El Windigo es un monstruo esquelético con un corazón de hielo y un hambre insaciable de carne humana. Con cada bocado que come, su cuerpo y estómago crecen, haciéndose imposibles de saciar. Para la tradición anishinaabe de los pueblos originarios en la región de los Grandes Lagos en Estados Unidos, el Windigo es la representación de una patología antisocial: la de alguien que ve a los demás, a la tierra y a sus recursos como algo que se ha de consumir en lugar de respetar y compartir.
Cuando a Maricarmen, una mujer de 87 años, la desahuciaron del piso en el que había vivido desde los 17 años en el centro de Madrid, y del que nunca había dejado de pagar el alquiler, para que un fondo de inversión especulara con el precio de su vivienda, a media España se le quedó el corazón helado.
La condena a la avaricia en las cosmovisiones tradicionales
Para los andinos quechuas, los glaciares son el lugar donde vagan los condenados tras su muerte, aquellos que mueren sin compartir los recursos comunes ni saldar sus deudas. Aquellos que no devolvieron a la Pachamama, la “Madre Tierra”, lo que habían tomado, violando el principio del Ayni —la sagrada reciprocidad— y creando ruina social.
Maricarmen vivía en un apartamento del centro de Madrid desde 1956, cuando su padre lo alquiló. Tenía 17 años. Desde entonces toda su vida transcurrió en él, junto a su familia. Su madre murió en 2005 y el contrato le fue subrogado a ella. En los 70 años que ella y su familia han vivido en ese piso, nunca han dejado de pagar el alquiler.
En 2018 los propietarios vendieron el edificio al fondo de inversión Renta Corporación, que cotiza en bolsa. Este ofreció la compra del apartamento a Maricarmen, que ya estaba jubilada y que no podía hacer frente a la compra con su pensión. Probablemente viendo la dificultad del caso para sacarle beneficio —una larga batalla legal y la mala publicidad—, el fondo vendió el apartamento a otro fondo más pequeño, Urbagestión, que pidió un incremento del 275% del alquiler, lo que superaba la totalidad de la pensión de Maricarmen.
En la tradición cristiana, la avaricia es uno de los pecados capitales y la “fuente de toda corrupción” (1 Timoteo, 6:10). Los propietarios de Urbagestión eran perfectamente conscientes de la situación del apartamento que compraron y donde Maricarmen llevaba viviendo toda su vida. Es una obligación legal, cuando se vende un inmueble, informar de ello. Lo compraron para especular con el precio.
La crisis financiera de 2008 creó la especulación actual
La especulación inmobiliaria siempre ha existido, pero depende de los gobiernos regularla para que no se dispare. En 2013 el Gobierno de España, entonces en manos del Partido Popular, la reguló, pero en el sentido contrario.
En España, la crisis financiera de 2008 se materializó como la explosión de la burbuja inmobiliaria. Muchos bancos, especialmente cajas, habían concedido mucho crédito para la construcción e hipotecas para la compra. Para financiar esto, los bancos vendían los créditos a otros bancos. A partir de 2008, con la caída del gigante estadounidense Lehman Brothers, el pánico se apoderó de los mercados y ya nadie quería prestar dinero.
En 2007 se construían en España más viviendas que en Francia, Alemania e Italia juntas. Cuando dejó de haber crédito para comprarlas y para financiar las nuevas construcciones, los precios se desplomaron, cayeron casi un 40% en términos reales. Esto afectó de lleno al crecimiento de la economía española así como a la bolsa.
Para evitar que los precios de la vivienda siguieran cayendo y las repercusiones en cadena que esto tenía para toda la economía española, el Gobierno ideó un plan: invitar a fondos de inversión inmobiliaria extranjeros a entrar en el mercado español con grandes beneficios fiscales. Es decir, que vinieran a comprar y vender vivienda en España y pagaran muy pocos impuestos por los beneficios que hicieran.
Un sistema de especulación con la vivienda
Los efectos de esto sobre el mercado de la vivienda no se pueden menospreciar. El principal objetivo de estos fondos es obtener beneficio, como el de cualquier otro negocio, y su beneficio está en que los precios de la vivienda suban constantemente. Compran, suben los precios y venden, generalmente a otros fondos. No importa que sea solo un 1 ó 2 por ciento, cuando hablamos de miles de millones, y repetidamente, es mucho dinero.
