Opinión
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“Israel quería que no quedaran supervivientes”: el ataque que EE.UU. ocultó, pero nunca explicó
Durante casi 60 años, Washington ha evitado abordar el incidente en el que fuerzas israelíes atacaron el USS Liberty. Sin embargo, en medio del conflicto actual en Oriente Medio, este prolongado silencio comienza a resquebrajarse
“Israel quería que no quedaran supervivientes”: el ataque que EE.UU. ocultó, pero nunca explicó
TRT RUSSIA / TRT Russian

Hace casi seis décadas ocurrió un extraño incidente cuyas circunstancias siguen sin resolverse por completo.

El caso resulta especialmente llamativo porque Israel fue el culpable y Estados Unidos, que considera a Israel un aliado, fue la víctima. Cada vez que alguien recuerda este episodio, especialmente en tono acusatorio, gran parte de los medios lo etiqueta de inmediato como “antisemita”.

Sin embargo, la guerra contra Irán, el derramamiento de sangre en Gaza y los ataques contra Líbano han hecho que la influencia de los medios proisraelíes sobre la opinión pública ya no parezca tan incuestionable como antes.

En este contexto, el 8 de junio de 2026, el congresista Thomas Massie, conocido por oponerse al lema oficioso “Israel primero”, utilizado por algunos sectores republicanos, llevó a la tribuna de la Cámara de Representantes y al debate público, una historia que las autoridades estadounidenses habían preferido ignorar desde 1967: el ataque israelí contra el USS Liberty, que provocó la muerte de 34 marineros y que, según quienes cuestionan la versión oficial, fue deliberado.

Sesenta años es mucho tiempo para condenar un acontecimiento al olvido. O, más exactamente, al silencio.

La intervención de Massie brindó la oportunidad de revisar qué ocurrió aquel día del verano de 1967 y por qué la verdad sobre esos hechos sigue siendo incómoda para Washington y, especialmente hoy, extremadamente perjudicial para Tel Aviv.

“No avergüencen a su aliado”

El buque espía estadounidense USS Liberty formaba parte de un programa secreto de inteligencia electrónica de la Marina de Estados Unidos y la Agencia de Seguridad Nacional (NSA).

En mayo de 1967, el buque fue desplegado con urgencia en el Mediterráneo oriental para vigilar el desarrollo de la Guerra de los Seis Días. Su presencia en la zona de conflicto lo convirtió en un activo clave para la inteligencia estadounidense.

El 8 de junio de 1967, en pleno conflicto, aviones y lanchas torpederas israelíes atacaron un buque estadounidense en aguas internacionales frente a la península del Sinaí. En poco más de dos horas, 34 marineros perdieron la vida y otros 170 —o 171, según algunas estimaciones— resultaron heridos.

En proporción al tamaño de su tripulación, fue uno de los ataques más graves sufridos por un buque de guerra estadounidense desde la Segunda Guerra Mundial y uno de los episodios más sistemáticamente silenciados de la historia de las relaciones entre Estados Unidos e Israel.

La cronología de los acontecimientos de aquel día deja poco margen para atribuir lo ocurrido a una coincidencia. Desde primera hora de la mañana, aeronaves israelíes realizaron varios vuelos a baja altura sobre el buque. 

Las condiciones meteorológicas en la zona eran favorables, el número de identificación del Liberty (GTR-5) era claramente visible y la bandera estadounidense ondeaba en cubierta.

El primer ataque aéreo se produjo a las 13:58, hora local, casi ocho horas después de que comenzara la vigilancia. Cazas bombarderos Mirage III comenzaron el ataque recorriendo el buque de proa a popa, disparando cañones de 30 milímetros contra la superestructura.

Minutos después, aviones Super Mystère se unieron al ataque, lanzando napalm y disparando de nuevo contra el buque. Los bombardeos destruyeron la mayor parte del armamento e inutilizaron las antenas.

Las lanchas torpederas atacaron después, abriendo una vía de agua en el lado de estribor, cerca de los compartimentos de investigación. Cuando los supervivientes intentaron arriar los botes salvavidas, también abrieron fuego contra ellos.

