Opinión
AMÉRICA LATINA
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De Hugo Chávez a Delcy Rodríguez: el giro estratégico de Venezuela marcado por el petróleo y EE.UU.
De la confrontación del fallecido presidente Chávez al aislamiento del capturado Maduro, Venezuela ahora ensaya una fase con la presidenta encargada Delcy Rodríguez: apertura diplomática, pragmatismo económico y redefinición de la identidad chavista.
De Hugo Chávez a Delcy Rodríguez: el giro estratégico de Venezuela marcado por el petróleo y EE.UU.
La presidenta encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez, pasa junto a un retrato del fallecido mandatario Hugo Chávez.

Durante la presidencia de Hugo Chávez (1999-2013), Venezuela impulsó una política exterior de fuerte contenido ideológico. En su célebre discurso ante la ONU en septiembre de 2006, Chávez afirmó que la sala "huele a azufre", en alusión a la intervención previa del entonces presidente de Estados Unidos, George W. Bush (2001-2009), el día anterior. Fue ahí cuando Chávez denunció que "la más grande amenaza que se cierne sobre nuestro planeta, la pretensión hegemónica del imperialismo norteamericano, pone en riesgo la supervivencia misma de la especie humana". Sus palabras exponen el carácter contestatario de su diplomacia y su apuesta por un orden multipolar.

Sin embargo, esta confrontación política convivía con una estrecha relación económica. Venezuela se convirtió en un productor industrial de crudo en 1914 y, poco después, EE.UU. emergió como su principal socio comercial y comprador, recibiendo dicho crudo a través de las refinerías de la Costa del Golfo, diseñadas específicamente para procesar sus grados pesados. Bajo el mandato de Chávez, esa relación continuó: según datos del Banco Mundial, Estados Unidos recibió el 51% de las exportaciones venezolanas en 2006, muy por encima de las Antillas Neerlandesas (5,7%) y España (3,1%), los siguientes principales mercados identificados ese año. Además, el capital estadounidense representó, para ese mismo año, aproximadamente una cuarta parte de la inversión extranjera directa acumulada en el país. Estos vínculos evidenciaban los límites económicos del discurso antiestadounidense.

Pero Chávez no limitó su diplomacia a la confrontación con Washington. También promovió el multilateralismo y la cooperación Sur-Sur mediante iniciativas como la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA) –orientada a impulsar la integración política, económica y social entre gobiernos afines– y Petrocaribe, que ofrecía petróleo venezolano a países caribeños en condiciones preferenciales. Ambas iniciativas fortalecieron la proyección de Venezuela como potencia subregional.

Esa combinación de confrontación ideológica, pragmatismo económico y proyección regional constituye un punto de partida para comprender las transformaciones posteriores de la diplomacia venezolana. ¿Qué cambió bajo el Gobierno del hoy capturado presidente Nicolás Maduro y qué busca recuperar la ahora presidenta encargada Delcy Rodríguez con su reciente apertura internacional?

Del protagonismo regional al aislamiento diplomático

Como el entonces ministro de Relaciones Exteriores, Maduro participó activamente en la creación de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños  (CELAC), orientadas a fortalecer la integración política en Sudamérica y en América Latina y el Caribe, respectivamente. También intervino en el proceso de incorporación de Venezuela al Mercosur. Tras la muerte de Chávez en 2013, Maduro fue elegido presidente y mantuvo inicialmente esa orientación regional.

En su primer año de gobierno, América Latina concentró buena parte de sus viajes internacionales –con visitas a Perú, Cuba, Uruguay, Argentina, Brasil, Ecuador, Bolivia y Nicaragua– buscando preservar los mecanismos de cooperación heredados. Sin embargo, la creciente polarización política, tanto interna como regional, sumada a las sanciones estadounidenses –iniciadas en 2005 por desacuerdos en materia de cooperación antinarcóticos–, comenzó a reducir los espacios de interlocución de Caracas.

La primera llegada de Donald Trump a la Casa Blanca en 2017 intensificó las presiones estadounidenses contra Venezuela, mientras varios gobiernos latinoamericanos endurecían sus posiciones frente a Maduro. Ese año, Venezuela fue suspendida del Mercosur y, en 2018, la mitad de los integrantes de UNASUR suspendieron su participación, debilitando uno de los principales proyectos de integración impulsados durante el chavismo.

