ser simplemente un artista que llega, actúa y se va, para convertirme en un invitado recibido con cariño y generosidad”.

Recuerda que, tras una función, un niño le regaló su juguete para compartir su alegría. “Ese momento me enseñó que lo que presentamos en el escenario se refleja directamente en nuestra vida cotidiana”, evoca.

En otra ocasión recuerda su visita a una escuela de un pueblo rural, donde interpretaba a un “ladrón” que arrojaba basura en el bosque.

“De repente, un niño pequeño del público gritó: ‘¡Te voy a denunciar a la policía!’. Había creído con tanta intensidad en mi personaje que quería justicia de verdad”, evoca. “Eso me enseñó cómo los niños difuminan la línea entre el teatro y la realidad, y cuán cuidadosamente debemos manejar nuestros mensajes”.

En lo personal, esta experiencia también ha dejado una huella imborrable. “Aprendí la humildad, porque los niños no saben halagar; si un personaje no les gusta, te lo dicen sin rodeos: ‘Esto no es real’. También aprendí a mirar el mundo con ojos más inocentes, ya que siempre debo observar las cosas desde la perspectiva de un niño”.

Futuro

Tras más de dos décadas en el oficio, considera que existe margen para impulsar más iniciativas tanto desde el ámbito oficial como independiente.

“Practicamos un arte que se ha vuelto minoritario. La solución no es solo esperar apoyo estatal, sino que los propios titiriteros tomen la iniciativa: colaborar, organizar talleres e ingresar a las escuelas. Así podemos garantizar su continuidad y acercarlo a las nuevas generaciones”, dice con firmeza.

Aspira además a ampliar la presencia internacional de Karagoz y fortalecer su difusión en su país. “Sueño con establecer un teatro de títeres permanente en Türkiye, un hogar donde artistas, público y estudiantes se reúnan bajo un mismo techo; un lugar al que los niños puedan acudir en cualquier momento para ver funciones, aprender cómo se hacen los títeres e incluso construirlos con sus propias manos”, señala.

Insiste que hará todo lo posible por concretar ese sueño. “Me siento afortunado de vivir de lo que amo. Muchos trabajan en empleos que no reflejan su pasión; yo me despierto cada mañana entusiasmado por encontrarme con un nuevo títere o escribir una nueva escena”.

Este artículo fue redactado por Bala Chambers y reportado por Mohammad Bashir Aldaher.