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Si hay petróleo, ¿hay final feliz? La obsesión del presidente Trump y su impacto en Venezuela e Irán
“Toma el petróleo” es el lema que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha estado repitiendo desde 1973. Hoy intenta llevarlo a la práctica en Venezuela e Irán, dos países distantes entre sí, pero con algo en común: las reservas de crudo.
Si hay petróleo, ¿hay final feliz? La obsesión del presidente Trump y su impacto en Venezuela e Irán
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en la Casa Blanca en Washington, D.C. / Reuters / Reuters
17 de enero de 2026

“Últimamente, la política huele muy a menudo a petróleo, y el petróleo huele a política”, dijo Felix Edmundovich Dzerzhinsky, político soviético del siglo XX.

Cuando el entonces desconocido Donald Trump publicó un anuncio en un periódico en 1987, en el que criticaba la política estadounidense en Oriente Medio, el mundo aún no sabía que estaba presenciando el nacimiento de una obsesión.

“El mundo se ríe de los políticos estadounidenses mientras protegemos barcos que no poseemos, transportando petróleo que no necesitamos, destinado a aliados que no nos ayudarán”, escribió en aquel momento el joven magnate neoyorquino.

Casi 40 años después, para Trump el tiempo parece haberse detenido en algún punto de la era del embargo petrolero de 1973. Al regresar a la Casa Blanca para su segundo mandato en 2025, el presidente, hoy con 79 años, sigue pensando con la lógica del siglo pasado, cuando el oro negro definía el destino de los imperios y el control de los yacimientos equivalía al poder geopolítico.

Apoderarse del petróleo extranjero para el presunto beneficio de Estados Unidos ha sido la obsesión de toda la vida de Trump. Creció en las décadas de 1950 y 1960, cuando los automóviles estadounidenses dominaban los mercados mundiales y las petroleras del país controlaban las mayores reservas de crudo del planeta.

Desde entonces, Trump arrastra una intensa nostalgia por la era de los Cadillacs, los Fords y la prosperidad basada en el petróleo… Una nostalgia por la antigua “grandeza” de Estados Unidos.

¿Una obsesión con el petróleo?

“Yo tomaría el petróleo”, dijo Trump sobre Iraq en 2011. “No me iría de Iraq y permitiría que Irán tome el petróleo”. Ese mismo año, al hablar de Libia, fue aún más directo: “Solo me interesa Libia si tomamos el petróleo”.

Así, “toma el petróleo” se convirtió en el mantra de su primera campaña presidencial y de su primer mandato. “Solía decirse que ‘al vencedor le pertenecen los despojos’”, se quejó Trump en 2016. "Yo siempre dije ‘toma el petróleo’”.

Como presidente, insistió en mantener tropas estadounidenses en Siria exactamente por esta razón. “Me gusta el petróleo”, reiteró en 2019. “Nos quedaremos con el petróleo”.

Pero si Iraq, Libia y Siria fueron conflictos heredados de sus predecesores, Venezuela es otra historia. Esta es la primera aventura petrolera de Trump llevada a cabo completamente por él.

El 3 de enero, fuerzas estadounidenses de élite capturaron al presidente venezolano Nicolás Maduro y a su esposa durante una operación en Caracas. Días después, Trump anunció que Estados Unidos “dirigiría el país” para quedarse con su petróleo. “Estamos en el negocio del petróleo”, afirmó el presidente.

“Vamos a hacer que nuestras muy grandes compañías petroleras estadounidenses... entren, gasten miles de millones de dólares, arreglen la infraestructura gravemente dañada y empiecen a ganar dinero”, sostuvo.

Cabe destacar que Venezuela tiene las mayores reservas probadas de petróleo del mundo: más de 300 mil millones de barriles. Eso es incluso más que Arabia Saudita. Para Trump, se trata de “oro negro” que, simplemente, necesita ser extraído del suelo.

La realidad, sin embargo, resultó ser mucho más compleja que las expectativas del presidente. Cuando el 10 de enero reunió en la Casa Blanca a los directores ejecutivos de las principales petroleras, esperando escuchar compromisos de inversión por 100 mil millones de dólares, le esperaba una decepción.

El CEO de ExxonMobil, Darren Woods, fue brutalmente franco: “Nos han confiscado nuestros activos allí dos veces, así que pueden imaginar que volver a entrar una tercera vez requeriría algunos cambios bastante significativos”. Y agregó: “Hoy en día no es invertible”.

Trump reaccionó con dureza. “No me gustó su respuesta”, dijo a los periodistas. “Probablemente estaría inclinado a mantener a Exxon fuera” de Venezuela.

El problema no es solo el riesgo político. Los precios del petróleo rondan actualmente los 60 dólares por barril, el nivel más bajo en cuatro años. A ese precio, el crudo venezolano, que es pesado y requiere una refinación compleja, simplemente no es rentable. Los analistas estiman que duplicar la producción venezolana requeriría más de 100 mil millones de dólares en inversión y años de trabajo.

El factor Irán

Mientras la apuesta de Trump por Venezuela se estanca, Irán, otra potencia petrolera que experimenta una crisis, ha pasado a ocupar un lugar central en la mira de Trump.

