El primer anuncio electoral que se ha prohibido en Israel por el uso no declarado de inteligencia artificial mostraba una escena de paz. En ese video fabricado, el líder opositor Gadi Eisenkot abraza al presidente de la Autoridad Palestina, Mahmoud Abbas.
La pieza fue producida por el partido de extrema derecha Sionismo Religioso, que lidera el ministro Bezalel Smotrich, para asu|star a los votantes con la sugerencia de que Eisenkot podría reconciliarse con los palestinos.
La ironía es difícil de ignorar. Una imagen falsa de convivencia fue utilizada como amenaza política por parte de un movimiento cuyos ministros han defendido abiertamente la anexión, el desplazamiento y la destrucción de la vida palestina.
Sin embargo, este video falso es solo la parte visible de un sistema mucho más extenso.
A medida que Israel se acerca a unas elecciones nacionales decisivas, la IA no se está empleando únicamente para inventar imágenes. Se utiliza para fabricar votantes, infiltrar en conversaciones privadas, recopilar información personal y moldear discretamente lo que la gente cree que es la opinión pública.
La revista The Economist informa que empresas tecnológicas israelíes han desarrollado multitudes de bots que se hacen pasar por electores reales, influyen en las conversaciones en línea y distorsionan las encuestas informales.
Los avatares más sofisticados de inteligencia artificial pueden tener números de teléfono e incluso tarjetas de crédito, lo que les permite unirse a grupos de WhatsApp y comportarse como personas reales.
Las campañas políticas pueden combinar la información obtenida mediante chatbots con datos comerciales sobre compras, búsquedas, hábitos de consumo audiovisual y ubicación, para luego adaptar anuncios, mensajes y llamadas automatizadas de apariencia realista a las particularidades de cada votante.
Esto debería alarmar a cualquiera que se preocupe por la democracia. Pero existe un peligro en contar la historia como si Israel hubiera descubierto de repente una tecnología amenazante en vísperas de sus propias elecciones.
Una maquinaria así no surge de la nada. Se desarrolló, se financió y se normalizó a lo largo de años de guerra informativa dirigida contra palestinos, árabes y públicos occidentales. Lo nuevo no es el arma. Es la identidad de algunos de sus objetivos.
Dinero a raudales para la hasbará
Desde octubre de 2023, Israel ha considerado a la opinión pública como un frente más de su ofensiva genocida contra Gaza.
Su gobierno ha destinado sumas exorbitantes a la hasbará, el aparato estatal de diplomacia pública e influencia.
La asignación de unos 150 millones de dólares para 2025, ya representó de por sí una expansión drástica.
El presupuesto de 2026, según se reporta, elevó esa cifra a cerca de 730 millones de dólares. Una investigación del Quincy Institute concluyó que el gasto directo del Gobierno de Israel en diplomacia pública desde octubre de 2023 había superado los 1.000 millones de dólares.
Y ese dinero sirve para mucho más que comprar publicidad convencional.

En 2024, la empresa OpenAI sacó a la luz una operación de influencia con base en Israel a la que denominó “Zero Zeno”. La red, gestionada por la empresa israelí de mercadeo político STOIC, utilizaba la inteligencia artificial para generar artículos, comentarios y perfiles falsos en Facebook, Instagram, X, YouTube y sitios web, haciéndose pasar como organizaciones independientes.
Su contenido atacó a la Agencia de la ONU para los Refugiados Palestinos (UNRWA), retrató a los manifestantes universitarios propalestinos como “partidarios del terrorismo” y apuntó a audiencias de Estados Unidos, Canadá y otros países. Los reportes publicados en ese momento vincularon la campaña en su conjunto con el Ministerio de Asuntos de la Diáspora de Israel, que negó cualquier relación.
Desde entonces, la ambición se ha vuelto aún más descarada. Una investigación de 2026 reveló que un centro de estudios estadounidense aparentemente ficticio, el Hanover Institute for Public Policy, había publicado más de 560.000 palabras en nueve días.
Sus informes se presentaban como investigaciones neutrales y documentadas que abordaban diversos asuntos: si Israel estaba cometiendo genocidio, si sometió a los palestinos a una hambruna generalizada o si torturaba a los prisioneros.
Este sitio hizo parte de una campaña financiada por el Gobierno de Israel con el objetivo de influir en lo que los chatbots de IA responden a los usuarios. Uno de los contratos hacía referencia explícita a lograr “resultados ajustados en GPT” durante las conversaciones con chatbots.
Esto es más insidioso que un deepfake burdo. Un vídeo falso puede identificarse, etiquetarse y retirarse. Pero cuando miles de cuentas artificiales, informes pseudoacadémicos y resultados de búsqueda manipulados inundan el ecosistema informativo, la propaganda empieza a parecerse al consenso.
