Aunque la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán se libra a miles de kilómetros de América Latina y el Caribe, sus consecuencias ya se sienten en la región. Las hostilidades, que en los últimos días sólo han escalado, desencadenaron un aumento del precio de la energía, encarecieron el transporte internacional y los fertilizantes y elevaron la incertidumbre en los mercados financieros: una combinación de factores que podría seguir afectando a las economías latinoamericanas durante todo 2026.
Así lo advirtió la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) en un nuevo informe, publicado el pasado 10 de julio, el cual establece que el precio promedio del petróleo este año oscilará entre un 20% y un 25% superior al registrado en 2025. Este incremento, explica el organismo, tendrá un efecto dominó que alcanzará desde las cuentas públicas y el comercio exterior hasta el bolsillo de millones de familias.
"Las hostilidades vuelven a poner de manifiesto la magnitud de la interdependencia de la economía mundial y la rapidez con que las disrupciones y los choques se transmiten entre países y regiones", afirmó el secretario ejecutivo de la CEPAL, José Manuel Salazar-Xirinachs.
Ahora bien, la CEPAL aclara que el impacto no será igual para todos. Sus efectos dependerán de la capacidad de cada país para producir energía, de su dependencia de las importaciones de combustibles y de su grado de integración en los mercados internacionales. Mientras algunos exportadores de petróleo podrían beneficiarse temporalmente del encarecimiento de los hidrocarburos, la mayoría de las economías de la región afrontarán un aumento de sus costos.
La publicación llega, además, en un momento de renovada incertidumbre. Después del entendimiento alcanzado en junio para suspender los ataques y abrir una negociación, Washington y Teherán volvieron a lanzarse ataques esta semana, reavivando los temores de que el conflicto se prolongue.

El impacto ya es una realidad
La CEPAL advierte que, incluso si las tensiones disminuyeran en las próximas semanas, la economía mundial no volvería inmediatamente a la normalidad. La recuperación de la actividad productiva en los países del golfo Pérsico, la reactivación del tránsito marítimo por el estrecho de Ormuz y la normalización de las cadenas internacionales de suministro requerirán tiempo, especialmente mientras persistan los riesgos para la navegación, los elevados costos logísticos y las primas de los seguros marítimos.
Y, como se ha reportado desde el incio de la guerra a finales de febrero, parte del impacto económico ya se ha trasladado a los mercados internacionales.
Entre marzo y junio, el petróleo Brent alcanzó en abril un promedio de 120 dólares por barril, cerca de un 70% más que antes del comienzo de las hostilidades. Paralelamente, los fertilizantes aumentaron un 44% y la urea —uno de los insumos más utilizados por el sector agrícola— se encareció un 82%. Los combustibles también registraron fuertes incrementos: la gasolina, el diésel y el combustible para aviación subieron entre un 64% y un 74%.
Sin embargo, no todos los efectos serán inmediatos. El encarecimiento de la energía y de los fertilizantes suele llegar con varios meses de retraso a la producción agrícola, al transporte de mercancías y, finalmente, al precio de los alimentos que pagan los consumidores.

Unos pocos ganan, pero la mayoría pierde
El aumento del precio del petróleo beneficiará principalmente a los países que exportan más hidrocarburos de los que consumen. Guyana, Venezuela, Trinidad y Tabago, Colombia, Brasil y Ecuador podrían registrar mayores ingresos tanto por sus exportaciones como por la recaudación fiscal vinculada al sector energético.
No obstante, el balance regional será mucho más modesto de lo que podría parecer. Según el escenario base elaborado por la CEPAL, con unos precios de la energía un 25% superiores a los de 2025, la balanza comercial de América Latina y el Caribe apenas mejoraría en 0,05 puntos porcentuales del producto interno bruto (PIB)
Detrás de esa cifra se esconden realidades muy distintas. La mayor parte de los países latinoamericanos continúan siendo importadores netos de energía y deberán asumir un mayor costo por sus compras de petróleo y combustibles.
La situación será especialmente compleja en Centroamérica, Haití y República Dominicana, donde el deterioro conjunto de la balanza comercial podría alcanzar el equivalente a 0,9 puntos porcentuales del PIB. En los países caribeños que no exportan hidrocarburos, la pérdida rondaría los 0,5 puntos. Incluso en América del Sur, donde el saldo agregado sería positivo gracias a los grandes productores de petróleo, economías como Chile y Perú también afrontarán un incremento de su factura energética.
Más inflación y un crecimiento más lento
La CEPAL identifica seis grandes canales a través de los cuales este conflicto termina afectando a América Latina y el Caribe: el comercio internacional, las finanzas públicas, la inflación, la desaceleración del crecimiento mundial, el encarecimiento del crédito y las decisiones de los bancos centrales sobre las tasas de interés.
Para las familias, el impacto más visible será la pérdida de poder adquisitivo. Cuando aumenta el precio de los combustibles, no solo se encarece ponerle gasolina a un vehículo. También suben los costos del transporte de mercancías, lo que termina repercutiendo en el precio de prácticamente todos los bienes y servicios.
A ello se suma la presión sobre el sector agrícola. Los países del golfo Pérsico concentran alrededor del 34% de las exportaciones mundiales de urea y cerca del 20% de otros fertilizantes esenciales. Si estos productos continúan encareciéndose o escasean, los agricultores podrían reducir su utilización, disminuir los rendimientos de las cosechas y provocar, meses después, un aumento adicional en los precios de los alimentos.
La inflación derivada de estos incrementos también limitaría el margen de actuación de los bancos centrales. Si los precios continúan aumentando, las autoridades monetarias tendrían que reducir las tasas de interés con mayor cautela, encareciendo el crédito y frenando tanto la inversión como el consumo.
A este escenario se añade otro riesgo: si las economías avanzadas mantienen las tasas de interés elevados durante más tiempo, el acceso al financiamiento externo también se volverá más costoso para los países latinoamericanos. La incertidumbre geopolítica, además, suele fortalecer al dólar, presionar a la baja las monedas de la región y aumentar tanto el precio de las importaciones como el peso de la deuda denominada en la divisa estadounidense.
Aunque América Latina y el Caribe mantiene una menor exposición directa al golfo Pérsico que Asia o Europa y genera más del 64% de su electricidad a partir de fuentes renovables, la CEPAL concluye que estas fortalezas no bastan para aislarla de un choque global. En un mundo profundamente interconectado, el conflicto seguirá dejando huella en los precios, el acceso al crédito y el ritmo de crecimiento económico de la región durante los próximos meses.




