La reacción de Washington fue insólita. Los aviones procedentes del portaaviones Saratoga, desplegados de urgencia para prestar ayuda, recibieron la orden de regresar por orden directa del secretario de Defensa, Robert McNamara. Según los informes, esta medida contó con la aprobación del propio presidente Lyndon B. Johnson, quien habría afirmado que no tenía intención de "avergonzar a un aliado".

A continuación, se puso en marcha una campaña diplomática y mediática para minimizar las consecuencias del incidente. Israel buscaba evitar un escándalo internacional, mientras que los estadounidenses intentaban limitar el coste político interno.

Como resultado, la versión pública de los hechos fue suavizada y presentada rápidamente como un "error". Israel sostuvo que sus pilotos confundieron al Liberty con un buque de transporte egipcio.

Washington aceptó esas explicaciones sin mostrar resistencia aparente. Una comisión naval de investigación se reunió con carácter urgente en el dique seco de Malta, donde estaba atracado el buque dañado y concluyó sus trabajos con la misma rapidez, aparentemente sin formular las preguntas más evidentes.

El Congreso no llevó a cabo ninguna investigación independiente y a los tripulantes supervivientes se les prohibió hablar públicamente del incidente bajo amenaza de someterlos a un consejo de guerra.

Israel, por su parte, nunca modificó su versión de los hechos y el pago de indemnizaciones se prolongó durante años.

Intención y conspiración

El USS Liberty patrullaba las aguas frente a El Arish, en Egipto, una zona donde, según informes, las fuerzas israelíes llevaron a cabo ejecuciones masivas de prisioneros de guerra egipcios y palestinos.

Al mismo tiempo, el buque tenía capacidad para interceptar comunicaciones militares israelíes, incluidos los preparativos para la invasión de los Altos del Golán, una operación que, según diversas versiones, el Gobierno israelí habría ocultado a Washington.

El investigador James Bamford escribió en su libro que los dirigentes israelíes ocultaron inicialmente la Guerra de los Seis Días tras un elaborado entramado de engaño: desde la manipulación de la supuesta amenaza egipcia hasta mentiras descaradas ante la ONU y el propio presidente estadounidense.

En 2017, la revista de la Armada estadounidense Proceedings publicó pruebas que revelaban que, en una entrevista concedida en la década de 1970, el secretario de Estado Dean Rusk admitió que el ataque al Liberty “no fue un accidente, sino un acto deliberado”.

En 1977, la CIA hizo públicos tres informes de inteligencia que databan de 1967, en virtud de la Ley de Libertad de Información (FOIA, por sus siglas en inglés).

Citando fuentes de inteligencia en Tel Aviv, los documentos afirmaban que las fuerzas israelíes conocían la identidad y la bandera del USS Liberty y que el entonces ministro de Defensa israelí, Moshe Dayan, ordenó el ataque personalmente.

Según uno de estos informes, un piloto israelí informó a sus superiores de que estaba observando un buque de guerra estadounidense y fue arrestado tras negarse a cumplir la orden de destruirlo.

La difusión de estos documentos en la prensa provocó un gran escándalo. Sin embargo, ese mismo año, en una entrevista para ABC, el director de la CIA, Stansfield Turner, desestimó estos informes calificándolos de “inteligencia bruta”, es decir, información no verificada procedente de informantes.

Turner insistió en que el informe analítico definitivo de la agencia, elaborado tras evaluar todos los datos disponibles, llegaba a la conclusión contraria: los dirigentes israelíes no tenían intención de atacar específicamente un buque estadounidense.

En 2003, como resultado de una demanda presentada bajo la Ley de Libertad de Información, la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) desclasificó y entregó a investigadores grabaciones de audio y transcripciones de las conversaciones sobre el bombardeo del Liberty.

Sin embargo, incluso entonces persistieron las dudas. Los materiales desclasificados carecían de detalles importantes y partes fundamentales de las transcripciones aparecían censuradas o eliminadas.

Con motivo del 40.º aniversario de la tragedia, la NSA anunció que había concluido la revisión de todos los documentos restantes y que los publicaría íntegramente. Sin embargo, en 2017, el medio digital The Intercept informó, basándose en documentos de los archivos filtrados por Edward Snowden, que parte de la información sobre el ataque seguía clasificada.

