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España y Türkiye: del adversario mediterráneo a una nueva mirada sobre el otro
Cinco siglos de intercambios explican cómo España y Türkiye pasaron de imaginarse como adversarios a conocerse cada vez mejor, en una historia que cruzó batallas, diplomacia y cultura a ambos lados del Mediterráneo.
España y Türkiye: del adversario mediterráneo a una nueva mirada sobre el otro
El rey Felipe VI de España y el presidente turco, Erdogan, se estrechan la mano en el Palacio de la Zarzuela, Madrid, el 12 de junio de 2024.

Estambul, Türkiye - Durante siglos, turcos y españoles se imaginaron mutuamente, mucho antes de llegar a conocerse realmente.

En la España de los siglos XVI y XVII, “el turco” aparecía en pinturas, obras de teatro, fiestas, sermones y relatos de batallas. El Imperio otomano era entonces una de las grandes potencias del Mediterráneo y también uno de los principales rivales de la monarquía hispánica. Al otro lado del mar, sin embargo, España ocupó generalmente un lugar menos constante en las preocupaciones otomanas.

Esa contradicción (imaginar mucho al otro y conocerlo poco) recorrió el congreso celebrado esta semana en la Universidad de Estambul, organizado por la Embajada de España en Türkiye, el Instituto Cervantes y la propia universidad para conmemorar el Tratado de Paz y Amistad hispano-otomano de 1782. Durante dos días, historiadores españoles y turcos reconstruyeron una relación que fue más compleja y matizada que el sencillo relato de rivalidad, paz y posterior reconciliación.

Porque España y Türkiye llevan cinco siglos encontrándose. Lo que ha cambiado es la forma de hacerlo.

El enemigo antes que el interlocutor

El Imperio otomano ocupó, desde sus primeros siglos, un lugar extraordinario en la imaginación española. Ambas potencias competían por el control del mar Mediterráneo, los corsarios vinculados a las regencias otomanas del norte de África, como Argel y Túnez, atacaban las costas ibéricas y miles de personas experimentaron directamente la guerra, el cautiverio o la esclavitud. 

La batalla de Lepanto de 1571, una histórica confrontación naval en la que participó el destacado escritor Miguel de Cervantes, autor de Don Quijote, dejó una huella imborrable en la geopolítica de la época y terminó convirtiéndose en el gran símbolo de aquella rivalidad. 

Pero en aquella época el “turco” era mucho más que un adversario militar. Aparecía en obras de teatro, romances, celebraciones y pinturas. El proyecto dirigido por el historiador del arte Iván Rega Castro sobre la construcción del imaginario turquesco analiza precisamente cómo esas representaciones fueron adaptándose a las necesidades de cada época. En la pintura hispánica de los siglos XVI y XVII, su presencia fue relativamente discreta, pero constante y extendida incluso a los territorios americanos de la monarquía. Con el tiempo, además, el turco se convirtió en una imagen reconocible del “enemigo”: podía aparecer como cautivo derrotado, guerrero temible o incluso como un personaje ridiculizado, y llegó a utilizarse de manera anacrónica para representar conflictos ocurridos siglos antes de la expansión otomana.

El problema es que aquellas imágenes podían ser mucho más intensas que el conocimiento real del otro.

Cuando los enemigos también negociaban

La imagen del turco como gran adversario mediterráneo no impidió que, cuando hacía falta, españoles y otomanos hablaran entre sí.

A finales del siglo XVI, después de décadas de enfrentamientos, ambos imperios comenzaron a buscar fórmulas para reducir una rivalidad que resultaba cada vez más costosa. Todavía no existían embajadas permanentes entre Madrid y Constantinopla, pero sí emisarios, intermediarios, comerciantes y agentes capaces de llevar mensajes de una corte a otra. Hubo contactos diplomáticos, negociaciones secretas e incluso proyectos para alcanzar una paz más duradera.

Durante el congreso en Estambul, el historiador Evrim Türkçelik, especialista en la Edad Moderna otomana, resumió bien aquella situación con una expresión: “Negociar sin normalización”. La frase ayuda a entender una realidad que suele perderse cuando la historia se reduce a la batalla de Lepanto y a las guerras mediterráneas. España y el Imperio otomano podían combatir en un momento y, al mismo tiempo, mantener abiertos canales de comunicación.

Además, el Mediterráneo de los siglos XVI y XVII tampoco estaba dividido en dos mundos completamente aislados. Por sus puertos circulaban mercancías y noticias, pero también cautivos liberados, conversos al islam, intérpretes, comerciantes y religiosos. 

La frontera separaba, pero también conectaba.

Esa convivencia entre rivalidad e interacción diplomática explica también por qué el tratado firmado en 1782 no surgió de la nada. Fue más bien el paso decisivo de una diplomacia ocasional, dependiente de intermediarios y circunstancias concretas, a una relación mucho más estable.

