"La mayor riqueza de un artista o artesano es dejar tras de sí obras duraderas que las generaciones futuras puedan ver". Con esa máxima resume la artista y artesana Filiz Uzun Demir más de dos décadas dedicadas a rescatar un patrimonio artesanal al borde de la extinción y a forjarse un destino propio frente a la exclusión.
En su taller de Giresun, una provincia costera a orillas del mar Negro en Türkiye, el aire huele a serrín y a barniz. Sobre la mesa de trabajo reposan fragmentos milimétricos de maderas autóctonas: roble, haya, carpe y manzano. Con ellos devuelve a la vida el ahşap kakma, la técnica de taracea e incrustación sobre madera de los siglos XI al XX que floreció en los palacios selyúcidas y otomanos. Sin embargo, su trayectoria artística no comenzó en una escuela de diseño, sino tras verse privada de su derecho a estudiar.
En el arte del ahşap kakma encontró un propósito
Nacida en 1978, Uzun vio interrumpida su trayectoria académica al concluir la secundaria debido a la estricta prohibición del velo islámico (hijab) en las instituciones educativas turcas de la época.
"Completé mi educación primaria y secundaria en Giresun. Sin embargo, debido a la prohibición del velo, no pude continuar mi educación formal. Aun así, no me rendí", relata a TRT Español.
Los impedimentos se mantuvieron incluso al intentar acceder a la formación a distancia: "Incluso me sacaron del aula durante el examen que realicé a través de la educación a distancia. Ni siquiera nos dejaban solicitar la inscripción dentro del edificio escolar. Mi historia comenzó con estos obstáculos, cuando se nos negó el derecho a la educación. Fue a través de estas dificultades como resurgimos de nuestras cenizas y tomamos caminos distintos".
La dificultad para continuar sus estudios la llevó a buscar refugio en cursos comunitarios.
"La tristeza y la amargura causadas por los desafíos que enfrenté en mi vida educativa me llevaron a encerrarme en mí misma. Mientras cargaba en mi interior la ausencia de una vida plena, me volqué en el arte para olvidar mi dolor", rememora. Tras probar técnicas como el ebru (marmoleado), la costura o la pintura al óleo, finalmente encontró su vocación en un curso de ahşap kakma (incrustación en madera) que estaba a punto de ser cancelado por falta de estudiantes.
"Me inscribí. A medida que empecé a trabajar, me di cuenta de que se adaptaba perfectamente a mí", explica. En aquel oficio casi abandonado descubrió un paralelismo directo con su propia situación: "Era un arte olvidado con una rica historia pero sin nadie que lo protegiera, exactamente igual que yo. Me vi reflejada en él. El arte no tiene prohibiciones. Sin pensar en lo que me aportaría, empecé a trabajar. A medida que aprendía más sobre la incrustación en madera, trajo alegría a mi corazón. Sentí que estaba superando un desafío. Despertó una pasión en mí, como ser la guardiana de algo abandonado. Me dio un propósito".
El arte de la paciencia
Uzun explica que el arte del ahşap kakma hunde sus raíces en la historia antigua. Hacia 1350 comenzó a utilizarse con fines decorativos en Egipto y pronto se expandió hacia Persia e Italia, consolidándose como un arte cortesano. En Anatolia, que ha sido una cuna clave tanto de la civilización como del orden mundial, alcanzó su cumbre con la arquitectura selyúcida y se mantuvo bajo los otomanos. De hecho, el propio sultán otomano Mehmed II practicaba esta labor y la bautizó como "el arte de la paciencia", decorando puertas, techos y púlpitos que aún se conservan.
A diferencia del mosaico, donde una pieza defectuosa puede ser retirada y reemplazada sin mayores dificultades, la taracea en madera exige un cálculo exacto. "En la incrustación en madera, cada diseño debe cortarse dos veces y encajarse con un tipo diferente de madera. Luego se prensan sobre otra base de madera", precisa Uzun. "Esta técnica lleva más tiempo y no permite margen de error, ya que no hay forma de volver atrás y corregir las equivocaciones".
En sus comienzos, sin presupuesto ni orientación técnica formal, Uzun recorría carpinterías recogiendo retales descartados y perfilaba cada trozo con un simple cúter. Con el tiempo aprendió a seleccionar especies locales con vetas particulares. "Ninguna de las piezas que creo es exactamente igual a otra porque el material es natural, y las texturas y tonalidades varían. Esto me produce la misma emoción que si estuviera creando algo por primera vez cada vez que empiezo una obra nueva. Y esa emoción nunca se desvanece", subraya.
Esa minuciosidad se tradujo en una disciplina estricta y solitaria. Durante años, compaginó sus responsabilidades familiares con la práctica nocturna sobre el escritorio de su habitación. "Empezaba a trabajar después de las nueve de la noche y continuaba hasta las primeras horas de la madrugada, deteniéndome solo cuando ya no podía resistir el sueño, por lo general con la llamada a la oración de la mañana", señala. "Durante esas horas, el silencio y la oscuridad despiertan emociones diferentes. La inspiración se siente distinta, los sentimientos son más profundos y viven en mis obras, otorgándoles un sentido de vitalidad".
