En Siria, familias pierden cultivos y seres queridos durante la ocupación israelí
ORIENTE MEDIO
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En Siria, familias pierden cultivos y seres queridos durante la ocupación israelíUn agricultor sirio cuenta cómo décadas de trabajo familiar en Daraa se perdieron entre guerra y ocupación israelí, dejando miedo, tierras vedadas y la agricultura paralizada.
Muflih Salem Suleiman frente a su casa en Koya, a pocos kilómetros de los Altos del Golán ocupados. / TRT Español
hace 2 horas

Daraa, Siria — "La tierra que cultivé toda mi vida, la misma que trabajaron mi padre y mi abuelo, hoy me está prohibida. Allí, al borde del valle, mataron a mi hermano", cuenta Muflih Salem Suleiman, agricultor sirio de 60 años, a TRT Español, sobre cómo fuerzas israelíes le dispararon letalmente a su hermano. 

Suleiman dice que su vida cambió tras la caída del régimen de Bashar Al-Assad en diciembre de 2024. Desde su vivienda, a menos de cinco kilómetros de los Altos del Golán ocupados por Israel, relata que fuerzas israelíes entraron en la zona desmilitarizada establecida en 1974, instalaron puestos en territorio sirio –incluido uno al oeste de la ciudad de Daraa, a menos de un kilómetro de zonas residenciales– y comenzaron a restringir el acceso de los habitantes a sus tierras agrícolas.

"La vida se detuvo por completo, como la de mis vecinos y la de casi todos los pueblos cercanos al Golán ocupado", afirma desde su casa en la aldea de Koya, a unos 100 kilómetros al suroeste de Damasco. "Hoy, siendo abuelo, ya no puedo llegar hasta mi tierra".

Una vida estable antes del conflicto

Desde el patio de su casa, señala las tierras agrícolas del valle del Yarmuk, en el sur de Siria, una zona fértil de clima templado. Allí pasó su infancia jugando entre campos y canales, ayudó a su padre durante la juventud y, ya de adulto, cultivó su propia tierra de pepinos y guisantes para mantener a su familia y educar a sus hijos.

"Para nosotros, la agricultura no es solo un trabajo, es una forma de vida. Las tierras están divididas en pequeñas parcelas heredadas”, explica. “De ellas construimos nuestras casas, casamos a nuestros hijos y criamos a nuestras familias”.

Aunque las penurias se agravaron recientemente, comenzaron con el estallido de la guerra civil en 2011, un conflicto que se prolongó hasta 2024 y dejó 657.000 muertos en Siria. La guerra trastocó la vida estable de Suleiman, quien trabajaba en el sector eléctrico estatal y tenía en la agricultura su principal sustento. “Por ejemplo, producir un kilo de tomates costaba 2.000 libras sirias y lo vendíamos por 3.000”, recuerda. Eso alcanzaba para cubrir las necesidades de su familia.

Mientras toma su té, Suleiman recuerda que todo empezó a derrumbarse cuando el régimen de Al-Assad militarizó las carreteras. Los retenes y los sobornos encarecieron los costos y dificultaron la venta de la cosecha. "Entramos en una espiral descendente", dice.

Con la expansión del conflicto, su aldea y la cuenca del Yarmuk se convirtieron en un frente de guerras superpuestas. La situación se agravó cuando el grupo terrorista Daesh (también conocido como ISIS) controló la zona entre 2015 y 2018. "Vivíamos al día, sin saber cómo proteger a nuestros hijos ni asegurar comida o escuela", recuerda. "Daesh robó mi casa y se quedó en ella durante meses".

No había zonas seguras. Suleiman sobrevivió a dos ataques contra su vivienda: uno en 2017, durante enfrentamientos entre la oposición armada y Daesh, y otro en 2018, durante un bombardeo del régimen.

"Estaba tomando té en un pueblo cercano cuando sonó el teléfono", recuerda. "Me dijeron que un proyectil había impactado en mi casa y añadieron: 'Tranquilo, tu hijo está bien'". No lo creí hasta oír su voz". La casa, construida en 1984, quedó parcialmente destruida y solo pudo ser reparada en parte.

Cuando la guerra destruye la confianza

La familia también sufrió extorsiones en controles del régimen y, en algunos periodos, de la oposición. "Cada intento de vender la cosecha era una pesadilla", recuerda. "Llegó un punto en que bajábamos al valle solo para recoger leña, no para trabajar la tierra".

El asedio, sin embargo, fue aún más devastador. "Perdimos la confianza en el mañana", afirma. 

Secaban los panes al sol, los rompían y los guardaban para los días más difíciles. "Esos días no tardaron en llegar. Comimos pan seco con té, a veces solo con agua", recuerda. "Les decía a la familia: no se lo coman, traigan calabacines u otra cosa del valle y guarden el pan para el 'momento cero'".

Hace una pausa y se pasa la mano por el rostro curtido. "Venía un niño llorando por comida o leche", recuerda, "y no podíamos dársela".

Conseguir comida requería grandes sacrificios. "A veces caminábamos 20 kilómetros solo para comprar una barra de pan", rememora.