Entre los documentos que la Casa Blanca pasó décadas intentando ocultar bajo la clasificación de “alto secreto”, el cable número 0854 ocupa un lugar fundamental. Este fue enviado desde la oficina del agregado de Defensa de Estados Unidos en Tel Aviv apenas dos días después de la masacre.

Según este documento, Washington disponía de pruebas directas desde el principio: los pilotos israelíes, siguiendo órdenes del mando terrestre, realizaron al menos dos vuelos de reconocimiento, identificaron claramente la bandera estadounidense del USS Liberty e informaron de ello a su base en dos ocasiones.

Solo después de que el cuartel general confirmara que el buque que tenían delante era estadounidense, los pilotos recibieron una segunda orden para abrir fuego.

Esta conspiración de silencio incluye el informe del Comité de Asignaciones de la Cámara de Representantes (HAC, por sus siglas en inglés), que la NSA se niega a hacer público alegando motivos legales.

Según el testimonio de antiguos analistas de la CIA y miembros del Congreso, el documento oculta el hecho más incómodo: que el 7 de junio de 1967, un día antes del ataque, Israel habría amenazado con destruir el USS Liberty si el buque espía no abandonaba inmediatamente las aguas internacionales frente a la costa del Sinaí.

“Un acto vergonzoso”

El secretismo en torno al incidente se prolongó durante décadas. Los marineros supervivientes afirmaron en repetidas ocasiones que, tras regresar a Estados Unidos, se les prohibió de facto hablar públicamente sobre el ataque bajo amenaza de medidas disciplinarias.

Uno de los oficiales recordaría años después que un almirante lo convocó a un despacho a puerta cerrada, le retiró las insignias del uniforme, le exigió un relato detallado de lo sucedido y le advirtió que si contaba la historia a alguien más, acabaría en prisión.

En 2003, el capitán Ward Boston, asesor principal de la comisión naval que investigó el ataque de 1967, testificó en una demanda relacionada con la Ley de Libertad de Información, que había existido presión política sobre la investigación.

En una declaración jurada, afirmó que el presidente Lyndon B. Johnson y el secretario de Defensa Robert McNamara ordenaron concluir que se había tratado de un “ error de identificación”, a pesar de que, según sus palabras, existían pruebas que apuntaban a lo contrario.

Boston atribuyó sus años de silencio a la disciplina militar: “Cuando llegan las órdenes, las cumplo”. Decidió romper su silencio tras la publicación de un libro que defendía la versión oficial y que, a su juicio, distorsionaba los hechos.

El exjefe del Estado Mayor Conjunto, el almirante Thomas Moorer, quien participó en la investigación del incidente, lo calificó como un “encubrimiento clásico estadounidense”.

Moorer aseguró no tener ninguna duda de que se trató de un ataque deliberado. Asimismo, describió la orden de retirada de los aviones de rescate como “el acto más vergonzoso” que había presenciado en toda su carrera militar, y cuestionó cómo las autoridades estadounidenses pudieron anteponer los intereses de Israel a los de su propia nación.

En enero de 2024, durante una audiencia sobre el proyecto de ley HB 1041 en la Cámara de Representantes de New Hampshire, veteranos del USS Liberty tuvieron la oportunidad de presentar su versión de los hechos ante un organismo gubernamental por primera vez en décadas.

El proyecto de ley proponía la creación de una comisión especial para investigar el ataque de 1967 y sus consecuencias.

En su intervención ante el Comité de Relaciones Estatales-Federales y Asuntos de Veteranos de la Cámara de Representantes, Larry Bowen, condecorado con el Corazón Púrpura, afirmó que el Gobierno estadounidense no acudió en ayuda de la tripulación y, que posteriormente, prohibió a los supervivientes hablar públicamente del incidente. Según el veterano, tanto los testimonios de los tripulantes como las conclusiones de la investigación se alteraron deliberadamente para amoldarse al relato israelí.

Bowen señaló: “Nunca tuve la oportunidad de contar al pueblo estadounidense lo que ocurrió. Nuestro Gobierno no acudió en nuestra ayuda. Nos silenció, prohibiéndonos hablar sobre lo sucedido y amenazándonos con penas de prisión y multas si incumplíamos esa prohibición”.