La diplomacia venezolana adquirió entonces un perfil más confrontativo y cercano a los gobiernos menos alineados con los intereses de Washington. En 2018, Maduro visitó China, Rusia, la sede de la ONU en Nueva York, México y dos veces a Cuba; mientras que en 2019, los viajes del presidente se limitaron a Rusia y Azerbaiyán. Ese mismo año, Caracas rompió relaciones con los gobiernos de Trump e Iván Duque en Colombia, mientras las tensiones diplomáticas se extendían a Paraguay y El Salvador. En Bolivia, el giro político tras la salida de Evo Morales y la llegada del gobierno interino de Jeanine Áñez también provocó otra ruptura con Venezuela, hasta entonces uno de sus principales aliados regionales.

Paralelamente, las sanciones estadounidenses restringieron una relación petrolera históricamente fundamental. Según datos oficiales de Estados Unidos, sus importaciones netas de crudo venezolano pasaron de unos 506.000 barriles diarios en 2018 a prácticamente desaparecer entre 2020 y 2022. Estas restricciones, sumadas a la caída de la producción y a problemas económicos previos, estrecharon el margen de maniobra de Caracas.

Dos niveles de presión sobre Caracas

La polarización alcanzó un nuevo punto crítico tras las elecciones presidenciales de julio de 2024. Edmundo González Urrutia, candidato respaldado por la principal coalición opositora y por la líder de oposición María Corina Machado, disputó la victoria de Maduro. Mientras el Consejo Nacional Electoral y el Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela proclamaban la victoria de Maduro, la oposición denunciaba irregularidades, cuestionaba el resultado y reivindicaba el triunfo de González Urrutia. Por su parte, el Centro Carter concluyó que los comicios “no cumplieron con los estándares internacionales de integridad electoral y no pudieron ser considerados democráticos”.

La controversia tuvo repercusiones internacionales inmediatas, aunque las respuestas fueron distintas. Varios gobiernos latinoamericanos cuestionaron los resultados electorales, ante lo cual Caracas retiró a sus diplomáticos de Argentina, Chile, Costa Rica, Perú, Panamá, República Dominicana y Uruguay, y exigió la salida de sus representantes. Por su parte, el Gobierno del entonces presidente de EE.UU., Joe Biden (2021-2025), intensificó la presión sobre Maduro mediante nuevas sanciones dirigidas a funcionarios venezolanos.

La fractura alcanzó incluso a gobiernos ideológicamente próximos. Brasil, presidido por Luiz Inácio Lula da Silva, había exigido a Maduro que publicara las actas electorales para verificar los resultados. Ante la falta de transparencia, Brasilia bloqueó en octubre de 2024 el ingreso de Venezuela a los BRICS.

En medio de un creciente aislamiento diplomático, Maduro mantuvo su retórica desafiante frente a Washington. En septiembre de 2025, advirtió: "Si Venezuela fuera agredida, pasaría inmediatamente al periodo de lucha armada, en defensa del territorio nacional y de la historia y del pueblo de Venezuela, y declararíamos constitucionalmente la República en armas". Sin embargo, el 3 de enero de 2026, una operación militar estadounidense culminó con su captura y la de su esposa, Cilia Flores.

Este desenlace puede interpretarse a partir de los "juegos de dos niveles" del politólogo Robert Putnam, según los cuales los gobiernos negocian simultáneamente en los ámbitos nacional e internacional, cuyas posibilidades se condicionan mutuamente. 

Maduro pareció sobreestimar sus apoyos internos y subestimar su aislamiento internacional, perdiendo así los márgenes de maniobra que Chávez había logrado preservar. Su vulnerabilidad quedó de manifiesto en la limitada movilización interna y la ausencia de una respuesta internacional efectiva frente a su captura.

Delcy Rodríguez: continuidad con mayor flexibilidad

El ascenso de Delcy Rodríguez como presidenta encargada no significó una ruptura con el chavismo. Su hermano Jorge Rodríguez continuó presidiendo la Asamblea Nacional, aunque la continuidad política coexistió con cambios relevantes en el gobierno, incluida la sustitución del ministro de Defensa, Vladimir Padrino López.

