Cine y poder: la alianza de Hollywood y Washington que proyecta el antiarabismo para fines políticos
En Hollywood, los enemigos casi siempre hablan árabe. No es una casualidad estética, sino el resultado de décadas de convergencia entre industria cultural y poder político.
Desde octubre de 2023, el genocidio israelí en Gaza ha desencadenado una ola global de protestas y boicots, que también se ha extendido a la industria cultural. Más de 5.500 profesionales del cine han firmado el compromiso de Film Workers for Palestine, lanzado el 8 de septiembre de 2025, bajo el que se comprometen a no proyectar ni colaborar con instituciones cinematográficas israelíes “implicadas en el genocidio y el apartheid contra el pueblo palestino”. La respuesta fue inmediata: una carta abierta proisraelí acusó al boicot de “antisemitismo”.
En ese clima, la película “La voz de Hind Rajab (2025)” –con grabaciones reales de sus llamadas desesperadas a la Media Luna Roja antes de ser asesinada– recibió una ovación histórica de 23 minutos en Venecia durante octubre del año pasado. Su directora, Kaouther Ben Hania, denunció “miles y miles” de correos acusando al film de “antisemita”. Tras el estreno, añadió, llegaron otros miles de “mensajes intimidatorios”.
Paramount, uno de los grandes estudios de Hollywood con vínculos proisraelíes y el primero en criticar el boicot, ha sido señalado por mantener una “lista negra” de talento que describe como “antisemita”, según la revista Variety. Entre los nombres incluidos figura Javier Bardem, firmante de la iniciativa, quien declaró: “Que yo no consiga un trabajo es irrelevante frente a lo que está ocurriendo allí (en Gaza)”. El estudio además lanzó la serie “Red Alert”, criticada por su sesgo propagandístico: “Se centra únicamente en las pérdidas israelíes del 7 de octubre”, presenta a los israelíes como “figuras heroicas”, a los palestinos como “terroristas sin rostro", y omite reportes sobre fuego israelí aquel día, asociados al “Protocolo Hannibal” según investigaciones periodísticas.
Antecedentes: el antiarabismo y su concreción en lo antipalestino
No es la primera vez que la relación entre cine, poder político y representación árabe queda atravesada por presiones externas. En 2014 se reportaron presiones y posibles repercusiones profesionales para artistas que denunciaron la ofensiva israelí en Gaza. No es sorprendente: el cine no es un espacio neutral.
Durante décadas, Hollywood ha seguido un patrón al retratar la región. Del exotismo orientalista –“tierra árabe” exótica, palmeras, odaliscas y villanos– pasó a asociar sistemáticamente a árabes y musulmanes con el terrorismo. Esta imagen, de la cual la representación de los palestinos es una de sus expresiones más persistentes, acompaña a menudo la política exterior de EE.UU. y consolida un marco del “árabe como enemigo público #1”.
El caso de “El francotirador”
Un ejemplo de cómo este encuadre opera y desborda la pantalla es “El francotirador” (2014). Tras su estreno, el Comité Árabe-Estadounidense contra la Discriminación (ADC, por sus siglas en inglés) alertó sobre una ola de amenazas contra árabes y musulmanes, según la agencia de noticias Reuters. “Bonito ver una película donde los árabes son retratados como lo que realmente son: escoria que quiere destruirnos”, decía uno de los mensajes.
La ADC pidió al director Clint Eastwood y al actor Bradley Cooper que condenaran la retórica violenta, apelando a su influencia, pero no hubo respuesta. Ambos defendieron la película frente a críticas que señalaban que glorificaba la guerra y suavizaba la figura de Chris Kyle –presentado como “el francotirador más letal de EE.UU.”–, desplegado en cuatro ocasiones en Iraq –Bagdad (2000 y 2003), Faluya (2004) y Ramadi (2006)– y a quien se le atribuyen al menos 160 muertes durante la invasión encabezada por EE.UU.
Cooper afirmó que la película era sobre secuelas de veteranos y que el debate político sobre Iraq perdía "el punto”. Eastwood aseguró que el retrato incluso podía leerse como “antibélico”. Aunque insistían en que era un relato personal, la denuncia de la ADC recordó que las imágenes sí tienen efectos políticos. Si “El francotirador” no aborda la guerra ni el papel de EE.UU., pero muestra al soldado, su familia y su trauma, ¿cómo rellena el espectador ese vacío?
Lo que documenta Jack Shaheen: un siglo de estereotipos en Hollywood
Para algunos analistas, “El francotirador” forma parte de un “esfuerzo concertado de Hollywood” por presentar la invasión de Iraq como “moralmente necesaria”, reforzando la idea de que las guerras de EE.UU. protegen la “seguridad nacional”. La película no aborda las razones desacreditadas de la invasión, sus consecuencias políticas ni el costo humano: según Iraq Body Count, desde 2003 entre 187.499 y 211.046 civiles murieron por violencia.
Otro caso es “Rules of Engagement” (2000), escrita por el exsecretario de Marina James Webb y calificada por la ADC como “probablemente la película más racista que Hollywood ha hecho jamás contra los árabes”. La ficción sigue a un abogado militar que defiende a un coronel acusado de ordenar abrir fuego durante la evacuación de la embajada estadounidense en Yemen, en medio de una protesta civil. Hombres, mujeres y niños mueren en lo que parece una masacre injustificable… hasta que aparece una grabación, encontrada junto a una de las víctimas, que habla de matar estadounidenses como “deber de todo musulmán”. De pronto, la violencia se reencuadra y el espectador se inclina del lado de los marines cuando el coronel grita: “¡Maten a esos cabrones!”.
