En Gaza, el miedo se sienta a la mesa: así se siente el trauma del hambre y la escasez
GENOCIDIO EN GAZA
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En Gaza, el miedo se sienta a la mesa: así se siente el trauma del hambre y la escasezLa hambruna prolongada en Gaza ha alterado la relación con la comida para muchos palestinos. Arwa, quien vive en Jan Yunis, cuenta cómo la ansiedad y el miedo siguen presentes en cada bocado, mientras especialistas explican los efectos a largo plazo.
Palestinos se reúnen para recibir alimentos de un comedor benéfico en Deir Al-Balah, Gaza. Foto de archivo. / Reuters
hace 18 horas

Arwa está sentada a la mesa, pero no en calma. Frente a ella, en su casa de Jan Yunis, Gaza, hay comida: pollo que llevaba meses sin probar. El plato está lleno, pero no es capaz de disfrutarlo, le invade la ansiedad. Mientras mastica, su mente no se concentra en el sabor, sino en una pregunta persistente y agotadora: “¿Cuánto tiempo pasará antes de que la comida vuelva a faltar?”.

Vive con su madre y sus hermanos, es la mayor de cinco. Profesora de árabe, risueña y de una positividad contagiosa, durante años encontró en la cocina una forma de amor y refugio: disfrutaba experimentando con recetas nuevas y compartiendo sabores con sus seres queridos. Con voz dulce, hoy, dice, ya no se reconoce. Su relación con la comida ha cambiado para siempre.

Durante los más de dos años de la ofensiva genocida de Israel en el enclave, la población palestina sobrevivió con lo mínimo. La comida escaseaba y las familias pasaban días enteros sin poder alimentarse con normalidad, eso las que no habían ya muerto por el hambre. Cuando en octubre de 2025 llegó el supuesto alto el fuego había una expectativa clara: después del hambre, vendría el alivio. Pero la realidad fue muy distinta. 

En los supermercados no aparecieron frutas frescas, verduras variadas. Ni rastro de carne, huevos o pollo. Lo que llenó las estanterías fueron alimentos ultraprocesados: fideos instantáneos, pizzas congeladas, galletas, chocolates, helados, conservas, refrescos.

La ansiedad sentada a la mesa

Después de una privación tan extrema, podría pensarse que volver a tener comida entre las manos haría feliz a cualquiera. Pero el cuerpo y la mente son mucho más complejas.

Para Arwa, comer es ahora un acto atravesado por la ansiedad. En mitad de la comida aparece el miedo: “No sé si voy a volver a comer esto”. La posibilidad de que la escasez regrese se infiltra en cada bocado. La comida deja de ser disfrute y pasa a ser cálculo, anticipación, supervivencia.

Le cuesta encontrar las palabras para describir lo que siente. “La comida es dolor. Cuanto más la disfruto, peor se siente, porque estoy disfrutando algo que puede que deje de estar disponible”, comparte. 

Esta reacción no es excepcional. La psicóloga clínica Clara Díaz explica a TRT Español que una relación ansiosa con la comida es una respuesta esperable tras periodos prolongados de hambre e inseguridad. Cuando la comida ha sido escasa y, además, utilizada como herramienta de control político, la mente aprende a asociarla con amenaza, no con alivio, detalla. El cuerpo se alimenta, pero permanece en estado de alerta.

“Cuando comer ha estado asociado durante un periodo prolongado a la urgencia de sobrevivir y no al disfrute, la comida se convierte en un recordatorio del trauma vivido. Esto dificulta que el placer reaparezca inmediatamente, aunque las circunstancias cambien”.

La psicóloga Mar Pérez, especializada en trastornos de la conducta alimentaria, lo formula de manera contundente: “El trauma no termina cuando el peligro cesa, termina cuando el cuerpo aprende que ya no necesita defenderse”. En conversación con TRT Español señala sobre el caso de Arwa que “aunque la comida haya vuelto”, ella “sigue hipervigilante porque ha aprendido que puede desaparecer en cualquier momento, anticipando la pérdida por si se la arrebatan otra vez, asociando el acto de comer con el hambre, el dolor, la precariedad y la pérdida”. 