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Esta continuidad contrasta con las pretensiones iniciales de Trump, quien afirmó que Washington iba a "dirigir" Venezuela hasta concretar una transición política. En ese contexto, Rodríguez parece ensayar una fórmula de pragmatismo principista: preservar algunos elementos del chavismo mientras flexibiliza los instrumentos de gobierno y busca recuperar márgenes de negociación internacional.

Desde sus primeros días de gobierno, Rodríguez impulsó una apertura petrolera para atraer capital privado y extranjero. A diferencia de Maduro, cuya cooperación con empresas occidentales estuvo limitada por sanciones y tensiones diplomáticas, Rodríguez busca facilitar su reinserción. 

Este giro adquiere particular significado frente al discurso de Chávez, quien en 2005 afirmaba: "Somos una potencia petrolera mundial, y esa es una de las razones de la agresión imperialista contra Venezuela". Sin abandonar formalmente el principio de soberanía sobre los recursos, Rodríguez ha respaldado un acuerdo que contempla concesiones petroleras de hasta 100 años. Durante su gestión, la petrolera estatal PDVSA ha firmado 61 contratos y proyecta llegar a 105 a fines de 2026 para alcanzar una producción estimada de 1,5 millones de barriles diarios en 2027.

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El giro también alcanzó al Ministerio de Relaciones Exteriores. En julio, Rodríguez sustituyó al entonces jefe de esa cartea Yván Gil, identificado con la retórica confrontativa de Maduro, por Félix Plasencia, diplomático de carrera y perfil conciliador, enviado meses antes a Washington para negociar el restablecimiento de relaciones. Su nombramiento reflejó el tránsito de una diplomacia de confrontación hacia otra de interlocución pragmática.

En marzo, Caracas y Washington restablecieron relaciones diplomáticas, interrumpidas desde 2019. En septiembre, Rodríguez se reunió con Trump durante la Asamblea General de la ONU y calificó el encuentro de "histórico". Paralelamente, el secretario de Estado de EE.UU, Marco Rubio, mantuvo contactos con representantes opositores, vinculando la normalización bilateral con la evolución política interna.

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La apertura ha alcanzado incluso a Israel, país con el que Chávez rompió relaciones diplomáticas en 2009, tras la ofensiva israelí sobre Gaza conocida como "Plomo Fundido". En julio de 2026, Rodríguez agradeció públicamente la ayuda israelí después de los devastadores terremotos que afectaron Venezuela. Este acercamiento permitió acordar mecanismos de cooperación consular y técnica en agosto, aunque sin restablecer plenamente las relaciones diplomáticas.

Así, Rodríguez busca recuperar la proyección internacional de Venezuela sin abandonar sus vínculos tradicionales con China y Rusia. Sus visitas a Granada, Barbados y Surinam apuntan a recuperar la influencia de Venezuela como potencia subregional en el Caribe, uno de los principales espacios de proyección de Chávez, mientras los encuentros con los líderes de India y Türkiye reflejan una diplomacia más diversificada.

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¿Hacia un renacer venezolano?

La trayectoria reciente de Venezuela no puede resumirse como un simple cambio de aliados. Chávez aprovechó los ingresos petroleros para sostener una política exterior de confrontación ideológica con Washington, aunque mantuvo un pragmatismo comercial que preservó a Estados Unidos como principal socio petrolero. 

Maduro, en cambio, terminó debilitando sus apoyos internos y externos, estrechando ambos niveles de negociación descritos por Putnam. Rodríguez parece ahora ensayar una estrategia de apertura diplomática y económica, aunque todavía enfrenta importantes resistencias internas.

La reorientación alcanza también la identidad oficialista. La campaña "Venezuela renace", acompañada de la retirada de símbolos de Chávez y Maduro, revela una paradoja: el chavismo busca recuperar la proyección internacional de Venezuela distanciándose de algunos de sus referentes históricos. Sin embargo, ese renacer dependerá también de reconstruir las capacidades nacionales erosionadas por años de crisis política, económica y social.

FUENTE:TRT Español