Nuuk, Groenlandia — Nuuk, la capital de Groenlandia, suele ser una ciudad tranquila. Pero las recientes protestas, descritas como las más grandes de la historia de Groenlandia, rompieron esa calma y dejaron una atmósfera inquietante.
Aunque el fiordo permanece en absoluta quietud, el tema de las conversaciones regresa una y otra vez al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, que insiste en apoderarse de la isla ártica, junto con sus recursos y su pequeña población de 57.000 habitantes.
La renovada insistencia de Trump en que Estados Unidos debe adquirir o controlar Groenlandia transformó una vieja provocación en una ansiedad tangible. Lo que alguna vez se interpretó como una ocurrencia poco seria, ahora se percibe como algo pesado, intrusivo y agotador.
En la capital, la gente habla menos de geopolítica y más de lo que se siente ser tratada como territorio… y no como un pueblo.
Aka Hansen lo siente primero en su cuerpo. La cineasta y escritora ha pasado días atrapada en lo que define como una espiral emocional. “No, no quiero que Trump sea mi presidente jamás. No, tenemos valores tan diferentes. No, gracias. No quiero ninguno de los dólares estadounidenses por mi tierra. No es de ninguno de mis intereses en absoluto. No, gracias”.
Tras una pausa, Hansen continúa intentando poner nombre a esa sensación. “Es realmente difícil entender qué tan serio es esto. Si es algo de lo que deberíamos reírnos o algo por lo que deberíamos llorar. Porque siento todas las emociones, de un extremo al otro. En los últimos días me he sentido asustada, luego aliviada y después cansada”.
Lo que más le agota es la sensación de verse arrastrada a la política de otro país. “Ocupa mucho espacio mental pensar que el presidente de alguien más está tratando de anexar a un pueblo, y específicamente a nuestro pueblo. Así que me hace sentir todas las emociones. Es como una montaña rusa emocional y se siente agotador”.
“Dejen sus manos lejos de Groenlandia”
Pero deja las emociones de lado y su voz se vuelve más firme cuando habla del sentido de pertenencia. “Dejen sus manos lejos de Groenlandia. Groenlandia es nuestra y hemos estado aquí durante muchos, muchos años. Y seguiremos estando aquí en el futuro también”.
Para Hansen, el problema central no es Dinamarca ni Washington. Es el reconocimiento. “Somos un pueblo. Somos, indica el derecho internacional, el pueblo groenlandés. Y somos un país, y todo lo que sucede en el Ártico y en relación con Groenlandia, debería centrarse en el pueblo groenlandés”.
Ahora bien, no rechaza cualquier asociación posible, pero destaca que los términos importan. “Todas las naciones que quieran asociarse con el pueblo groenlandés con ese objetivo son bienvenidas. Estamos abiertos a los negocios”, dice.
Ahora bien, rechaza que Groenlandia sea reducida a una casilla estratégica en un tablero global. “Se habla de Groenlandia casi como si fuera solo una pieza de un rompecabezas, en lugar de una nación con un pueblo que tiene sus propias visiones, ambiciones y objetivos”, señala.
La semana pasada, miles de personas marcharon sobre nieve y hielo para tomar posición contra Trump, en protestas consideradas las más grandes de la historia de la isla.
Los manifestantes protestaron con pancartas y banderas, coreando “Groenlandia no está en venta”, para defender su autogobierno contra una posible toma de control estadounidense.
El territorio, gobernado desde Copenhague durante siglos, obtuvo autonomía en 1979, aunque sigue siendo parte de Dinamarca, que supervisa la defensa, la política exterior y financia su administración.
Trump dice que no hay evidencia documental que respalde la soberanía danesa sobre Groenlandia, afirmando que “el hecho de que un barco haya aterrizado allí hace 500 años no significa que sean dueños de la tierra”.
Derecho a la autodeterminación
Dentro del Parlamento, el mensaje es más directo pero, en el fondo, coincide. Juno Berthelsen, del partido Naleraq, describe el momento como una prueba para los principios y la legalidad.
“Es muy importante que centremos nuestra atención. El mundo entero está mirando al pueblo groenlandés. Debemos seguir y apegarnos al derecho internacional”.
Para él, la autodeterminación no es abstracta. “Somos, según el derecho internacional, groenlandeses y nuestro camino hacia la independencia y nuestro derecho a la autodeterminación deben estar en el centro de lo que está ocurriendo. Todas las naciones del mundo necesitan escuchar eso”.
Bo Martinsen, del gobernante Partido Demokraatit, lleva la discusión a la vida diaria. Se ríe brevemente cuando se le pregunta sobre el dinero. Pero luego se pone completamente serio. “No se le puede poner un precio a una vida. Es tan irrespetuoso. Ni siquiera 100 millones de dólares me harían elegir otro lugar. Mi vida no está en venta”.
Mira hacia afuera, hacia la vastedad que define a Groenlandia más que cualquier bandera. “Cada día cuando me despierto, siento que soy la persona más rica del mundo. ¿Alguna vez has experimentado una naturaleza como esta? ¿Alguna vez has experimentado tanto espacio, aire tan limpio? No puedes comprar eso con dinero”.
Y repite, de manera deliberada. “Yo no estoy en venta, ni tampoco mis compatriotas”.
“Quiero la independencia”
Para Najannguaq Hegelund, experta en derecho y madre, la crisis dejó de ser solo política y entró en su casa. “Quiero la independencia. Quiero que Groenlandia sea independiente en algún momento, cuando estemos listos”, afirma.
Pero el momento importa. “Si no podemos lograrlo en diez, cinco años o mañana, prefiero que sigamos bajo el reino de Dinamarca un poco más”, dice Hegelund, presidenta de Sila 360, una ONG de derechos legales.
En este contexto, la propuesta estadounidense no le resulta atractiva. “No, eso no es ni cerca suficiente. Es incluso peor que el acuerdo que tenemos con el arreglo que tenemos con Dinamarca en este momento”.
Lo que le asusta ahora no es solo la retórica, sino su impacto en los niños. “Han sido días muy, muy desafiantes donde ha habido mucha incertidumbre sobre qué debemos hacer, para qué debemos prepararnos”.
Al decir lo siguiente, baja la voz. “Mis hijos están asustados. Tienen miedo de que vengan soldados estadounidenses a Groenlandia y me hacen preguntas que no puedo responder”.
Esas dudas aparecen por la noche. “Me preguntan ‘¿dispararán?’. Y no sé si van a disparar. Me preguntan ‘¿vienen?’. Y lo siento, no puedo decir que no, porque no lo sé”.
Dormir se vuelve difícil. “Mis hijos están muy asustados, y tienen miedo de irse a dormir por la noche porque no saben con qué se van a despertar”.
“Somos independientes”
En los suburbios de Nuuk, Larna, capataz de cangrejo de las nieves, responde de forma tan simple como desafiante. “No estamos en venta. Somos independientes. Amamos nuestro país. Tendremos una Groenlandia libre, libre”.
Aún así, admite estar nerviosa. “Me siento nerviosa porque muchos ejércitos están llegando hoy y ayer. Vendrán muchos soldados para proteger Groenlandia, y eso me pone nerviosa”.
Consultada sobre la posibilidad de que el dinero cambie opiniones, lo niega de plano. “De ninguna manera. No lo acepto. Aquí hay libertad. Nunca quisimos dinero. No, gracias”.
En Nuuk, el mensaje se repite con distintas voces y ritmos. Los groenlandeses no niegan el interés global en el Ártico. Exigen algo más básico: que se les hable a ellos, y no que se hable por ellos.