Este es uno de los mecanismos que describe Jack Shaheen, académico estadounidense de origen libanés, mediante el cual el cine resignifica la violencia hasta presentarla como “justa”. Shaheen revisó casi 1.000 películas (1896-2000) con personajes árabes: 936 reproducen estereotipos negativos, 52 eran neutrales y solo 12 mostraban rasgos positivos, según su estudio y adaptación documental Reel Bad Arabs (2001 y 2006). Esta tendencia lo llevó a reflexionar: “Si no vemos su humanidad, ¿qué es lo que queda?”, y concluyó que la exposición constante a estas imágenes erosiona la empatía y normaliza la violencia contra árabes y musulmanes.
Hollywood y la representación de los palestinos
Jack Shaheen subrayó que estos estereotipos se consolidaron junto a episodios clave de la política exterior de EE.UU.: la creación de Israel (1948), las guerras árabe-israelíes (1956, 1967, 1973), el embargo de la OPEP (1973), la Revolución Iraní (1979) y la Guerra del Golfo (1990-1991). Señaló que esta sintonía se ve especialmente en la representación del pueblo palestino. Desde “Sword of the Desert” (1949), que los retrataba como una “tierra sin pueblo”, Hollywood osciló entre invisibilizarlos y demonizarlos.
En las décadas 1980 y 1990, 28 películas mostraban a palestinos únicamente como terroristas, sin reflejar la ocupación israelí ni su violencia. “Muerte antes que deshonor” (1987) fue, según Shaheen, “una de las representaciones más despreciables de los árabes y palestinos”, con asesinatos, torturas y un atentado suicida. “Nunca vemos a los palestinos que sufren bajo la ocupación, en los campos de refugiados, asesinados. Esas imágenes se nos niegan”, denunció, y se preguntó: “¿Existe un código no escrito que impide humanizar a los palestinos?”.
El poder político-militar estadounidense vinculado al cine
Hollywood no es neutral: mantiene una relación estrecha con el aparato político-militar estadounidense, moldeando narrativas alineadas con Washington. Jack Valenti, presidente durante dos décadas de la Motion Picture Association, afirmó que “comparten el mismo ADN”.
El Pentágono colabora con películas y series que beneficien “al Departamento de Defensa o sean de interés nacional”, según la pauta DoD Instruction 5410.16, proporcionando recursos como infraestructura, equipo y personal especializado a coste operativo, que de otro modo serían inaccesibles, además de revisar guiones. “Sin respaldo militar, a menudo no hay show”, resume Matthew Alford, uno de los investigadores que evidenció esta colaboración en el documental “Theaters of War” (2022).
Tricia Jenkins, autora del libro “The CIA in Hollywood: How the Agency Shapes Film and Television”, subraya que, presentado como entretenimiento, este tipo de propaganda resulta “más eficaz”. Según los investigadores Alford y Tom Secker, el Pentágono ha participado en más de 800 películas y 1.100 series, y la CIA en al menos 60.
Este estrecho lazo convierte el choque actual en algo más que una disputa cultural secundaria: es una lucha por el relato que Hollywood promueve junto al guión geopolítico de Washington, que ha instalado un “sentido común” con prejuicios antiárabes.
De hecho, un estudio de 2021 de la USC Annenberg Inclusion Initiative indica que un tercio de los personajes musulmanes principales en películas populares aparecen como perpetradores de violencia, mientras que la mitad –principales y secundarios– sufren agresiones físicas o verbales. Según el informe, esto “normaliza la idea de que los musulmanes merecen la violencia”.
Otras miradas
Aunque existe mucho cine desde otras miradas, el cuello de botella suele estar en la financiación y, sobre todo, en la distribución. Lo ilustra “Lo que queda de ti” (2025), de Cherien Dabis, que aborda el impacto psicológico y emocional de la ocupación israelí. Pese a los premios, la buena recepción y productores ejecutivos como Javier Bardem y Mark Ruffalo, la película enfrenta “enormes desafíos”; varias distribuidoras admitieron miedo al “tema”, según su directora.
Por eso cobran fuerza las infraestructuras culturales emergentes en los últimos años. Iniciativas como Watermelon Pictures (2024) y su plataforma Watermelon+, (2025) surgen como respuesta a un problema estructural de circulación. Según sus fundadores, Hamza y Badie Ali, funcionan como “una red de seguridad” para que títulos rechazados por posible temor o represalias tengan “un hogar pase lo que pase”. Buscan reunir décadas de cine palestino, dar espacio a voces marginadas y contrarrestar narrativas dominantes. Y eso, sostiene Badie, inquieta a la industria dominante: “Están nerviosos por lo que estamos haciendo”.
La apuesta conecta con lo que Shaheen repitió por años: frente a una tendencia propagandística que deshumaniza al árabe y hoy se concentra en lo palestino, hay que intervenir en las representaciones, disputar sus relatos y asumir su dimensión política. Si no, “esas imágenes son como armas”, advierte Shaheen. “Nos enseñan a quién deberíamos querer, y a quién deberíamos odiar”.