Un usuario que pregunte a un chatbot aparentemente neutral sobre Gaza quizá nunca sepa que parte del material que moldea su respuesta fue creado por un gobierno extranjero que busca camuflar su propia conducta.
Un sistema de manipulación
Para los palestinos, esto no es un debate abstracto sobre ética tecnológica. La manipulación de la información está acompañando la destrucción de vidas.
Mientras los palestinos documentan niños asesinados, hospitales atacados, familias hambrientas y barrios enteros borrados del mapa, un sistema con una financiación inmensa trabaja para cuestionar las pruebas, desacreditar a los testigos y presentar las exigencias de rendición de cuentas como “extremismo” o “antisemitismo”.
La IA permite a ese aparato operar a una escala que ningún equipo de propagandistas humanos podría igualar.

También ayuda a explicar una distorsión conocida en el debate en Occidente.
Las voces palestinas son tratadas sistemáticamente como interesadas, emocionales o poco fiables, mientras que las afirmaciones del estado israelí se repiten como el relato por defecto, incluso cuando más tarde se desmoronan al quedar bajo escrutinio.
Las operaciones de influencia digital explotan ese desequilibrio. No necesitan convencer a todo el mundo. Solo requieren generar suficiente ruido, duda y consenso artificial para retrasar la acción política mientras los hechos sobre el terreno se tornan irreversibles.
Ahora, esa misma cultura de la manipulación se está girando hacia dentro de Israel. El primer ministro Benjamín Netanyahu y sus aliados llevan años construyendo bases de datos y tecnología electoral, mientras que, revelan reportes, figuras vinculadas a la oposición dentro del poderoso sector tecnológico israelí se preparan para dar la batalla con herramientas similares.
Por lo tanto, el problema no puede reducirse a un solo partido o a un solo político. Una vez que la persuasión encubierta se convierte en un instrumento aceptado para la acción de Estado, esta no se queda simplemente confinada para las audiencias extranjeras.
Un sistema diseñado para suplantar a ciudadanos en el extranjero acabará suplantando a ciudadanos en casa.
Esa es otra contradicción amarga.
Las instituciones israelíes debaten ahora garantías para proteger a los votantes israelíes de los engaños generados por IA. Sin embargo, apenas ha habido una preocupación comparable por los millones de personas en el extranjero cuya vida política ya ha sido objeto de estas campañas. Tampoco por los palestinos, cuya realidad se ha buscado borrar a través del diseño y la implementación de estas estrategias.
La democracia no puede significar defender a los ciudadanos israelíes de la manipulación, mientras se acepta esa misma manipulación encubierta hacia estadounidenses, europeos y árabes como diplomacia pública legítima.
Tampoco deberían los gobiernos en Londres, Washington o Bruselas tratar esto únicamente como una noticia sobre las elecciones israelíes.
La injerencia extranjera no se vuelve inofensiva por venir de un aliado. Si Rusia, China o Irán financiaran organizaciones estadounidenses falsas, ciudadanos artificiales y campañas destinadas a alterar lo que los chatbots dicen a los votantes, los responsables occidentales lo calificarían de amenaza para la seguridad nacional.
Israel no debería recibir una exención de las normas que se aplican a todos los demás.
“Perfilados, señalados y manipulados”
La lección va más allá de Netanyahu. Los gobiernos deben exigir la divulgación completa de las campañas digitales financiadas por los Estados, hacer cumplir las leyes sobre agentes extranjeros y protección de datos, obligar a las empresas tecnológicas a sacar a la luz las redes coordinadas de comportamiento inauténtico y crear mecanismos de transparencia en torno a los intentos por manipular los sistemas de entrenamiento y recuperación de información de la IA.
Debería prohibirse a los partidos políticos el uso de identidades falsas o de datos personales recopilados de forma encubierta para desmovilizar a los votantes o reorientar su voto.
Pero la regulación por sí sola no responderá a la cuestión moral. La maquinaria de influencia de Israel existe porque sus dirigentes creen que el problema no es lo que el estado ha hecho a los palestinos, sino que el mundo ha visto demasiado de ello.
Ningún algoritmo puede hacer que las masacres sean humanas, ni que la ocupación sea democrática ni que la hambruna sea defendible. Cuanto más se vuelve la opinión pública contra estas políticas, más dinero y tecnología se invierten en intentar corregir al público, en lugar de corregir las políticas.
El aparato de propaganda israelí que utiliza la IA pone su foco ahora en casa. El peligro para los votantes es real, pero los palestinos llevan años viviendo con las consecuencias de la visión del mundo que lo produjo: que las personas pueden ser perfiladas, señaladas y manipuladas; que las verdades incómodas pueden enterrarse bajo relatos fabricados; y que la tecnología puede resolver una crisis política creada por la dominación.
Un arma no se vuelve censurable solo cuando quienes la construyeron descubren que también puede apuntar contra ellos.



















