El argentino Fabio Radaelli añora las tardes de su infancia cuando soñaba con convertirse en futbolista profesional. Cada día, después de la escuela caminaba por Benito Juárez, una ciudad a 400 kilómetros de Buenos Aires, para jugar durante horas con amigos y vecinos de su barrio en un “potrero”, una pequeña cancha de tierra irregular, sin césped prolijo y con arcos conformados por piedras y sin red.
“La esencia del fútbol argentino es el potrero”, afirma a TRT Español este exfutbolista de 57 años que ha brillado en equipos de la liga argentina como Ferro, Banfield, Atlético Tucumán y Aldosivi, y ha sido entrenador de juveniles en River Plate, Racing y actualmente trabaja en el club Lanús.
Durante décadas, estos espacios informales sin reglas claras dieron vida al estilo de juego del fútbol argentino, con el toque rápido, la gambeta, corridas largas y disputas físicas como principales características, y se transformaron en el principal semillero de los grandes clubes.

Además, fueron la cuna de grandes figuras que trascendieron todos los tiempos, como Diego Maradona, Lionel Messi o Ángel Di María.
“El potrero es la universidad del fútbol, educa y ubica”, enfatiza Radaelli.
Sin embargo, hoy están en riesgo: muchos han desaparecido como consecuencia de la expansión urbana, los desarrollos inmobiliarios y el desembarco de las escuelas privadas de fútbol, entre otros factores, aunque otros aún resisten.
Más que una cancha
En Argentina, un país que respira fútbol, con millones de aficionados que siguen a sus equipos, niños que desde pequeños patean pelotas en parques y ciudades que se paralizan cuando juega la selección, estas pequeñas canchas son un elemento distintivo de la cultura deportiva, además de un sitio de encuentro y pertenencia. especialmente en barrios vulnerables donde el acceso al deporte es limitado.
“En el potrero lo importante es jugar. Es una cancha sin reglas, sin liga y amateur. Muchas están en zonas humildes y entonces hacemos trabajo solidario”, explica a TRT Español Salvador Acosta, quien junto a su familia impulsa hace 15 años el Potrero de las 4 Villas, en el barrio Itatí, un asentamiento popular en la ciudad de Rosario, Santa Fe, en el centro del país.
Esa pequeña cancha resistió durante años el avance de la construcción de viviendas a su alrededor, dice Acosta. “Incluso quisieron sacarnos, pero nos organizamos para mantenerla como espacio de todos los vecinos”, afirma.
Una década y media más tarde, lograron mejorar la infraestructura y sumar luminarias que permiten jugar hasta entrada la noche, gracias a donaciones de la comunidad.
Y aunque el fútbol es la excusa, el objetivo es el trabajo social, explica. En el Potrero de las 4 Villas juegan al fútbol alrededor de 50 niños y niñas, de entre cuatro y 12 años. “Después de las prácticas dos veces a la semana preparamos la merienda y, si logramos conseguir alimentos, preparamos la cena para las familias más necesitadas”, cuenta. También organizan festejos por el Día del Niño, cumpleaños y fin de año.
Recientemente, el potrero obtuvo fondos para dictar talleres de fútbol, costura y fotografía a jóvenes de 16 a 35 años. Los organizadores también impulsaron una campaña de donación de ropa para los vecinos de la zona.
“Teniendo esta cancha muchos chicos que no pueden pagar un club o una escuela de fútbol acceden a un espacio donde divertirse. Acá vienen a jugar a la pelota los hijos de nuestros vecinos, es un espacio de respeto”, describe.
“Para los niños es un espacio importante. Y de acá surgen jugadores extraordinarios, verdaderos cracks. Cuando son buenos de verdad, los clubes grandes de la zona enseguida vienen a buscarlos”, relata.
Un fenómeno argentino
“De esos lugares salieron los jugadores más importantes de la historia del fútbol argentino”, considera Radaelli. Para el entrenador, “son sinónimo de esfuerzo y garra” y “no se ven en otras partes del mundo, con excepción de Brasil”. “En cualquier lugar de Argentina encontrás una cancha, dos arcos y un grupo de chicos jugando”, explica.
Y aunque muchos potreros evolucionaron, mantienen su esencia de fútbol aguerrido, rústico, virtuoso y con estilo propio.
Si bien no hay un relevamiento oficial, la gran mayoría se concentran en Buenos Aires.
Un reciente estudio de la desarrolladora inmobiliaria Terres señala que sólo en la capital argentina hay 411 canchas de fútbol, pero incluye complejos de fútbol 5 que se alquilan por hora y 18 estadios oficiales con gran infraestructura, como La Bombonera, de Boca Juniors; el Monumental, de River Plate; y el Tomás Adolfo Ducó, de Huracán.
“Una especie en vía de extinción”
A partir de la década de 1990, el desembarco de escuelas de fútbol profesionales —muchas creadas por jugadores retirados— con mayores recursos e infraestructura, que formaban a jugadores en técnica y táctica y ofrecían entrenamientos específicos con el objetivo de convertirse en profesionales, fueron desplazando a los clásicos potreros de barrio.
“Las escuelitas de fútbol dan orden, pero es difícil que un pibe que va a un potrero pueda ir, porque no puede pagar las clases, la camiseta, las medias y los botines”, afirma Radaelli.
Para Mónica Santino, exjugadora profesional, entrenadora y cofundadora del equipo de fútbol femenino La Nuestra, de la Villa 31, “los potreros son una especie en vía de extinción”, que se sostienen principalmente en barrios vulnerables, donde las canchas aún “se respetan a rajatabla”.
“El potrero fue concebido como un espacio de juego sin árbitros ni director técnico, donde sólo se jugaba a la pelota. Tuvieron un esplendor en la forma de jugar, y eso se fue perdiendo. Es un modo que identifica a muchos futbolistas argentinos, por cómo aprenden el dominio de la pelota y la picardía con los movimientos”, asegura a TRT Español.
Sin embargo, destaca que aún hoy “los grandes futbolistas siguen saliendo de los potreros”. “Más allá de los cambios que trajo el siglo XXI, con canchas que ya no son de tierra, sino de pista o cemento”, dice, “la esencia del fútbol se mantiene intacta en ese juego espontáneo”.
Al igual que Radaelli, la exfutbolista de 61 años también siente nostalgia por el juego en los potreros cuando era niña. “En la década de 1970 aprendí a jugar en esos lugares con suelo irregular, donde hacíamos un arco con piedras y jugábamos con una pelota de goma, porque no teníamos dinero para comprar una de cuero”, rememora.
Pasado, presente y futuro
Para Radaelli, el potrero “siempre será un llamador de talentos” del fútbol argentino, que seguirá existiendo porque “no todos pueden pagar el alquiler de una cancha o las clases”. “Muchos partidos de esta Selección Argentina en el Mundial tienen el estilo del potrero, con menos táctica y más búsqueda de gol. Incluso algunos goles de Messi tienen esa semejanza”, analiza.
“El potrero es un ritual de fútbol. Lo más lindo era la certeza de que siempre ibas a encontrarte con amigos para jugar a la pelota cuando salen de la escuela, o adultos que se organizan para hacer deporte”, valora Santino.
Salvador Acosta se esperanza con poder darle mayor impulso al Potrero de las 4 Villas en los próximos años, incorporando más infraestructura y poder diseñar categorías con más profesores y equipamiento para competir en una liga local de Rosario. “Sería un sueño”, se emociona.






