Desplazamiento y retorno

Cuando los bombardeos se intensificaron, se trasladó con su familia a la zona rural de Homs, donde trabajaron como jornaleros en huertos de almendros por menos de 1.000 libras sirias al día. "Después de cultivar nuestra propia tierra, pasamos a trabajar para otros por un salario que no superaba las 1.000 libras al día (alrededor de 0,30 USD)", cuenta.

El alquiler de la casa era de 40.000 libras (entre 7 y 10 USD), casi equivalente a su sueldo estatal, y la agricultura quedó paralizada. Su vida se convirtió en un ir y venir entre Homs y Daraa, sin estabilidad ni horizonte.

En 2018, tras el regreso del ejército del régimen y el fin del control de Daesh, Suleiman volvió a Koya. Caminaba por su pueblo "como un extraño": la mayoría de las casas estaban destruidas o saqueadas. "Vi con mis propios ojos cómo los soldados de Al-Assad se llevaban incluso los cables eléctricos de las calles", recuerda.

Al volver a su casa, solo halló destrucción y saqueo. Antes de huir, había ocultado cuatro toneladas de trigo bajo sacos de paja, pero combatientes de Daesh dejaron un vehículo con munición en el patio. Suleiman tuvo que elegir entre arriesgar la vida por el grano o abandonarlo mientras lo saqueaban. Su hijo mayor dice que la familia sigue "rota" por aquella pérdida.

Ocupación sionista que cierra los campos

"Vivimos el desplazamiento, los bombardeos y el asedio durante la guerra. Pero esta vez quien nos impide vivir es una ocupación con ambiciones expansionistas. Nuestra agricultura se ha derrumbado por completo", añade, en referencia a la presencia de las fuerzas israelíes en la zona.

"Cuando cayó el régimen de Al-Assad, estaba mediando entre un hombre y su esposa cuando recibí la noticia. Me alegré mucho, pero al día siguiente el miedo empezó a filtrarse en nuestros corazones", recuerda Suleiman.

El 9 de diciembre de 2024, un día después de la caída de Al-Assad, fuerzas israelíes cruzaron la frontera e instalaron una base militar en Siria. Los habitantes creyeron que sería una presencia temporal, fruto del vacío dejado tras el colapso del régimen.

Sin embargo, las fuerzas israelíes se mantuvieron en territorio sirio y establecieron puestos militares permanentes. Cerraron carreteras rurales con terraplenes, desplegaron maquinaria pesada y realizaron patrullas regulares. El acceso al valle quedó bajo control militar israelí y, en los días siguientes, el despliegue se amplió, restringiendo el trabajo agrícola.

Según Majed Muslam, colega de Suleiman en el comité local de reconciliación, el ejército israelí exigió a los campesinos registrarse a diario en un puesto militar y entregar sus documentos antes de bajar al valle. Los agricultores se negaron. La agricultura del valle del Yarmuk requiere presencia constante en los campos, de día y de noche, para proteger los cultivos tempranos de animales salvajes como los jabalíes.

"Eso obliga al agricultor a estar siempre junto a su tierra", señala Suleiman. "Somos agricultores. Bajamos al campo al amanecer y nos quedamos hasta la noche. ¿Cómo va una mujer, un niño o un trabajador a entregar su identidad en un puesto enemigo para luego ir a trabajar?".

Después de más de un año de ocupación israelí, no cree que las fuerzas se retiren. "El problema no es solo su presencia, sino las incursiones, las entradas en las casas y las detenciones", insiste.

Muslam coincide y agrega: "El miedo es enorme. Es un Estado colonial. La vida se detuvo: quienes pensaban casarse o reconstruir su casa lo han pospuesto. El futuro es desconocido".

Luego, la restricción alcanzó las tierras de la familia Suleiman. "Vas a tu tierra y encuentras barreras de tierra antes de llegar. La ves frente a ti, pero no puedes pisarla", relata.

La agresión de las fuerzas israelíes

En marzo, una fuerza israelí avanzó hacia los alrededores de Koya como parte de una incursión militar para reforzar su control sobre la zona.

"Los agricultores salieron espontáneamente para impedirlo: algunos con armas de caza, otros sin nada. Respondieron con drones y artillería", recuerda Suleiman sobre la acción de las fuerzas israelíes. "Escuché los disparos. Decían que había heridos".

"Corrí a preguntar. Diez minutos después me dijeron: 'Tu hermano ha muerto'". Salí corriendo a preguntar qué había pasado", agrega. "No entendía nada. Pensé que estaba herido, que aún podía verlo. Pero murió en el camino mientras lo trasladaban".

Amin Salem Suleiman, su hermano, fue uno de los seis jóvenes que murieron ese día. "Desde entonces, nada volvió a ser igual", lamenta Suleiman.

Desde entonces, las fuerzas israelíes no han vuelto a entrar en Koya, pero el valle permanece cerrado. Las tierras ya no se cultivan por miedo a detenciones o disparos, y muchas familias perdieron su único sustento. "Aquí, la agricultura se acabó", afirma.

FUENTE:TRT Español