Protestas masivas estallaron en el país a finales de diciembre en medio de grandes problemas económicos. Según activistas de derechos humanos, más de 2.500 personas han muerto.

“Patriotas iraníes, sigan protestando, tomen el control de sus instituciones”, escribió Trump en la red social Truth Social el 13 de enero, usando mayúsculas en parte del mensaje, como es habitual en su estilo.. “He cancelado todas las reuniones con funcionarios iraníes hasta que cese el asesinato sin sentido de manifestantes. La ayuda está en camino”.

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Al día siguiente, fue aún más específico.

En respuesta a preguntas sobre posibles ejecuciones de manifestantes, advirtió: "No he oído sobre ahorcamientos. Si los ahorcan, van a ver algunas cosas... Tomaremos medidas muy fuertes si hacen eso".

Cuando se le preguntó sobre su "objetivo final" para Irán, el presidente simplemente respondió: "El objetivo final es ganar. Me gusta ganar".

Los precios del petróleo reaccionaron inmediatamente. El 14 de enero, el Brent subió un 2,5% y alcanzó los 65,47 dólares por barril. El mercado entiende el mensaje: Irán, a diferencia de Venezuela, es un productor clave, con alrededor de cuatro millones de barriles por día. Cualquier desestabilización, y más aún un ataque aéreo estadounidense, podría disparar los precios.

A Trump, sin embargo, estas advertencias parecen importarle poco. El secretario de Energía, Chris Wright, ya anunció que los productores estadounidenses están listos para ayudar a “estabilizar” Irán si cae el régimen clerical. Al mismo tiempo, SpaceX, de Elon Musk, habilitó de forma gratuita el acceso a internet satelital Starlink para los iraníes, lo que facilita la coordinación de las protestas.

La lógica de Trump

La ironía es que la revolución del shale ha convertido a Estados Unidos en el mayor productor de petróleo del mundo: casi 14 millones de barriles por día. El trauma de 1973 quedó atrás: el petróleo ya no es el talón de Aquiles de Washington.

Estados Unidos tampoco depende hoy de las importaciones como durante el embargo petrolero que traumatizó tanto a Trump. Además, se acerca al pico de demanda de crudo, previsto para finales de esta década. 

Las energías renovables se están volviendo cada vez más competitivas. Mientras Estados Unidos apuesta por los combustibles fósiles, China está construyendo su futuro en energía solar y eólica: recursos inagotables.

Aun así, la estrategia petrolera de Trump tiene su propia lógica. El control del petróleo venezolano no se explica solo por dinero, sino por poder. Como dijo Henry Kissinger: “Controla el petróleo y controlarás las naciones; controla los alimentos y controlarás a la gente”.

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Según estimaciones de JPMorgan, las reservas combinadas de Venezuela, Guyana –donde dominan las compañías estadounidenses– y el propio Estados Unidos podrían dar a Washington el control sobre cerca del 30% de las reservas globales. Se trata de una palanca de influencia enorme, especialmente frente a China, que importa volúmenes masivos de crudo.

Ese escenario permitiría a Estados Unidos influir con mayor fuerza en los mercados petroleros, mantener los precios en rangos históricamente bajos, mejorar su seguridad energética y alterar el equilibrio de poder en el sistema energético internacional.

Para Rusia, cuya economía depende en gran medida de las exportaciones de petróleo, esto también representa una amenaza. Los precios bajos reducen la capacidad de Moscú para financiar operaciones militares. El ingreso de barriles venezolanos al mercado añadiría más presión a una industria ya golpeada por las sanciones.

Otro perdedor claro sería Cuba. Durante décadas, la isla sobrevivió gracias al petróleo venezolano suministrado en condiciones preferenciales. Perder esa fuente de energía coloca a La Habana en una situación crítica. Para Trump, esto es un beneficio adicional: la posibilidad de asfixiar a un viejo adversario a apenas 90 millas de Florida, sin hacer más que cerrar el grifo del petróleo.

Con la creación de un Consejo Nacional de Dominio Energético, la apertura de tierras protegidas en Alaska y del Refugio Nacional de Vida Silvestre del Ártico para la explotación de petróleo y gas, la aceleración de oleoductos y la expansión de refinerías, Trump apuesta abiertamente por el pasado. Al mismo tiempo, eliminó subsidios para vehículos eléctricos y paneles solares, frenó la energía eólica marina por razones de “seguridad nacional” y volvió a retirar a Estados Unidos del Acuerdo Climático de París.

“En lo que Trump está apostando es en convertirse en el mayor y último petro-estado del mundo”, escribe Politico. “China está apostando por convertirse en el mayor y duradero electro-estado del mundo. ¿De qué lado preferirías estar?”

Para el presidente de Estados Unidos, cuya visión se formó en la era de las crisis petroleras, la elección es evidente. “Estamos en el negocio del petróleo”, repite como un mantra, y parece dispuesto a seguir en él cueste lo que cueste.

La pregunta es si las grandes petroleras, cada vez más orientadas al futuro y menos a un mundo dominado por el crudo, estarán dispuestas a acompañarlo. Mientras el presidente sueña con el oro negro de Venezuela e Irán, las empresas hacen cuentas, calculan ganancias, miden riesgos y, cada vez con más frecuencia, concluyen que el juego no vale la pena.

FUENTE:TRT World