Aprender a hablar con el otro

El gran cambio llegó a finales del siglo XVIII, cuando el periodo marcado por la batalla de Lepanto y la gran rivalidad naval y militar, había quedado atrás y ambas potencias tenían nuevas prioridades: España miraba cada vez más hacia el Atlántico y América, mientras el Imperio otomano debía afrontar, entre otros desafíos, el avance del Imperio ruso hacia el mar Negro y el sureste de Europa.

En 1782, firmaron en Estambul un Tratado de Paz, Amistad y Comercio, ratificado al año siguiente. Más que inaugurar una amistad repentina, el acuerdo convirtió al antiguo adversario en un interlocutor estable. Como resumió durante el congreso la historiadora Elsa Medina Iglesias, fue el encuentro de “dos razones de Estado”. A partir de entonces, la relación dejó de depender únicamente de enviados ocasionales y abrió el camino a legaciones, consulados y contactos comerciales cada vez más regulares.

España y la República de Türkiye: una relación renovada

El siguiente gran cambio llegó en el siglo XX. Tras el fin del Imperio otomano, la República de Türkiye fue proclamada en 1923 bajo el liderazgo de Mustafa Kemal Atatürk y, apenas un año después, España firmó con el nuevo Estado un Tratado de Amistad. 

Un buen símbolo de aquella etapa fue Yahya Kemal Beyatli, uno de los grandes poetas turcos del siglo XX y autor de Baile en Andalucía (Endülüs’te Raks), que llegó a Madrid en 1929 como diplomático y primer ministro plenipotenciario de la nueva República en España. Su figura resume bien cómo cultura y diplomacia empezaban a entrelazarse en una relación muy distinta a la de los siglos anteriores.

Durante décadas, sin embargo, la relación siguió siendo relativamente discreta. El verdadero acercamiento comenzó a hacerse más visible a partir de los años 80 y 90. España había dejado atrás una dictadura de 40 años y se incorporaba a la OTAN y a la entonces Comunidad Económica Europea. Por su parte, Türkiye, miembro de la alianza transatlántica desde 1952, reforzaba también sus vínculos con Europa. Las visitas oficiales se hicieron más frecuentes y ambos gobiernos empezaron a mantener una relación política más regular.

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Uno de los símbolos más claros de esa nueva etapa fue la Alianza de Civilizaciones. Propuesta en 2004 por el entonces presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero (2004-2011), y copatrocinada por Türkiye bajo el Gobierno de Recep Tayyip Erdogan, la iniciativa partía de una idea sencilla: en un mundo cada vez más interdependiente, la seguridad, el desarrollo y la prosperidad de unas sociedades no podían entenderse al margen de las demás. Sobre esa base, buscaba generar una voluntad política común frente a los prejuicios, las percepciones erróneas y la polarización, especialmente entre las sociedades occidentales y musulmanas. Naciones Unidas la incorporó formalmente en 2005.

Resulta difícil encontrar una imagen más alejada de Lepanto: España y Türkiye presentándose juntas, no como representantes de civilizaciones destinadas a enfrentarse, sino como promotoras del diálogo entre ellas.

Del acercamiento político al cultural

Hoy, la relación entre España y Türkiye ya no se construye únicamente entre gobiernos y embajadas. Es una relación cada vez más amplia y diversa, que pasa también por empresas, universidades, turistas, estudiantes y libros, y que promete seguir profundizándose a medida que crecen los intercambios entre ambas sociedades.

En 2025, el comercio entre ambos países superó los 20.500 millones de dólares, una cifra récord. Y ese mismo año, más de 452.000 españoles viajaron a Türkiye. Estambul, Capadocia o las costas del Egeo forman ya parte de un circuito turístico cada vez más habitual para los españoles. El contacto entre ambos países empieza así a producirse no solo en las cumbres diplomáticas.

La relación cultural también se ha estrechado. El Instituto Cervantes funciona en Estambul desde 2001 y el Yunus Emre tiene una sede en Madrid desde 2018. Ambos funcionan como espacios de difusión de sus respectivas lenguas y culturas, mediante cursos, actividades culturales y encuentros que acercan las dos sociedades más allá de las relaciones oficiales. 

A ello se suma una creciente circulación de libros e ideas: autores turcos como Orhan Pamuk, Zülfü Livaneli o Ahmet Hamdi Tanpinar pueden leerse hoy en español, acercando al público hispanohablante temas como Estambul, la memoria, la modernización o las tensiones entre tradición y cambio. Al mismo tiempo, las obras españolas siguen encontrando nuevos lectores en turco.

La historia, por tanto, no ha sido simplemente un salto de la enemistad a la amistad. El proceso fue mucho más complejo y gradual: españoles y turcos otomanos primero se imaginaron entre sí, después aprendieron a negociar, más tarde construyeron relaciones permanentes y, finalmente, comenzaron a conocerse de una forma mucho más directa.

El Mediterráneo que separaba los mundos de Felipe II (1556-1598) y los sultanes otomanos continúa en el mismo lugar. La distancia entre sus dos orillas, en cambio, parece cada vez menor.

FUENTE:TRT Español