En ese contexto, la ansiedad aparece de forma automática, y con ella se vuelve imposible que emerja el placer. “El placer implica bajar la guardia, relajarse”, señala Pérez, “y la ansiedad es justamente lo contrario”. Son experiencias incompatibles: no pueden darse al mismo tiempo. Comer deja de ser un acto presente y se convierte en una amenaza proyectada hacia el futuro.

“Hay dos tipos de comidas: la que quieres comer y la que tienes que comer”, indica Arwa. “A veces es una tortura. No quieres, pero sabes que tienes que hacerlo. Piensas en cómo vas a aguantar el día, en cómo vas a sobrevivir si no comes. Necesitas la comida, pero la tomas odiando cada segundo. A veces, ni siquiera logro comer”. 

Snacks, azúcar y la ilusión de seguridad

Tras meses en los que prácticamente lo único disponible eran alimentos enlatados y ultraprocesados, el cuerpo aprende que lo seguro no es lo nutritivo, sino lo constante.

“Ahora la comida buena no me tienta como lo hacen los snacks”, dice Arwa. No es una elección consciente, es una reacción corporal. Por un lado, los ultraprocesados envían señales rápidas de energía y seguridad. Un cuerpo expuesto a hambre prolongada, combinado con un estado constante de alerta, activa mecanismos de supervivencia en el cuerpo. Así, el organismo empieza a priorizar alimentos de absorción energética rápida, como azúcar o grasas refinadas, porque prometen una sensación inmediata de seguridad, como explica Díaz. 

Por otro lado, están siempre ahí. Lo único que entró a Gaza durante meses eran snacks y comida chatarra, productos enlatados. El cuerpo se adapta y aprende que esa es la norma, que eso no desaparece, por tanto, se convierte en seguro. Mientras, las verduras, la carne, la comida realmente nutritiva, aparece y desaparece al capricho de un estado genocida. Así, se convierte en insegura. Y ese significado se forja en la mente de las personas. 

De hecho, la propia Arwa opina que esta es la estrategia deliberada de Israel: destruir la moral de la población hasta el punto de impedir incluso el disfrute de la comida; empujar a las personas a perderse en la comida basura, a volverse dependientes de ella. “Es hambruna controlada, controlan lo que podemos tomar”. 

Y su percepción no está lejos de la realidad. Como explica la psicóloga Mar Pérez, este tipo de asociaciones pueden consolidarse con facilidad en contextos de trauma extremo: “Los ultraprocesados fueron la única comida disponible durante meses. Aliviaron temporalmente el malestar del hambre en condiciones de extrema precariedad y crueldad. Por eso se han asociado con predictibilidad y seguridad, y por lo tanto, con supervivencia”.

Así, al consumir este tipo de alimentos, la respuesta de ansiedad en el cuerpo es menor: no requieren planificación, no activan el miedo a la pérdida. Además, añade Pérez, si antes del genocidio Arwa disfrutaba cocinando, los alimentos frescos pueden conectarla con su vida anterior y con el dolor de todo lo que ha perdido. Los ultraprocesados, en cambio, no evocan esa memoria: no pertenecen a un pasado que duele tanto.

De este modo, la llamada “comida basura” no solo alimenta el cuerpo de forma precaria, sino que funciona como un anestésico emocional en un entorno donde nada es estable. Una ilusión de seguridad en medio de una vida colmada de incertidumbre.

El impacto real de la hambruna: mente y cuerpo

Las consecuencias de la falta de comida no se limitan al estómago.

Arwa habla de un deterioro generalizado: se siente más irritable, su memoria falla, le cuesta pensar con claridad y ser creativa. “Te sientes más lenta, más tonta”, dice sin rodeos. Nota que su cuerpo y su mente ya no responden como antes. “Antes era más tranquila, ahora mi cuerpo reacciona muy rápido, soy mucho más reactiva”. 

