Opinión
AMÉRICA LATINA
5 min de lectura
La operación de EE.UU. contra Venezuela, ¿revela la consolidación de un nuevo orden imperial?
El motivo detrás de la operación de Estados Unidos en Venezuela es tan explícito como brutal: petróleo, recursos estratégicos y control geopolítico. Todo lo demás son simples pretextos.
La operación de EE.UU. contra Venezuela, ¿revela la consolidación de un nuevo orden imperial?
Venezolanos se manifestaron tras los ataques de EE.UU. a Venezuela y la captura del presidente Maduro. / Reuters
7 de enero de 2026

Los ataques de Estados Unidos en Caracas el 3 de enero y la captura del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y su esposa, Cilia Flores, no constituyen un hecho aislado ni una anomalía dentro del sistema internacional.

Por el contrario, son una señal clara del momento histórico que atraviesa el orden mundial: el colapso del orden internacional liberal y el surgimiento de una forma de dominación más explícita, directa y violenta, que puede caracterizarse como una variante global y corporativa del fascismo.

La operación para capturar y extraer por la fuerza al mandatario venezolano y a su esposa, llevada a cabo mediante el uso de la fuerza y sin ninguna base legal internacional, viola de manera flagrante la Carta de las Naciones Unidas, el principio de soberanía estatal y todo el marco del derecho internacional público.

Sin ambigüedades, se trata de un acto de secuestro internacional y de un acto de guerra. Ningún eufemismo legal o retórica diplomática puede ocultar esta realidad.

El discurso del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en el que afirma sin reservas que EE.UU. “dirigirá Venezuela”, marca un punto de inflexión en el plano discursivo.

Las máscaras han caído definitivamente. La democracia, los derechos humanos y la lucha contra la corrupción ya no se invocan como justificaciones formales.

El motivo es explícito y brutal: petróleo, recursos estratégicos y control geopolítico. Todo lo demás son simples pretextos.

Esta declaración representa no solo una amenaza contra Venezuela, sino una declaración de principios del nuevo orden que se está imponiendo: la ley del más fuerte, administrada por una élite ultrarrica y por conglomerados energéticos, financieros, tecnológicos y militares que hoy parecen controlar el propio Estado del país nortamericano.

Estamos presenciando la configuración de un feudalismo corporativo, en el que territorios enteros son concebidos como botín de guerra —y sus habitantes, como obstáculos desechables— o, en el mejor de los casos, como zonas de sacrificio.

Venezuela es un pueblo, no es una sola persona

Washington ha cometido un error de cálculo profundo e histórico. Venezuela no es un gobierno sostenido por una figura individual.

Se trata de un proyecto político, social e institucional que ha resistido más de dos décadas de asedio sistemático: sanciones económicas criminales, bloqueo financiero, sabotaje productivo, operaciones de guerra psicológica y estrategias permanentes de desestabilización.

La captura de su presidente tiene como objetivo desmoralizar al país, provocar fracturas internas y forzar un colapso político.

Sin embargo, el Estado venezolano mantiene una cohesión política, una articulación cívico-militar y una base social comunal organizada, forjada precisamente bajo condiciones extremas.

No habrá una rendición inmediata de la soberanía. Resulta improbable que Venezuela negocie su existencia como nación o acepte transformarse en un enclave colonial.

RelacionadoTRT Español - El llamado “cambio de régimen” solo ha producido caos: ¿puede Venezuela ser la excepción?

Ahora bien, reconocer la gravedad del momento no niega esta realidad. La guerra psicológica se intensificará, la guerra económica persistirá y la presión internacional aumentará.

Pero reducir este conflicto a una narrativa de “cambio de régimen” revela una arraigada incomprensión de la profundidad histórica y social de la resistencia venezolana.

Lo ocurrido en Venezuela debe leerse, además, dentro de un contexto internacional más amplio.

En los últimos meses, hemos sido testigos de un supuesto intento de asesinato del presidente ruso, Vladimir Putin, y de los bombardeos de Israel en múltiples países de Oriente Medio sin enfrentar sanciones reales. Al mismo tiempo, hemos visto a una Europa paralizada y subordinada, y a las organizaciones multilaterales reducidas a declaraciones vacías y reuniones ineficaces.

Fascismo sin máscara

El mensaje es evidente: las reglas ya no se aplican cuando están en juego los intereses estratégicos de una potencia en declive. El derecho internacional se convierte en una ficción funcional, útil solo para disciplinar a los más débiles.

Este escenario refleja una crisis de la civilización, en la que un capitalismo en retroceso responde a su propia descomposición con más violencia, saqueo intensificado y una creciente deshumanización de la política global.

El fascismo del siglo XXI no requiere uniformes ni grandes narrativas ideológicas. Opera a través de corporaciones armadas, mercados militarizados y Estados capturados, con absoluto desprecio por la vida y el bienestar colectivo. No busca legitimidad: exige obediencia. No ofrece futuro: solo extracción y control.

En este contexto, no tomar posición es equivalente a ser cómplice. Los gobiernos que guardan silencio, miran hacia otro lado o se alinean por cálculo, miedo o conveniencia, en realidad están aceptando la subordinación, la humillación y, en última instancia, la muerte material y simbólica de sus propios pueblos como un costo aceptable.

Frente a este escenario, la única respuesta posible es la unidad de los pueblos y la decisión firme de los gobiernos que aún se dicen libres.

Las declaraciones genéricas y los llamamientos abstractos a la paz ya no alcanzan. Es imperativo asumir una posición histórica, defender la soberanía, rechazar la agresión y romper con la lógica de dominación imperial.

Venezuela es hoy una línea de frente, pero no está sola. Lo que está en juego no es meramente el destino de una sola nación, sino la posibilidad misma de un mundo en el que los pueblos decidan su propio futuro sin ser administrados como mercancías.

La élite ha elegido la barbarie, pero los pueblos deben elegir la dignidad. La historia no absolverá a quienes, teniendo la posibilidad de resistir, elijan el silencio.

FUENTE:TRT World