El acceso al diésel, el combustible que mueve buena parte de la economía mundial, se ha convertido en un nuevo frente de batalla geopolítico en medio de dos guerras en curso. La crisis ha desencadenado un efecto dominó entre países y golpea con especial dureza al Sur Global.
Los precios del diésel se han disparado en gran parte del mundo. La escalada alcanza incluso a Estados Unidos, la mayor economía del planeta y un país con capacidad para subvencionar el consumo interno: desde que lanzó sus ataques contra Irán el 28 de febrero, el precio de este combustible ha aumentado un 70%.
Sin embargo, el impacto es mucho más grave en el Sur Global. Los países con menos recursos carecen de reservas estratégicas suficientes y de grandes fondos públicos para amortiguar la subida de los precios y proteger a sus ciudadanos. En consecuencia, la escasez amenaza con desestabilizar las cadenas de suministro de alimentos, el transporte y las infraestructuras esenciales.
Ante esta situación, algunos Gobiernos han comenzado a adoptar medidas de emergencia. Filipinas, por ejemplo, ha declarado una emergencia energética nacional, mientras que Sri Lanka ha recurrido al racionamiento del combustible. En varios países africanos, por su parte, los precios han llegado a dispararse hasta un 150%.
Pakistán también ha tenido que reaccionar ante el encarecimiento. Su Gobierno ha implantado un mecanismo de revisión diaria de los precios del diésel, que ahora cuesta un 40% más que al comienzo de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán.
Más allá de las dificultades para acceder al crudo, los analistas señalan que la actual escalada responde a un problema adicional: la falta de capacidad de refino. A diferencia de crisis anteriores, provocadas principalmente por las limitaciones en el suministro de petróleo sin procesar, esta vez también escasea la capacidad para transformarlo en combustibles listos para el consumo.

En este contexto, las instalaciones de procesamiento se han convertido en objetivos estratégicos. Los ataques con drones y misiles lanzados por Irán y sus aliados han alcanzado grandes plantas de procesamiento de crudo en Kuwait, Arabia Saudí, Qatar y Bahréin.
A esta situación se suma la ofensiva de Ucrania contra las refinerías rusas, que han sufrido una oleada de ataques en el marco de lo que se conoce como la "guerra energética". Como resultado, las instalaciones rusas operan actualmente al 60% de su capacidad, lo que añade presión a un mercado ya debilitado.
Las refinerías rusas también han sufrido una oleada de ataques por parte de Ucrania en lo que se ha terminado por llamar “guerra energética”: las refinerías rusas operan ahora al 60% de su capacidad.
El precio del diésel ha subido más que el de la gasolina, que utilizan sobre todo los automóviles de pasajeros, por dos razones principales. En primer lugar, el suministro de diésel ya era más ajustado que el de la gasolina incluso antes del inicio de la guerra con Irán.
En segundo lugar, las refinerías de los países del Golfo que fueron atacadas producían más diésel que gasolina. Ningún otro país contaba con una capacidad adicional sin usar que pudiera aprovecharse de inmediato para compensar la pérdida de producción.
Como resultado, millones de barriles de diésel de Oriente Medio y de Rusia han desaparecido del mercado mundial.
Para contrarrestar la escasez, Estados Unidos ha cerrado un acuerdo con Rusia para comprarle diésel, pese a que las severas sanciones restringen, por lo demás, la capacidad de Moscú de vender energía en el mundo.
En paralelo, el presidente estadounidense, Donald Trump, anunció el 11 de octubre un "alto el fuego energético" entre Rusia y Ucrania. Sin embargo, el presidente ucraniano, Volodymyr Zelenskyy, aseguró que todavía esperaba conocer los detalles del acuerdo.
El nacionalismo de los recursos vuelve a escena
Mientras tanto, la crisis está impulsando una tendencia que amenaza con agravar todavía más la escasez: el llamado "nacionalismo de los recursos". Según los analistas, los principales productores están restringiendo sus exportaciones para garantizar el suministro de sus propios mercados, una estrategia que ha llevado los márgenes de refino, conocidos como crack spreads, a máximos históricos.
El mes pasado, Moscú prorrogó una estricta prohibición de exportar diésel durante el verano y el otoño. Además, advirtió de que los envíos no se recuperarían por completo hasta que se levantaran las sanciones occidentales. China, por su parte, suspendió temporalmente las exportaciones de combustible para dar prioridad a sus reservas nacionales.
La presión también ha alcanzado a los aliados de Washington. Antes de cerrar el acuerdo para importar diésel ruso, Estados Unidos presionó con dureza a sus aliados europeos para que liberaran sus reservas estratégicas, bajo la amenaza de prohibir las exportaciones estadounidenses de este combustible. La advertencia encendió las alarmas en los mercados energéticos mundiales.

Soberanía energética frente a nacionalismo de los recursos
No obstante, no todas las restricciones a las exportaciones responden necesariamente a la misma lógica. Baris Alpaslan, economista y asesor principal de IC Holding, un conglomerado turco con negocios de producción y distribución de energía, distingue entre la soberanía sobre los recursos y el nacionalismo de los recursos.
"Creo que debemos distinguir entre el ejercicio legítimo de la soberanía sobre los recursos y las consecuencias más amplias del nacionalismo de los recursos", explica a TRT World.
Proteger el suministro nacional, sostiene, es una responsabilidad legítima, especialmente durante una crisis de gran magnitud. El problema surge, sin embargo, cuando numerosos países adoptan esa misma estrategia al mismo tiempo.
En ese escenario, las restricciones a las exportaciones pueden trasladar parte del coste económico de una crisis geopolítica a países que apenas han contribuido a provocarla, en particular a las economías más pobres que dependen de las importaciones de combustible en África, Asia y América Latina.
Además, el encarecimiento del diésel repercute rápidamente en los costes del transporte, los precios de los alimentos y la inflación general. Por ello, Alpaslan considera comprensible el malestar en el Sur Global, donde muchos países tienen escasa capacidad para influir en los precios internacionales de la energía y disponen de recursos fiscales limitados para proteger a sus poblaciones frente a las perturbaciones externas.
El resultado de estas decisiones, advierte, puede ser una escasez mundial aún más profunda, cuyo coste recae de manera desproporcionada sobre las economías más pobres y dependientes de las importaciones.

