Las elecciones presidenciales de Brasil, previstas para octubre, pondrán a prueba cómo se posiciona el país más grande de Sudamérica entre Washington y Pekín en los próximos años.
La contienda enfrenta a Luiz Inácio Lula da Silva, el presidente en ejercicio que busca un cuarto mandato, y al senador Flávio Bolsonaro, hijo mayor del expresidente encarcelado Jair Bolsonaro.
La primera vuelta de las elecciones se celebrará el 4 de octubre, con una segunda vuelta prevista para el 25 de octubre en caso de que ningún candidato obtenga la mayoría.
Una encuesta previa a las elecciones muestra que Lula y Bolsonaro están técnicamente empatados ante un eventual balotaje.
Más allá de la disputa electoral, lo que está en juego son dos visiones diferenciadas sobre la política exterior de Brasil, cada una con una inclinación distinta hacia los grandes centros de poder de un mundo cada vez más multipolar.
Durante más de un siglo, Estados Unidos ha considerado América Latina como su "patio trasero". Sin embargo, en las últimas décadas China ha ampliado enormemente su influencia en la región a través de un intenso flujo comercial y de cuantiosas inversiones en todo el continente.
Los expertos consideran que las elecciones pueden modificar el tono de la diplomacia brasileña con Washington y Pekín, aunque difícilmente supondrán una ruptura completa con la línea exterior que el país ha mantenido hasta ahora.
André Luiz Reis da Silva, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Federal de Rio Grande do Sul, explica a TRT World que los dos candidatos representan polos opuestos tanto en sus modelos de desarrollo como en la forma en que conciben la proyección internacional de Brasil.

Por un lado, Lula representa la continuidad: una apuesta por la multipolaridad, la cooperación Sur-Sur y un papel más relevante del Sur Global y de los BRICS, la alianza internacional que agrupa a varias de las principales economías emergentes, señala.
En el otro extremo, una victoria de Bolsonaro supondría una reorientación diplomática hacia Estados Unidos.
"Lo que está en juego en política exterior es el reposicionamiento de Brasil en el tablero geopolítico", afirma.
Ricardo Caichiolo, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Ibmec de Brasilia, se muestra más prudente ante esta dicotomía.
"Las elecciones brasileñas no representan una elección binaria entre Washington y Pekín, sino una disputa sobre el tono y las prioridades de un equilibrio que ya está establecido", explica a TRT World.
Bajo el Gobierno de Lula, Brasil practica lo que denomina un "no alineamiento activo", sostiene.
China continúa siendo el principal socio comercial de Brasil, por delante de Estados Unidos, pero sin que ello haya supuesto romper los tradicionales vínculos de seguridad con Washington.
"Un cuarto mandato de Lula probablemente mantendría esa lógica, con un mayor énfasis retórico en los BRICS y el G20 como contrapeso simbólico al poder estadounidense", señala.
Una victoria de Bolsonaro, en cambio, supondría un "giro retórico más explícito" hacia Estados Unidos.
Esto estaría en línea con la alineación ideológica que su padre —quien ejerció la presidencia entre 2019 y 2023— cultivó con el presidente estadounidense Donald Trump, afirma Caichiolo.

Sin embargo, el paso por el poder del Bolsonaro mayor no supuso una ruptura práctica del comercio con China, que sigue siendo “estructuralmente vital” para la economía brasileña, añade.
Guilherme Casaroes, profesor de estudios brasileños en la Universidad Internacional de Florida, declara a TRT World que el resultado electoral dependerá de dos variables: quién gane y qué haga a continuación la administración Trump.
“Lula es un estadista pragmático que siempre ha buscado mantener buenas relaciones tanto con China —y los demás países del BRICS— como con Estados Unidos”, afirma.
Bajo el mandato de Trump, Estados Unidos impuso en julio un nuevo arancel del 25% a una serie de productos brasileños, con el pretexto de prácticas comerciales desleales.
