El supuesto avance de Israel hacia el reconocimiento de Somalilandia no constituye un avance estratégico. Por el contrario, se trata de una peligrosa mala interpretación que corre el riesgo de encender conflictos en todo el Cuerno de África y en la región del mar Rojo.
En lugar de aportar estabilidad o beneficios diplomáticos, una decisión de este tipo acabaría profundizando las fracturas internas, alentando guerras regionales por delegación y debilitando aún más unas dinámicas de seguridad que ya son frágiles.
En este contexto, conviene subrayar que Somalilandia está lejos de ser un territorio políticamente unificado. De hecho, las regiones de SSC Khatuma se han alineado formalmente con la República Federal de Somalia y representan una parte significativa del territorio que Somalilandia reclama como propio.
Al mismo tiempo, la región de Awdal, junto con otras zonas de Somalilandia, ha expresado una firme oposición a cualquier reconocimiento externo unilateral por parte de Israel. Desde su perspectiva, ignorar el consenso interno no solo incrementa el riesgo de empujar a Somalilandia hacia una guerra civil, sino que también intensifica la tensión política entre Somalia y Somalilandia.
Fragmentación interna
En este escenario, el reconocimiento de Somalilandia por parte de Israel podría desencadenar una grave crisis humanitaria, al agravar tensiones ya existentes y abrir la puerta a un conflicto civil.
Como consecuencia, es previsible que se produzcan desplazamientos internos a gran escala, lo que generaría necesidades urgentes en materia de alojamiento, acceso a alimentos y atención médica. Por este motivo, la comunidad internacional debería seguir de cerca la evolución de la situación para evitar un sufrimiento generalizado y apoyar a las comunidades más vulnerables afectadas por la crisis.
Además, la creación del nuevo estado del Noreste dentro de Somalilandia ha supuesto un golpe significativo para la aspiración de lograr el reconocimiento internacional como Estado independiente. Con este desarrollo, cerca del 45% de la superficie total que Somalilandia considera propia queda, en la práctica, fuera de su control, lo que debilita de forma sustancial su coherencia territorial y su integridad política.
De manera paralela, en la región de Awdal, líderes locales están promoviendo la creación de su propio estado miembro dentro de la República Federal de Somalia, lo que refuerza aún más la tendencia hacia la fragmentación.
En conjunto, esta dinámica sugiere que, para cuando Somalilandia pudiera aspirar de manera realista a un reconocimiento internacional, su existencia como entidad política cohesionada ya estaría seriamente amenazada.
A ello se suma el peso de las dinámicas internas de clanes, que complican todavía más cualquier proyecto de independencia. De los cinco grandes clanes presentes en la región, cuatro mantienen posiciones claramente unionistas y defienden la unidad con Somalia. Incluso dentro del clan Isaaq, que representa una parte importante de la población de Somalilandia, la mayoría apoya opciones unionistas. En consecuencia, solo un grupo reducido de élites políticas, junto con determinados apoyos externos, continúa impulsando activamente la secesión.
Así, la combinación de fragmentación territorial y respaldo popular limitado plantea serias dudas sobre la capacidad de Somalilandia para sostener, a corto plazo, un Estado independiente viable y con reconocimiento internacional.
Escalada hacia un conflicto más amplio
Más allá del ámbito estrictamente somalí, las consecuencias geopolíticas de este escenario se proyectan a escala regional. En este sentido, los hutíes han amenazado abiertamente los intereses de Israel en la zona.
Al establecer cualquier tipo de presencia vinculada a Somalilandia e insertarse en uno de los corredores geopolíticos más volátiles del mundo, Israel corre el riesgo de convertir este territorio en una línea de frente dentro de una confrontación regional más amplia. De este modo, se contribuiría a una mayor militarización tanto del mar Rojo como del Cuerno de África.
Asimismo, este movimiento abre la puerta a dinámicas de guerra por delegación. Mientras varios Estados del mar Rojo y del Cuerno de África ya han expresado una fuerte oposición, otros podrían verse empujados a respaldar al Gobierno federal somalí, profundizando la polarización regional.
Como resultado, la formación de alianzas rivales tendería a fracturar la diplomacia regional, debilitar los marcos de seguridad colectiva y socavar los esfuerzos por estabilizar una de las regiones más estratégicamente sensibles de África.
A esto se añade la reacción de los países de mayoría musulmana, que ha sido rápida y firme. La Organización de Cooperación Islámica ha condenado el movimiento, reflejando una indignación generalizada en el mundo islámico. Para muchos actores, este reconocimiento no es únicamente una cuestión diplomática, sino también un asunto religioso y moral, lo que contribuye a un mayor aislamiento de Somalilandia.
El reconocimiento también entraña el riesgo de dañar gravemente la causa palestina. Las acusaciones de que Israel pretende reubicar a 1,5 millones de palestinos en Somalilandia han desviado la atención del conflicto palestino-israelí. Un movimiento de este tipo podría debilitar la capacidad de negociación palestina en el ámbito internacional y, al mismo tiempo, plantear serias preocupaciones éticas relacionadas con posibles reasentamientos forzosos, complicando aún más la estabilidad regional.
Por último, el apoyo abierto de Israel podría generar efectos no previstos. Lejos de debilitar a Somalia, esta iniciativa podría reforzar la unidad nacional somalí al activar llamamientos a una mayor cohesión territorial y política frente a lo que se percibe como una injerencia externa.
En conjunto, la implicación de Israel con Somalilandia no solo revela un error estratégico, sino también una decisión políticamente temeraria. En lugar de acercar a Somalilandia al reconocimiento internacional, corre el riesgo de aislarla aún más y de alterar un equilibrio regional ya de por sí frágil. Al mismo tiempo, y de forma involuntaria, esta maniobra pone de relieve cómo las estrategias cortoplacistas pueden volverse en contra y alimentar nuevas dinámicas de inestabilidad en el Cuerno de África.
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