¿Coinciden las promesas de sostenibilidad de la FIFA con la realidad? Esa es una de las preguntas que dejó el Mundial de 2026. Mientras millones de personas llenaban estadios y seguían uno de los eventos deportivos más grandes del planeta, informes reportados por medios como Haz Revista y Wired advirtieron sobre otro protagonista: una huella ambiental sin precedentes, con el planeta como su principal perdedor. Y esto debería encender las alarmas de cara a la próxima Copa del Mundo, que será incluso más grande.
La FIFA sostiene que el torneo forma parte de su compromiso con la sostenibilidad y la reducción de emisiones. Sin embargo, evaluaciones independientes muestran un panorama muy distinto y apuntan a que podría haber sido el Mundial más contaminante de la historia.
Con 16 sedes repartidas entre Estados Unidos, Canadá y México, el campeonato implicó una enorme presión sobre las redes de transporte, los sistemas de gestión de residuos, el consumo de energía y los recursos naturales. Estudios de Scientists for Global Responsibility y New Weather Institute estimaron antes del torneo que su impacto podría ser de 9,2 millones de toneladas de dióxido de carbono, casi el doble de las emisiones atribuidas al Mundial de Qatar 2022.
Los vuelos: el principal factor
Pero ¿por qué se disparan tanto las emisiones? La principal explicación está en los aviones. Por primera vez, una Copa del Mundo se disputó en 16 ciudades repartidas entre tres países. Eso obligó a selecciones, aficionados, periodistas, patrocinadores, dirigentes y equipos de televisión a recorrer miles de kilómetros durante todo el torneo.
Según el New Weather Institute, solo los vuelos representarían 7,72 millones de toneladas de CO2, cerca del 85% del total estimado para el campeonato.
Otros estudios han llegado a conclusiones similares. La plataforma Greenly, especializada en contabilidad de carbono, calcula que entre el 87% y el 88% de toda la huella de carbono del Mundial corresponderá únicamente del traslado de los espectadores.
Más allá de los viajes, el funcionamiento de los estadios también implica un importante consumo energético. Iluminación, transmisión televisiva, y sobre todo refrigeración, teniendo en cuenta que se han jugado partidos en temperaturas que superaban los 30 grados Celsius.
Infantino, ¿el rostro de la contaminación?
La magnitud de estos desplazamientos quedó reflejada en la agenda del propio presidente de la FIFA, Gianni Infantino. Una investigación publicada por la cadena BBC reveló que, solo durante las dos primeras semanas del torneo, asistió a 24 partidos en distintas ciudades de Norteamérica, acumulando miles de kilómetros de vuelo, y llegando incluso a presenciar dos encuentros disputados el mismo día en diferentes sedes.
Los aviones privados figuran entre los medios de transporte con mayor intensidad de emisiones de gases de efecto invernadero por pasajero, lo que convirtió la agenda del propio presidente de la FIFA en un símbolo de las contradicciones ambientales que rodean al torneo.
¿Y las promesas de la FIFA?
Antes del Mundial, la FIFA había asegurado que esta Copa del Mundo formaría parte de su estrategia para reducir su huella de carbono.
Como parte de ese marco, se había comprometido a reducir un 50% sus emisiones para 2030 y alcanzar emisiones netas cero en 2040. La estrategia reconocía que el cambio climático representaba una amenaza para el fútbol y prometía proteger sus competiciones.
Entre las medidas anunciadas figuraban la utilización de estadios ya existentes, la promoción del transporte público y de vehículos eléctricos, mejoras en eficiencia energética, ahorro de agua y programas de economía circular.
Teniendo como marco la Estrategia de Sostenibilidad y Derechos Humanos para la Copa Mundial de la FIFA 26, el director de operaciones del torneo, Heimo Schirgi, insistió en que "nos comprometemos a trabajar con las ciudades anfitrionas y los estadios del Mundial para fomentar la sostenibilidad, defender los derechos humanos y velar por que las operaciones respeten a las personas y al planeta".
Sin embargo, los científicos ya advertían antes del inicio del campeonato que sería extremadamente difícil cumplir esos objetivos climáticos mientras el torneo continuara creciendo en tamaño y complejidad.
Un negocio multimillonario
La contradicción también aparece desde el punto de vista económico.
La FIFA proyectó inicialmente ingresos cercanos a los 11.000 millones de dólares para el ciclo 2023-2026, impulsados principalmente por este Mundial, una cifra que posteriormente incluso revisó al alza.
Si un torneo puede generar semejante volumen de ingresos, la sostenibilidad no debería limitarse a un eslogan ni quedar relegada frente al crecimiento comercial del evento.
¿Y qué ocurrirá con los próximos Mundiales?
Pese a que movilizan millones de personas y generan enormes emisiones, los grandes eventos deportivos suelen recibir un escrutinio ambiental mucho más indulgente que otras industrias.
La discusión no termina con este Mundial. La edición de 2030 se jugará en seis países —España, Portugal, Marruecos, Uruguay, Argentina y Paraguay— y, además, ya existen propuestas para ampliar el torneo a más de 60 selecciones en el futuro.
Si el Mundial de 2026 ya puso en duda las promesas de sostenibilidad de la FIFA, ahora surge una nueva pregunta: ¿qué hará el organismo para reducir la contaminación de los próximos Mundiales mientras el torneo sigue creciendo?




