Sin embargo, Lula y Trump hablaron por teléfono el 21 de agosto para reanudar las negociaciones, aunque funcionarios brasileños han afirmado que no esperan que los aranceles cambien antes de las elecciones.
Por su parte, China ha sido el mayor socio comercial de Brasil durante años, una relación que persistió incluso durante el gobierno del Bolsonaro mayor, entre 2019 y 2023.
Para Casaroes, la reciente conversación telefónica con Trump demuestra que a Brasil no le interesa romper sus vínculos con Washington.
El profesor añade que Bolsonaro ha construido su estrategia exterior en torno a una "alianza especial" con Trump. Su padre intentó seguir una vía similar durante su mandato, pero no consiguió mantenerla después del final del primer mandato de Trump en 2021 y la llegada de Joe Biden a la Casa Blanca, sostiene.
"El propio Trump no ve ningún problema en tratar con Lula", afirma Casaroes.
Y eso ocurre pese a que varios asesores de la Casa Blanca siguen intentando empujar al Gobierno estadounidense hacia una posición más dura contra el Partido de los Trabajadores de Lula.
"Estas disputas internas explican, al menos parcialmente, los vaivenes en torno a los aranceles, las sanciones y la retórica contra Brasil", señala.
Efecto dominó en toda América Latina
El tamaño de Brasil hace que sus elecciones presidenciales tengan consecuencias mucho más allá de sus fronteras.
Brasil ya no cuenta con la influencia regional que tenía hace una década, según Casaroes. Sin embargo, la dimensión de su economía y su considerable peso político podrían convertirse en un factor decisivo para China si Pekín quiere conservar su posición como principal socio comercial de la región, añade.
La misma lógica se aplica a Estados Unidos si Washington pretende frenar la expansión de la influencia china en América Latina, sostiene.
Da Silva coincide en ese diagnóstico. Estados Unidos lleva tiempo intentando recuperar su hegemonía en América Latina. "La presión sobre Brasil ha sido intensa, con sanciones, aumentos de aranceles y amenazas", afirma.
Desde la perspectiva de Washington, los países latinoamericanos deberían evitar estrechar sus vínculos con "potencias extrarregionales", especialmente con China y los países que integran los BRICS, señala.
Caichiolo, sin embargo, se muestra escéptico ante la posibilidad de que una sola elección pueda alterar por completo el equilibrio entre Estados Unidos y China en Sudamérica.
La pugna por la influencia entre Washington y Pekín en la región es "estructural" y, por tanto, no cambia de forma drástica con cada ciclo electoral.
"China ya es el principal socio comercial de la mayor parte de Sudamérica, fruto de dos décadas de inversiones en infraestructuras, minería y agronegocios", explica.
Cualquier realineamiento retórico tras las elecciones será, por tanto, más frágil que los vínculos económicos que sostienen esa relación, ya que estos rara vez pueden revertirse en el transcurso de un solo mandato.

Si gana Lula…
Una victoria de Lula no supondría, a juicio de los expertos, que Brasil se incorporase de forma definitiva al bloque de influencia de China.
Da Silva prevé que se mantenga la trayectoria actual, ya que la política exterior brasileña "no está vinculada a un único polo".
El profesor anticipa, eso sí, un acercamiento gradual y prudente a China. "Existe una gran expectativa de que Brasil se incorpore formalmente a la Iniciativa de la Franja y la Ruta bajo un nuevo Gobierno de Lula", afirma.
Brasilia se ha contenido hasta ahora para “maximizar sus condiciones de negociación” tanto con China como con Estados Unidos, añade.
Casaroes considera que el tercer mandato de Lula ya está marcado por un giro hacia el Sur Global en temas como Gaza, la guerra entre Rusia y Ucrania, y propuestas como la desdolarización.
Como presidente, Lula ha adoptado una postura pro-Gaza y ha criticado reiteradamente a Israel por su guerra genocida contra el enclave sitiado.
"Sin embargo, Lula también quiere cultivar relaciones positivas con la Unión Europea y Estados Unidos, dada su importancia para el comercio de Brasil y para sus agendas multilaterales", señala.
