Gaza, Palestina - Cada martes por la mañana, Mohammed y Mostafa Dwaik, de 12 años, preparan sus cuadernos y lápices, y salen del campamento de refugiados de Bureij, en Gaza, junto a su padre, Osama.
Tras un largo trayecto hasta Al-Zawaida, en el centro del enclave, los dos hermanos, que tienen autismo, llegan a un aula instalada en una tienda de campaña improvisada de la Sociedad Derecho a la Vida (RLS, por sus siglas en inglés). Se encuentran allí con otros niños con autismo, una condición del neurodesarrollo que puede afectar la forma en que una persona se comunica, interactúa con los demás y experimenta el mundo.
Juntos, los niños vuelven a aprender habilidades que, hasta hace tres años, dominaban, como hablar y mantener hábitos de higiene personal.
“Sabía lo importantes que son la educación y las actividades de rehabilitación para los niños con autismo, y había oído que la RLS ofrecía programas adecuados, así que inscribí a mis hijos en el centro”, contó a TRT Español Osama Dwaik, padre de trillizos con autismo. “Fue una de las mejores decisiones que he tomado”.
Para los hijos de Osama –Mohammed, Mostafa y Hamdi–, la RLS pronto se convirtió en una parte esencial de su rutina. Avanzaron poco a poco y, para cuando cumplieron nueve años, los trillizos habían desarrollado habilidades fundamentales de comunicación y concentración.
Pero el genocidio, los meses de desplazamiento y trauma, así como la pérdida de asistencia especializada, interrumpieron sus rutinas y borraron años de avances. Entre ellos, las mejoras que el programa les había ayudado a conseguir en el manejo de comportamientos como la hiperactividad y la falta de atención.
Ahora, mientras continúan los ataques israelíes pese a la tregua y escasean los recursos, los niños con autismo y sus familias luchan por recuperar las habilidades perdidas y reconstruir cierta estabilidad.
La educación antes del genocidio
Para familias palestinas como la de los Dwaik, que buscó desde muy temprano la mejor atención posible para los tres hijos de Osama, la RLS ofrecía continuidad y apoyo especializado. Fundada en 1993, la organización brindaba servicios educativos y de rehabilitación a niños con distintas condiciones del desarrollo, entre ellas el autismo y el síndrome de Down.
Antes del genocidio, la RLS contaba con unos 200 trabajadores distribuidos en tres sedes y ofrecía servicios que abarcaban desde la intervención temprana durante la primera infancia hasta la educación, la rehabilitación y la formación profesional para adultos.
Los programas ayudaron a los niños a desarrollar sus habilidades y a cultivar, incluso fuera del centro, su pasión por la programación de dispositivos electrónicos. También les permitieron avanzar de forma sostenida hacia nuevas oportunidades, algo que Osama recuerda con orgullo.
“En la última evaluación de Mohammed antes de la ofensiva, se determinó que estaba preparado para incorporarse a una escuela pública. Mostafa y Hamdi lo harían más adelante. Me sentía muy feliz de ver que mis hijos estaban progresando tan bien”, dijo.
El genocidio interrumpe sus avances
Sin embargo, el genocidio perpetrado por Israel en Gaza desde octubre de 2023 interrumpió sus avances. Según Raoufa Salama, directora de los programas de rehabilitación de la RLS, los niños con autismo necesitan un entorno seguro, una rutina constante, actividades educativas y recreativas y atención continua.
El genocidio los privó de esos apoyos y los expuso a experiencias traumáticas, como explosiones, destrucción y escenas de sangre. Como consecuencia, explicó Salama a TRT Español, muchos perdieron habilidades como la comunicación, el habla, la concentración y la higiene personal, y comenzaron a presentar graves problemas como hiperactividad, gritos, falta de atención, autolesiones, agresividad y espasmos musculares.
Los bombardeos destruyeron todas las instalaciones de la RLS y mataron a varios niños que allí asistían, entre ellos Ahmed y Mohammed Qarmout, que asistían al centro. Otros, como Yousef Muhaisen, siguen desaparecidos.
Para quienes sobrevivieron, las exigencias del desplazamiento y la ofensiva trajeron consigo una sensación de peligro nueva y abrumadora. Osama recuerda cómo reaccionaban sus hijos al sonido de los bombardeos: “Mis hijos se aterrorizaban cada vez que oíamos explosiones. Intentaban taparse los oídos y gritaban”.
Aya Hassouna también vio retroceder los avances de su hijo Mohammed, de 10 años y con autismo. Recordó que “el miedo era una sensación nueva para mi hijo. Con cada explosión, corría hacia mí, gritando y llorando, y me suplicaba que lo escondiera”.
Para Mohammed y otros niños con autismo en Gaza, adaptarse al desplazamiento ha sido uno de los mayores desafíos.
“Los cambios repentinos fueron impactantes y devastadores”
Tres años atrás, Mohammed tenía su propia habitación y baño, y pasaba los días con sus padres y hermanos. Tras huir durante la primera semana del genocidio, ahora comparte un espacio reducido y un baño con más de 60 personas.
“Los cambios repentinos fueron impactantes y devastadores para mi hijo. No podía sobrellevar el enorme estrés de los bombardeos y el desplazamiento. Intentaba aliviar su sufrimiento psicológico gritando constantemente y golpeándose la cara y la cabeza”, contó Aya a TRT Español.
“Perdió habilidades básicas, como comunicarse e incluso ir al baño. Tuvimos que recurrir a los pañales, que eran extremadamente difíciles de conseguir. Mientras intentaba consolar a mi hijo y explicar su condición a quienes nos rodeaban, me sentía desconsolada y desbordada”, añade.