Nuevas líneas de batalla geopolíticas
La competencia por garantizar el suministro también está modificando las relaciones internacionales. Yasar Sari, director del Centro de Estudios Euroasiáticos Heydar Aliyev de la Universidad Ibn Haldun, explica a TRT World que el acceso al diésel está empujando a los países a "formar alianzas en torno al suministro de combustible, en lugar de hacerlo en torno a la ideología".
Para ilustrar esta dinámica, Sari señala el caso de India, que depende de las importaciones para cubrir más del 80% de sus necesidades de crudo. Esta dependencia obliga a Nueva Delhi a equilibrar sus relaciones diplomáticas con las negociaciones dentro de los BRICS, el bloque de economías emergentes integrado mayoritariamente por países del Sur Global.
Las tensiones quedaron de manifiesto en la cumbre de los BRICS celebrada en mayo, que concluyó sin una declaración conjunta y se limitó a mencionar las "diferencias de opinión entre algunos miembros" del bloque. Entre sus integrantes figuran tanto Irán como Emiratos Árabes Unidos.
Para Sari, la ausencia de un comunicado común refleja cómo las cuestiones relacionadas con la seguridad energética están debilitando la cohesión regional.
Al mismo tiempo, China conserva una importante ventaja gracias a sus reservas. Sus inventarios se estiman en 1.490 millones de barriles, compuestos principalmente por crudo, según el experto. Esta capacidad permite a Pekín priorizar el abastecimiento nacional y mantener una posición de ventaja frente a otros países.
Europa, por su parte, dispone de las mayores reservas estratégicas de diésel para emergencias. Francia y Alemania concentran conjuntamente más de un tercio de las reservas estratégicas de la Unión Europea, señala Sari. Las reservas públicas estadounidenses, en cambio, ofrecen como mucho un colchón regional, pero no constituyen una reserva capaz de abastecer al mercado mundial.
Esta diferencia ayuda a explicar la presión de Washington sobre París y Berlín para que recurran a sus existencias. Estados Unidos ha utilizado la posibilidad de restringir sus propias exportaciones de diésel como instrumento de presión, en vísperas de las elecciones de mitad de mandato previstas para la primera semana de noviembre.
De los embargos petroleros a la acumulación de combustible
Para explicar el alcance de esta transformación, Sari recuerda el embargo petrolero árabe de 1973, cuando los productores del Golfo recortaron el suministro a los países que habían respaldado a Israel.
Sin embargo, el experto subraya que la dinámica actual presenta una diferencia fundamental. Si entonces los productores utilizaron el petróleo como instrumento de presión al reducir la oferta, ahora el problema radica cada vez más en la acumulación de combustible por parte de los países importadores.
"La instrumentalización del combustible tiene menos que ver con que los productores retengan el suministro y más con que los importadores lo acaparen: un embargo inverso en el que las naciones vulnerables se apresuran a asegurarse lo que queda", explica.
En este contexto, Alpaslan advierte de que el acceso a la energía se está convirtiendo progresivamente en una fuente de influencia geopolítica. Un Gobierno que carezca de diésel para abastecer sus explotaciones agrícolas, transportar mercancías o generar electricidad puede mostrarse más receptivo a las propuestas de un proveedor capaz de garantizar entregas fiables o condiciones de financiación favorables.
Su preocupación es que la inseguridad energética termine reduciendo el margen de maniobra diplomático de los países más pobres.
"La verdadera prueba consiste en determinar si el acceso a un combustible esencial seguirá rigiéndose principalmente por un comercio fiable y por criterios comerciales, o si se convertirá cada vez más en un instrumento de presión política", sostiene.

Sobrevivir a las guerras y a la crisis energética
Las consecuencias de esta nueva competencia no serán iguales para todos. Sari considera que China y Corea del Sur tienen capacidad para proteger sus mercados internos y limitar las exportaciones, mientras que Indonesia, Filipinas, Bangladesh y Etiopía cuentan con menos margen para hacerlo.
"El acceso al combustible no está provocando una división geopolítica nítida, pero sí está acelerando la fragmentación. La estrategia de supervivencia de cada país depende de sus reservas y de su capacidad de pago", afirma.
La gran incógnita es cuánto tiempo podrá mantenerse esta situación sin provocar daños irreversibles en la economía mundial. A juicio de Sari, el margen para gestionar la crisis sin desencadenar consecuencias catastróficas es reducido: probablemente se mida en semanas, no en meses.
Además, incluso un acuerdo político para poner fin a los conflictos tardaría en traducirse en una recuperación del suministro. El experto recuerda que la liberación de 100 millones de barriles anunciada por el G7 constituye, en esencia, una medida temporal que únicamente permite ganar tiempo.
Poner fin a ambas guerras eliminaría casi de inmediato la prima de riesgo geopolítico incorporada a los precios de la energía, sostiene Sari. Sin embargo, la recuperación física del suministro sería mucho más lenta.
"El restablecimiento del suministro físico llevaría de meses a años debido a los daños en las refinerías, las interrupciones del transporte marítimo y los cambios estructurales en los flujos comerciales", concluye.




















