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Brasil ante la pesadilla de los celulares robados: una amenaza para el bolsillo y la seguridad
Millones de brasileños sufren este delito, que puede comenzar con un asalto en la calle y terminar en transferencias bancarias y compras fraudulentas, mientras la seguridad domina la campaña electoral.
Brasil ante la pesadilla de los celulares robados: una amenaza para el bolsillo y la seguridad
Un teléfono robado puede convertirse en la puerta de entrada a cuentas bancarias, tarjetas y datos personales.

En Brasil, el robo de celulares se ha convertido en un asunto central de seguridad de cara a las elecciones del 4 de octubre: un delito que puede derivar en violencia y fraude financiero y que tanto el actual presidente Luiz Inácio Lula da Silva como su rival Flávio Bolsonaro prometen combatir.

Una encuesta del Foro Brasileño de Seguridad Pública (FBSP) publicada en mayo estimó que alrededor de 14 millones de personas fueron víctimas de este delito en Brasil durante los 12 meses anteriores. Sin embargo, solo unos 830.000 celulares fueron denunciados como robados en 2025, según el informe anual del Foro, basado en datos oficiales.

La diferencia entre ambas cifras permite observar dos dimensiones de un mismo fenómeno. Por un lado, están los casos que llegan a las autoridades y quedan registrados oficialmente. Por otro, existe una cantidad mucho mayor de personas que aseguran haber sufrido el robo o hurto de sus dispositivos, según la encuesta del Foro.

En este contexto, el FBSP señala que este delito "parece encapsular un pánico creciente relacionado con la violencia urbana". 

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Un delito convertido en asunto electoral

Precisamente por su alcance, el robo de celulares ha ganado protagonismo en el debate electoral. La seguridad es la principal preocupación de los brasileños ante los comicios, según las encuestas, y ambos candidatos han incorporado este delito a sus propuestas. 

Tanto el presidente de izquierda, Luiz Inácio Lula da Silva, como su rival de derecha, Flávio Bolsonaro, han prometido tomar medidas drásticas contra este delito.

Por un lado, Bolsonaro propone cuadruplicar las penas de cárcel por el robo de celulares, mientras que Lula ha dicho que su objetivo es alcanzar "cero robos de celulares". 

Las historias detrás de los robos

Ahora bien, detrás de las cifras y las promesas electorales están las historias de quienes han sufrido el delito en primera persona. En algunos casos, el robo implica una amenaza directa con armas; en otros, puede convertirse posteriormente en un problema financiero cuando los delincuentes consiguen acceder a las aplicaciones instaladas en el teléfono.

Eso fue precisamente lo que le ocurrió a Eduardo Metzker, un programador de 29 años que circulaba en motocicleta por Río de Janeiro cuando otras dos motocicletas lo rodearon. Uno de los asaltantes le apuntó con una pistola a la cabeza y le exigió su teléfono y la contraseña.

A partir de ese momento, el problema fue mucho más allá del dispositivo. En las horas siguientes, Metzker observó impotente cómo los ladrones retiraban 80.000 reales, unos 15.000 dólares, principalmente mediante operaciones a crédito desde sus aplicaciones bancarias, antes de que consiguiera bloquear sus cuentas.

"Uno trabaja casi todos los días para juntar un dinero. Luego alguien te apunta un arma a la cara y se lleva todo", contó a la agencia de noticias AFP. "Ni tenía ese dinero. Arruinaron mi historial crediticio", lamentó. 

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El teléfono como puerta de entrada a más robos

El caso de Metzker muestra cómo el valor de un celular ya no está únicamente en el aparato. Para los delincuentes, el dispositivo puede servir como puerta de entrada a cuentas bancarias, tarjetas y otros servicios, de modo que el beneficio potencial puede ser muy superior al precio del teléfono sustraído.

"El interés de las bandas ha dejado de ser el propio teléfono para concentrarse en los datos contenidos en los dispositivos", explica por su parte a la agencia de AFP Leonardo Silva, coordinador de crimen organizado del Foro Brasileño de Seguridad Pública. ¡

Eso también fue lo que ocurrió a Caroline Lo Bianco. Esta dentista de 36 años sufrió el robo de su celular mientras estaba embarazada de siete meses. Un ladrón se lo arrancó de las manos por la ventana de un Uber en Río de Janeiro, en un asalto que inicialmente parecía limitarse a la pérdida del aparato.

Sin embargo, las consecuencias llegaron después. En una ciudad donde la violencia y los asaltos son muy comunes, Lo Bianco asegura que "vivimos completamente atemorizados, en alerta constante". Tras el robo, bloqueó sus tarjetas bancarias, pero los delincuentes consiguieron transferir casi 700 dólares desde una cuenta de un banco digital.

Además, intentaron realizar una compra por internet de una consola de videojuegos valorada en 1.000 dólares. Esta vez, Lo Bianco consiguió bloquear la operación antes de que el producto fuera entregado. Pero los delincuentes fueron todavía más lejos: enviaron cerveza, carne y McDonald's a distintas direcciones de la ciudad. 

En concreto, un tercer grupo realiza modificaciones técnicas para que el aparato vuelva al mercado. Finalmente, otro se encarga de vender las piezas y los dispositivos. Hay "múltiples formas de pérdida para la víctima y múltiples fuentes de lucro para el criminal", afirma Silva.

Un segundo teléfono para proteger el primero

Ante este escenario, el temor ha llevado a algunos brasileños a cambiar incluso la manera en que utilizan sus celulares. El primer aparato es conocido como "el teléfono del ladrón", una estrategia adoptada por el 30% de los brasileños, unos 65 millones de personas, según el FBSP.

La lógica es sencilla: salir a la calle con un dispositivo que pueda entregarse en caso de asalto para evitar exponer el teléfono que concentra la información personal y financiera de su propietario. De esta forma, se intenta limitar las consecuencias de un eventual robo.

En consecuencia, un objeto cotidiano se convierte también en una medida de precaución frente a un delito que puede combinar violencia, pérdida económica y exposición de información personal. Para quienes adoptan esta estrategia, llevar dos teléfonos supone separar el aparato utilizado en la calle del que concentra buena parte de su vida digital.

Para muchas víctimas, además, reemplazar el dispositivo tampoco resulta sencillo. Joel da Silva, de 42 años, trabaja como portero en el barrio carioca de Ipanema y fue asaltado con una pistola, una experiencia que le dejó durante semanas sin una herramienta esencial para comunicarse y realizar operaciones.

De hecho, pasó "un mes sin teléfono" antes de poder comprar otro, esta vez en cuatro cuotas. Da Silva contó a la AFP que ha presenciado cuatro robos de teléfonos desde el edificio donde trabaja, en apenas siete meses, una muestra de la frecuencia con la que este delito aparece en su entorno cotidiano.

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FUENTE:AFP