El estrés también afectó el sueño de Mohammed. Aya dijo que tuvo que recurrir a medicamentos para ayudarlo a dormir, pero los sedantes eran caros y difíciles de encontrar debido al bloqueo.
Por su parte, Osama recordó otro momento alarmante durante el desplazamiento de su familia. Mientras buscaban alimentos asequibles por las concurridas calles de Rafah, su hijo Hamdi desapareció entre el caos. Como ocurre con muchos niños con autismo, él también tiende a alejarse.
“Lo busqué hasta que casi perdí la razón”, contó Osama. Había escrito con henna, un tinte natural, el nombre y el número de teléfono móvil de sus hijos en los antebrazos de los tres, con la esperanza de poder reunirse con ellos si un desplazamiento repentino los separaba. Tras una larga búsqueda, encontró a Hamdi en una tienda de teléfonos y aparatos electrónicos.
La violencia y el hambre
Reda Abu Zaid, madre de Nabil, de 16 años, quien tiene autismo y participa en la RLS desde hace dos años, relató una experiencia aterradora con las fuerzas israelíes durante el desplazamiento de la familia desde el norte de Gaza.
“Nos obligaron a abandonar nuestra casa en Yabalia y caminar hasta llegar al puesto de control israelí de Netzarim. Todo el mundo estaba aterrorizado. Los soldados y los tanques israelíes nos rodeaban mientras avanzábamos en fila. Yo caminaba detrás de Nabil para vigilarlo. Me partía el corazón pensar que los soldados podían quitármelo o que, por miedo, se saliera de la fila y le dispararan”, contó Reda a TRT Español.
Antes del genocidio, una de las actividades favoritas de Nabil era ayudar a su madre en la cocina. Pero, durante la hambruna, ambos tuvieron que desmenuzar pan duro y mohoso destinado a alimentar animales para intentar hacerlo comestible.
“Nabil lloraba mientras preparábamos el pan y decía: ‘Esta comida no está bien, se ha echado a perder’. Se negaba a comerlo, pero el hambre extrema lo obligó a hacerlo”, contó Reda.
La experiencia afectó profundamente a Nabil. Según su madre, había logrado “avances excelentes” antes de las bombas y había sido nombrado “alumno ejemplar” de su clase. El genocidio “le cambió la vida por completo”, añadió.
“Se quedó sin educación y empezó a vivir en condiciones muy duras. Sufría un estrés psicológico constante que lo hizo volver a cero. Perdió habilidades fundamentales, como la comunicación y la higiene personal. Empezó a comportarse de forma agresiva y sufrió ataques de pánico y convulsiones que estuvieron a punto de costarle la vida. Como madre, me sentía devastada e impotente al verlo sufrir cada día”, dijo Reda.
De vuelta a clase
Pese a los ataques que continúan y a la destrucción de todas sus instalaciones, la RLS comenzó en julio de 2024 a recuperar sus servicios para niños con autismo y síndrome de Down, con actividades recreativas y visitas a domicilio. Luego amplió la atención para incluir el diagnóstico, la intervención temprana, la fisioterapia, la terapia del habla, la formación profesional y la alfabetización básica.
La noticia del regreso de las actividades de la RLS devolvió rápidamente la alegría a las familias. “Me dio esperanza de que Nabil tuviera un futuro mejor”, dijo Reda.
Actualmente, la RLS atiende a más de 1.250 niños con dificultades del desarrollo en tiendas de campaña improvisadas de tres puntos de Gaza. Sin embargo, la escasez de recursos –por la destrucción generalizada y el bloqueo de Tel Aviv– dificulta esa labor los docentes fabrican recursos con cartón de los paquetes de ayuda y papel de colores.
En ese contexto, Salama advirtió que la continuidad de los ataques israelíes pone en riesgo las habilidades que han logrado recuperar a través de los años y expone a los niños a nuevos traumas.
Aya se refiere a esto, al recordar que “cada vez que Mohammed oye una explosión, se le desencadenan recuerdos aterradores de la guerra y entra en pánico, gritando. Sigue teniendo episodios de gritos, autolesiones, dificultades para dormir e incontinencia nocturna, aunque son menos frecuentes que hace un año”.
Avances graduales
Pese a las dificultades, Aya asegura que su hijo ha comenzado a recuperar algunas de las habilidades perdidas desde el alto el fuego.
“Su estado mental ha mejorado y está demostrando una gran habilidad para aprender a escribir y leer palabras nuevas en árabe e inglés. Siempre está contento de ir a la escuela y le encanta contarles a sus hermanos las actividades que ha hecho. Estoy agradecida por el esfuerzo de los docentes de la RLS”, dijo Aya.
Nabil también ha mostrado avances desde que regresó a estudiar, según Reda.
“La vida de Nabil ha mejorado. Está más concentrado y tranquilo. Está aprendiendo a escribir y leer, y ahora utiliza frases completas para comunicarse en lugar de palabras sueltas. También le encanta ayudarme en la cocina y se asegura de que los platos estén deliciosos y bien presentados. Espero que, cuando crezca, consiga trabajo en el sector de la cocina”, contó Reda, y expresó su deseo de que puedan ir a estudiar más veces por semana.
Para Osama, el regreso a las aulas también ha reavivado las expectativas sobre el futuro de sus hijos.
“Ir a la escuela para aprender y jugar con otros niños se ha convertido en una parte importante de la vida de mis hijos. Están progresando de manera constante y tienen capacidades intelectuales extraordinarias”, dice. “Espero que cuenten con un entorno educativo seguro que les permita seguir su pasión por la electrónica y crecer hasta convertirse en programadores e ingenieros electrónicos”.






















