La indignación selectiva de Israel por las protestas en Irán revela una profunda contradicción moral
En medio de la devastación en Gaza y de la muerte impune de palestinos, el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, pasa a exhibir de repente una preocupación por los derechos de los ciudadanos iraníes.
Mientras protestas generalizadas sacuden Irán, funcionarios israelíes, al igual que medios y figuras occidentales de derecha, han descubierto de forma repentina una profunda preocupación por los derechos humanos en Irán, la libertad de las mujeres y el sufrimiento de la población civil.
Declaraciones de solidaridad circulan ampliamente, columnas de opinión presentan a Israel como un aliado moral de los manifestantes iraníes y paneles televisivos hablan con tono solemne de la necesidad de “apoyar al pueblo iraní”.
Pero viniendo de los mismos actores que justificaron, minimizaron o ignoraron la devastación de Gaza —y que siguen guardando en gran medida silencio sobre la violencia diaria en Cisjordania ocupada— este despertar moral resulta profundamente vacío.
No hay dudas de que los iraníes tienen reclamos legítimos. El colapso económico, la corrupción y la reducción del espacio cívico han impulsado reiteradas olas de protestas durante la última década. Estas realidades merecen atención seria y una cobertura honesta.
Sin embargo, cuando Israel —denunciado por importantes organizaciones de derechos humanos por cometer crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad— se presenta como campeón global de la libertad, la contradicción es imposible de ignorar.
En Gaza, barrios enteros han sido arrasados. Decenas de miles de civiles han muerto, en su mayoría mujeres y niños. Hospitales, escuelas, periodistas, campamentos de refugiados y trabajadores humanitarios fueron atacados.
En Cisjordania ocupada, las redadas militares, la violencia de colonos, la apropiación de tierras y las ejecuciones extrajudiciales son prácticas habituales.
Sin embargo, esos mismos medios y figuras políticas que hoy amplifican las protestas en Irán defendieron esa violencia como “autodefensa” o trataron las muertes palestinas –si es que las reconocieron– como una abstracción desafortunada.
Netanyahu y el teatro de la moral
Esta hipocresía quedó expuesta cuando el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, dijo que condenaba el asesinato masivo de civiles inocentes, en referencia a manifestantes iraníes.
Que esa afirmación provenga del líder de un gobierno que supervisa una de las agresiones más letales contra civiles en la historia reciente de Oriente Medio roza lo surrealista.
Bajo el liderazgo de Netanyahu, Gaza ha sido sometida a bombardeos constantes, con las muertes civiles justificadas como daños colaterales y con una rendición de cuentas sistemáticamente evitada.
En Cisjordania ocupada, los palestinos mueren con una impunidad casi total. Pero cuando los civiles mueren en Irán, Netanyahu adopta de pronto el lenguaje de la indignación humanitaria.
El mensaje es claro: las vidas civiles no son sagradas de forma universal, sino políticamente condicionadas.
Las muertes iraníes se destacan porque encajan en el relato israelí contra Teherán; las muertes palestinas se minimizan porque desafían la imagen de Israel.
Y es que el involucramiento de Israel con las protestas en Irán no surge de una solidaridad genuina con la sociedad iraní. Responde a una hostilidad geopolítica de larga data.
Durante años, dirigentes israelíes promovieron abiertamente un cambio de gobierno en Teherán, impulsaron sanciones severas que devastaron la economía iraní y presentaron el sufrimiento del país como una oportunidad estratégica.
La preocupación actual por los civiles iraníes encaja perfectamente en esa agenda.
Al poner el foco en las protestas en Irán y borrar el sufrimiento palestino, Israel y sus aliados intentan redibujar el mapa moral de la región: Irán aparece como el villano central, Israel como una democracia asediada y las vidas palestinas… simplemente como una nota al pie incómoda.
Esto no es defensa de los derechos humanos. Es la instrumentalización del lenguaje de los derechos humanos.
La hipocresía se refuerza desde medios occidentales de derecha, especialmente en Estados Unidos y Europa. Durante el genocidio en Gaza, muchos de estos medios: pusieron en duda las cifras de muertos palestinos mientras reproducían sin cuestionar los comunicados militares israelíes; presentaron masacres de civiles como tragedias inevitables; atacaron a periodistas, agencias de la ONU y organizaciones de derechos humanos que documentaban abusos; y calificaron los pedidos de alto el fuego como radicales o extremistas.
Ahora, esas mismas voces –de pronto expertas en derecho internacional y protección de civiles– hablan sobre los derechos de las mujeres iraníes y las muertes de manifestantes.
Así, al parecer, los derechos humanos solo importan cuando pueden usarse contra adversarios políticos.
Los derechos humanos no pueden ser condicionales
Hay además una ofensa más profunda en este relato: la idea de que los manifestantes iraníes necesitan patrocinadores morales externos.
Los iraníes no protestan para agradar a Tel Aviv ni a los canales occidentales. No reclaman alinearse con Israel ni invitan a potencias extranjeras a moldear su futuro político.
Al igual que los palestinos, buscan dignidad, justicia económica y control sobre sus propias vidas.
Reducir las protestas en Irán a una herramienta de propaganda les quita sentido, del mismo modo en que el sufrimiento palestino fue reducido durante años a un problema de seguridad y no a una tragedia humana.
Si la preocupación por los derechos humanos en Irán fuera sincera, vendría acompañada de la misma indignación por Gaza.
Si las vidas civiles realmente importaran, la compasión no se detendría en las fronteras de Israel. Si la libertad fuera universal, no se distribuiría según la conveniencia geopolítica.
Hasta que Israel y sus aliados mediáticos enfrenten su propio historial —en Gaza y en Cisjordania ocupada— sus discursos sobre la libertad en otros lugares seguirán siendo lo que son: hipocresía disfrazada de principios.