Las consecuencias han sido que desde el 2018 el precio de la vivienda se ha encarecido un 70%, y el del alquiler más de un 80% en los últimos diez años. Mientras el salario medio ha subido entre un 18 y un 24%. En muchas ciudades españolas los inquilinos deben dedicar más del 50% de su sueldo al alquiler —en Madrid y Barcelona puede superar el 60%—, cuando el Banco de España y la Unión Europea recomiendan que no sea más del 33% para poder vivir sin ahogos financieros.
El problema de un sistema que alienta la especulación financiera, como ocurrió en España con la entrada de estos fondos de inversión, que muchos denominan “fondos buitre” porque se aprovechan de las situaciones para sacar beneficio, es que el sistema premia a aquellos que actúan de esta manera, reforzando un tipo de comportamiento.
Un sistema de especulación que se extiende
Cuando el sistema refuerza un tipo de comportamiento se crea un fenómeno que en psicología se llama condicionamiento operante. Este concepto, acuñado por el psicólogo estadounidense B. F. Skinner y propio de la psicología cognitivo-conductual, quiere decir que la probabilidad de repetir una conducta depende de las consecuencias de esta. Si las consecuencias son positivas, se repite y se refuerza; si son negativas, se abandona.
Esta lógica -comprar, subir el precio, vender, volver a comprar- es la que se ha establecido en el sistema inmobiliario español. No solo entre los “fondos buitre”, sino en pequeñas empresas, como la que compró el apartamento de Maricarmen para especular con su precio, y hasta en jóvenes emprendedores. Se ha convertido en un fenómeno viral el de aquellos que aconsejan cómo ganar dinero especulando con la vivienda.
La especulación financiera con bienes raíces, entre ellos la vivienda, crea un beneficio material para aquellos que la practican, pero arruina a todos los demás porque acaba creando un monopolio. Comida, vivienda, ropa o salud se convierten en un negocio, no un derecho. Esto es sobre lo que advierten las cosmovisiones tradicionales mencionadas, puesto que tiene como resultado la ruina social.
El problema no es gente avariciosa, sino un sistema que los premia
Maricarmen fue desahuciada el 23 de septiembre de 2026 porque la ley estaba del lado de los propietarios. En 1994 se cambió la regulación de los contratos de renta antigua para que la segunda subrogación solo tuviera una validez de dos años. Aun así y desde 2005, que fue cuando murió su madre teniendo Maricarmen 66 años, los propietarios no hicieron valer esta ley.
Fue solo cuando un fondo de inversión compró su apartamento y luego lo vendió a otro más pequeño cuando esto cambió. Urbagestión pagó 240.000 euros por el piso, su valor de mercado actual es de unos 800.000. Desoyendo ofertas externas para que no ocurriera el desahucio la empresa lo forzó en los tribunales. Este es un ejemplo extremo de algo que ocurre con relativa frecuencia en España.
Solo hay una palabra que puede describir el comportamiento de alguien que echa de su casa a una mujer de 87 años para ganar dinero: avaricia. El problema no es que haya gente avariciosa, siempre la ha habido; el problema es que haya un sistema que premie a los avariciosos.
En el islam, la avaricia es una enfermedad del corazón. Su cura se establece a través de dos vías: prácticas sistémicas estructurales, como el zakat, que facilita la circulación de la riqueza hacia los más pobres; y prácticas personales que nos recuerdan la efímera realidad de este mundo. Todo viene y todo pasa, pero el uso que hacemos de lo que ha venido y cómo dejamos que pase es lo que marca nuestro destino.
A Maricarmen, quizás, no le queden muchos años, podrán pensar quienes se benefician de su desahucio, pero la marca que va a dejar en ellos, y en toda la sociedad, es algo que perdurará muchos más. Es un signo, un recuerdo de por qué todas las tradiciones han condenado la avaricia. Quizás deberíamos escuchar sus advertencias.






