La comida no solo alimenta: sostiene la capacidad de pensar, de regular emociones, de sentirse humano. Cuando falta, o cuando se vuelve insegura, todo el sistema empieza a ceder. Los síntomas que Arwa describe son, de acuerdo a ambas psicólogas, coherentes con la experiencia vivida, donde ha existido trauma sostenido, estrés crónico y un déficit energético prolongado en el tiempo. 

Y Arwa no es la única. Desde el Hospital Nasser de Jan Yunis, el doctor Abdurrahman Hanuda identifica un deterioro físico generalizado en sus pacientes provocado por la falta de minerales, vitaminas, sales y nutrientes esenciales: debilidad extrema, pérdida de masa corporal y agotamiento constante. 

“Muchos pacientes dicen que no pueden levantarse, cargar objetos o permanecer de pie. Sienten que su cuerpo ya no es fuerte y resistente como antes”, explica. 

“Además, se observa fatiga general, debilidad extrema, mareos persistentes, anemia, cansancio constante. Todo esto es consecuencia directa de la hambruna. También aumentaron los dolores articulares, musculares, dolores corporales generalizados y el dolor de cabeza crónico”. 

Asimismo, el doctor advierte que los efectos de una hambruna de esta magnitud no se revierten en semanas: “La compensación de deficiencias que se produjeron durante ese periodo no se logra en uno o dos meses. Una hambruna tan prolongada requiere de un tiempo igual o incluso mayor para poder recuperarse”. 

La doctora Samar Al-Batta, también del Hospital Nasser, señala que uno de los aspectos más preocupantes es la aparición de un agotamiento profundo e inexplicable, incluso en personas que no presentan una enfermedad clara que lo justifique. “Observamos adelgazamiento, debilidad general, letargo y, en muchos casos, alteraciones importantes del estado psicológico”, explica.

Como apunta la psicóloga Clara Díaz, “la relación intestino-cerebro es bidireccional: una mala nutrición impacta en nuestro funcionamiento cognitivo y emocional, afectando al estado de ánimo, la concentración... y, a su vez, una relación problemática con la comida tiene efectos en nuestro cuerpo: desregulación de señales de hambre y saciedad, déficits nutricionales como anemia, alteraciones metabólicas”.

El resultado es un círculo vicioso de malestar físico y psicológico que no se rompe simplemente con la reaparición de los alimentos. El hambre deja huellas profundas en el cuerpo, pero también en la manera de habitarlo.

Una herida que no se cierra al volver la comida

“No puedo comer pensando de la misma manera que antes del 7 de octubre”, reflexiona Arwa. “Antes pensaba en la comida como algo suave, algo que te llena, algo que te nutre, algo que puede cuidarte. Ahora pienso en la comida como un medio de supervivencia. Mientras estoy comiendo, no puedo dejar de pensar que quizá, en algún momento, van quitarnos la comida de nuevo”.

Los efectos de la hambruna no desaparecen cuando vuelve el alimento. Permanecen en el cuerpo, en la memoria, en la forma de mirar un plato. Para Arwa —y para alrededor de dos millones de personas en Gaza— la relación con la comida no está simplemente dañada: está rota. Y no hay alto el fuego que, por sí solo, pueda repararla.

La recuperación no consiste únicamente en que vuelva la comida, sino en que el cuerpo pueda aprender, poco a poco y a través de la repetición, que el alimento permanece y que necesitarlo no es vergonzoso, explica Pérez. 

Pero nada de eso es posible mientras la comida siga siendo un privilegio intermitente y no un derecho garantizado. Por eso, empieza mucho antes del plato. Empieza cuando Israel cumpla con el derecho internacional, permita la entrada sostenida de ayuda humanitaria, facilite la reconstrucción, y deje de convertir el hambre en un arma. Hasta entonces, incluso con comida en la mesa, la hambruna seguirá sentada a su lado.

Roba Tayeim colaboró en este artículo con entrevistas en el Hospital Nasser de Jan Yunis, Gaza.

FUENTE:TRT Español