Resistencia frente a la incomprensión
El camino hacia la consolidación estuvo plagado de trabas económicas y desdén. En los primeros compases, casi no podía hacer frente a la compra de materiales y tenía que pedir prestado. Al mismo tiempo, debió encarar el escepticismo de su entorno.
"Para ser sincera, durante los primeros años de mi carrera artística, algunas personas me juzgaban y se burlaban de mí. Murmuraban diciendo cosas como: 'Está loca, anda por ahí con un pedazo de madera', mofándose de mi trabajo", confiesa. Algunos de estos, después, han acabado asistiendo a sus talleres.
Más tarde, cuando comenzó a tener éxito, otros locales trataron de cerrarle el paso pensando que el oficio le reportaba cuantiosos beneficios económicos: "Yo no ganaba nada con esto; el arte, para mí, era una cuestión de pasión y corazón”. Aún así “algunos pensaban que ganaba mucho dinero y me hicieron pasar momentos difíciles, intentaron obstaculizarme, me menospreciaron verbalmente y presentaron a artistas alternativos para reemplazarme. Pero cuando ellos mismos se involucraron, se dieron cuenta de que no era tan fácil como creían y se rindieron.”
Cuando es preguntada sobre cómo respondió a esto Uzun responde que “no los escuché, no respondí ni me defendí; simplemente me concentré en hacer mejor mi trabajo. Nunca comprometí mi ética y superé todo con fe, dando mi mejor respuesta a través de la calidad de mi obra".
El respaldo presidencial
El giro definitivo en su trayectoria llegó de la mano de un temprano anhelo que Uzun concibió en 1998, cuando soñó que celebraría una exposición ante el entonces político (actual presidente) Recep Tayyip Erdoğan como una promesa íntima de superación frente a la adversidad. Aquel anhelo se transformó en realidad en 2010, cuando inauguró su colección titulada "Líderes" en la sede del partido AKP en Ankara. Erdoğan recorrió la exhibición con detenimiento durante casi tres horas.
"A partir de ese día, todo cambió. Tras la aprobación del presidente (entonces primer ministro), noté que los demás también comenzaron a valorar mi trabajo. Como dice el refrán: 'El oro tiene valor en manos del orfebre'", recuerda Uzun sobre aquel punto de inflexión.
Años más tarde, la artista emprendió un proyecto colosal: un panel de 2 por 2,7 metros que reproduce la primera página del Corán en maderas nobles con un marco de haya tallado con motivos selyúcidas, labor que le tomó cuatro años.
El 26 de febrero de 2019 se lo entregó personalmente al mandatario en Giresun. Como consecuencia, el gobernante elogió su evolución y ordenó el traslado del enorme panel por carretera a Estambul para ser exhibido permanentemente en el museo de la mezquita de Çamlıca, la mayor de Türkiye .
El arte como potencial de desarrollo personal y social
Con cerca de 2.000 obras completadas y presencia en unas 120 muestras, hoy en dia la mujer que no pudo completar su formación académica por llevar el hijab es invitada por universidades para impartir seminarios y salvar departamentos tradicionales en riesgo de desaparición. Uzun dio esas charlas con el velo puesto aun antes de la derogación formal del veto. Antiguos detractores pasaron a ser sus discípulos, y hoy imparte talleres comunitarios gratuitos para abrir caminos de autosuficiencia.
Para Uzun, el arte es un puente hacia la empatía ciudadana y una vía crucial de regeneración colectiva frente al vacío espiritual contemporáneo. Sin embargo, su mensaje más decidido está dirigido al empoderamiento femenino. "El arte es una herramienta poderosa para el empoderamiento de las mujeres porque nos permite expresar nuestro verdadero ser y superar los desafíos que enfrentamos", asegura.
"Sé por experiencia propia lo difícil que puede ser cuando la sociedad intenta limitarte, como cuando me impidieron continuar con mis estudios por llevar velo. Pero a través del arte encontré mi voz y mi fuerza. El arte abre puertas para que las mujeres desarrollen sus talentos, ganen confianza y sean vistas y escuchadas. Cuando las mujeres son apoyadas y guiadas según sus capacidades, y no son lastimadas o desalentadas, pueden superar cualquier cosa. El arte nos ayuda a sanar, a crecer y a convertirnos en creadoras y líderes poderosas en nuestras comunidades".
Para Filiz Uzun Demir, la madera ha dejado de ser materia prima para volverse destino: "La taracea se ha fundido conmigo. Me encontré a mí misma en ella. Me devolvió a mi esencia; se convirtió en mi pasado y en mi futuro. En otras palabras, se convirtió en mi identidad".
Este artículo fue redactado por Luqman Nieto y reportado por Mohammad Bashir Aldaher.


