Un cuarto mandato de Lula supondría, en esencia, la continuidad de la línea actual: profundizar los vínculos con China al tiempo que Brasil mantiene abiertas y diversificadas sus relaciones comerciales y políticas con Occidente, explica.
Caichiolo también prevé continuidad, más que una aceleración, si Lula resulta reelegido. Durante la campaña no hay indicios de una "aceleración significativa" del compromiso económico con China más allá del camino que Brasil ya viene recorriendo desde 2023, sostiene.
Brasilia seguirá impulsando el fortalecimiento de los BRICS y la reforma de la arquitectura financiera internacional, especialmente como "respuesta política" a los aranceles impuestos por Estados Unidos, afirma.
Sin embargo, la posibilidad de crear una moneda común de los BRICS, sigue siendo poco realista. El bloque es "demasiado heterogéneo" para funcionar como una alianza cohesionada frente a las potencias occidentales tradicionales.
La conversación telefónica entre Lula y Trump debe interpretarse, añade Caichiolo, como una muestra del "pragmatismo económico" que probablemente seguirá guiando a Brasil con independencia del resultado electoral.

Si gana Bolsonaro…
Bolsonaro se ha presentado como heredero de su padre también en materia de política exterior.
Según Da Silva, aquella estrategia se apoyaba en alianzas conservadoras, en la crítica a la diplomacia del Partido de los Trabajadores, en el rechazo del globalismo y en una estrecha cooperación con Trump.
"Si el hijo de Jair Bolsonaro resulta elegido, todo apunta a un regreso a esta política y a un alineamiento de Brasil con Washington, al menos mientras Trump permanezca en el Gobierno estadounidense", afirma.
Da Silva es tajante al valorar el experimento original.
"Esta política fue un desastre", sostiene. A su juicio, aquella estrategia abandonó la equidistancia pragmática y estrechó los vínculos con Estados Unidos a costa de diversificar las relaciones diplomáticas de Brasil.
"El país no puede desarrollar una política alineada únicamente con un polo. Brasil trabaja con todos los centros de poder", señala.
Un eventual acercamiento a Washington acompañado de un distanciamiento de China tampoco sería sostenible a largo plazo y chocaría con los intereses más amplios de Brasil, añade.
Casaroes apunta que la campaña de Bolsonaro parte de la premisa de que una relación preferencial con Estados Unidos permitirá impulsar el desarrollo, la seguridad y la prosperidad del país.
"Pero los costes y las desventajas de esta estrategia todavía se desconocen, y existe un riesgo considerable de que Brasil termine renunciando a parte de su propia soberanía", advierte.
A partir de ahí surgen varias incógnitas. ¿Mantendría Bolsonaro la misma línea si un demócrata llega a la Casa Blanca en 2028? ¿Puede Brasil alejarse de China cuando el comercio chino resulta fundamental para su industria y su potente sector agropecuario?.
"Un Gobierno que habla con múltiples voces, como probablemente ocurriría si Bolsonaro gana, se vuelve todavía más vulnerable a la hora de negociar con Estados Unidos y otros países", afirma.
Según Caichiolo, Bolsonaro todavía no ha presentado un programa detallado de política exterior y su relación personal con Trump es "prácticamente inexistente", a diferencia del vínculo que su padre construyó durante su etapa en la Presidencia.
Bolsonaro también quiere que Brasilia vuelva a "ponerse del lado de Israel" y ha prometido trasladar la embajada brasileña a Jerusalén si llega a la Presidencia.
Su campaña insiste además en que solo un Gobierno alineado con Washington podría renegociar los aranceles estadounidenses y contener la influencia china, señala.
"En la práctica, una victoria de Bolsonaro probablemente produciría un giro retórico e ideológico más pronunciado hacia Estados Unidos, pero con cambios estructurales limitados a corto plazo", concluye.



