“Nuestro Gobierno no llevó a cabo una investigación exhaustiva del ataque. La Armada convocó una comisión formal de investigación y recogió el testimonio de varios de mis compañeros de servicio, pero luego se les ordenó ajustar esas declaraciones para que encajaran con la versión del error de identificación que Israel presentó en su disculpa por el ataque”.

La batalla por el relato

Aunque este tema rara vez se aborda en los medios de comunicación y se considera incómodo, algunos políticos y figuras públicas vuelven a él de forma periódica. Por ejemplo, en el aniversario del incidente —el 8 de junio de 2026—, el congresista republicano Thomas Massie pronunció un discurso en la Cámara de Representantes en el que calificó el ataque de “no provocado” y exigió una nueva investigación.

En la tribuna de invitados se encontraban doce supervivientes de la tripulación del Liberty, la mayoría de ellos mayores de 80 años.

El congresista por Kentucky, que recientemente perdió unas elecciones primarias en las que grupos proisraelíes hicieron una campaña activamente en su contra e invirtieron grandes sumas de dinero para derrotarlo, declaró: “Llevemos a cabo una investigación. Aprobemos una resolución que los honre. Esto debió hacerse hace mucho tiempo”. 

En su discurso, Massie recordó que la visibilidad aquel día era perfecta, que la bandera estadounidense era claramente visible y que aviones israelíes habían estado sobrevolando el buque desde el día anterior.

“Los israelíes estaban decididos a no dejar ningún superviviente”, afirmó al describir el ininterrumpido bombardeo de 25 minutos del ataque aéreo. Para respaldar su postura, Massie citó a los políticos y mandos militares antes mencionados, incluidos Rusk y Moorer. 

“Ninguna de estas distinguidas personalidades cree que esto haya sido un accidente”, señaló el congresista. “Están convencidos de que se trató de un asesinato deliberado, ya fuera una operación de falsa bandera o un intento de encubrir lo que Israel estaba haciendo ese día”. 

Por supuesto, los defensores de la versión oficial israelí rechazan las acusaciones de que el ataque fuera intencionado.

El medio proisraelí JNS y otras plataformas similares calificaron el discurso de Massie como una “promoción de teorías conspirativas ”, mientras que su compañero de filas, el también político Dan Crenshaw, sugirió que Massie simplemente buscaba ganar visibilidad en los medios antiisraelíes para obtener rédito personal.

Muchos siguen atribuyendo el incidente a una “trágica cadena de errores” en medio del combate. Desde esta perspectiva, el ataque no se presenta como el asesinato de marineros estadounidenses, sino como un clásico incidente de “fuego amigo”, provocado por el caos en las comunicaciones, el agotamiento de los pilotos y graves fallos en los sistemas de comunicación tanto del lado israelí como del estadounidense.

Del mismo modo, quienes defienden una interpretación alternativa de lo ocurrido quedan relegados a la categoría de personas para quienes el lema “Recuerden el Liberty” es una forma encubierta de expresar la idea de que “Israel es malvado”.

El año pasado, Candace Owens, una ex-activista proisraelí que ha trabajado para medios de comunicación sionistas estadounidenses, entrevistó a uno de los supervivientes del ataque y declaró: “Difícilmente existe una historia que revele mejor la naturaleza engañosa y perversa del Israel moderno y su influencia sobre el Gobierno estadounidense”. 

Dentro de este marco, cualquier testimonio de veteranos supervivientes del buque, declaraciones de altos funcionarios del Pentágono o investigaciones independientes que apuntan a la naturaleza deliberada del ataque son sistemáticamente descartados.

La imagen completa del incidente ocurrido hace sesenta años sigue sin esclarecerse plenamente, sencillamente porque no se ha realizado un esfuerzo coordinado para reconstruirlo. 

El asedio que desde hace años sufren las bases de datos gubernamentales continúa. Las agencias de inteligencia se resisten a desclasificar los archivos, ya que su difusión pública echaría por tierra el conveniente mito del "error involuntario".

Sin embargo, con la guerra de Oriente Medio como telón de fondo, las acusaciones contra Israel y las exigencias de una investigación que Washington ha intentado sepultar durante décadas junto a los marineros fallecidos, resuenan hoy con más fuerza que nunca. 

FUENTE:TRT World