Suleiman Abdeljabbar recuerda cuando el Bosque de Kandowa era tan denso, lleno de acacias y caobas, que caminar desde su barrio en Majok hasta ese lugar era como entrar a otro mundo.
Durante años, recorrió los siete kilómetros hacia el oeste desde su hogar, seleccionando cuidadosamente solo los árboles muertos y caídos para venderlos como leña en los mercados de Nyala, la capital de Darfur del Sur.
“Al principio, solo buscábamos los árboles secos”, comenta Abdeljabbar, de 47 años, en cuyas manos se revelan los callos de décadas de trabajo. “Nadie quería destruir el bosque. Solo tomábamos lo que la naturaleza ya había entregado”.
Pero para 2015, el Bosque de Kandowa —con sus 1.385 hectáreas completas— había desaparecido por completo.
La desaparición de bosques como este refleja una catástrofe ambiental más amplia que se desarrolla en todo Darfur del Sur, donde se ha perdido más del 70% de la cobertura forestal sólo durante la última década, según funcionarios locales.
Lo que alguna vez llegó a ser uno de los cinturones forestales más densos de Sudán, con bosques que cubrían 63% del estado, se ha reducido a arboledas dispersas y tierra árida. Un lugar despojado por años de conflicto, desplazamiento masivo y una aguda escasez de combustible para cocinar.
Según los habitantes, los bosques de Darfur del Sur se encuentran entre los recursos naturales más vitales de la región, pues son la base de la vida económica, social y ambiental del estado.
Los árboles ayudan a estabilizar el suelo, reduciendo la erosión causada por las fuertes lluvias y los vientos intensos, al tiempo que moderan las temperaturas y aumentan la humedad, condiciones que sustentan tanto la agricultura de secano como la agricultura de subsistencia para las comunidades que dependen de la tierra para vivir.
La violencia que estalló entre las Fuerzas Armadas Sudanesas y las Fuerzas de Apoyo Rápido en abril de 2023 solo ha acelerado la destrucción ambiental, empujando a familias desesperadas a buscar más profundamente en lo que queda de los bosques. Con los suministros de gas cortados y los precios del carbón disparándose por cinco, la supervivencia misma ahora depende de la tala de árboles.
Una crisis gestada por décadas
Ahora bien, el declive comenzó mucho antes de la guerra actual. El conflicto de Darfur que estalló en 2003 desencadenó olas de desplazamiento que ejercieron una presión sin precedentes sobre los bosques de la región. El Bosque de Kandowa, plantado en 1956 y que alguna vez se extendió a lo largo de 1.355 hectáreas de caoba, combretum y acacia, sufrió la destrucción de sus viveros y pozos a manos de la violencia.
En todo Darfur del Sur, los funcionarios reconocen que 73 bosques reservados han sido degradados o eliminados. Global Forest Watch, un sistema en línea de monitoreo y alerta forestal, ha registrado la pérdida de 10.500 hectáreas, aproximadamente el tamaño de Barcelona, solo en las últimas dos décadas.
La crisis alcanzó un punto crítico cuando los enfrentamientos cerraron la refinería de petróleo de Al-Jili, cerca de Jartum, el año pasado. La instalación suministraba el 50% del gas para cocinar de Sudán. Casi de la noche a la mañana, las familias que dependían de cilindros de gas asequibles se encontraron sin otra opción que regresar a la leña y el carbón.
“Esa escasez ha conducido a muchos jóvenes a los bosques para talar árboles y vender la madera, ya sea para carpintería o como combustible”, explicó Shakir Omar, de 41 años, profesor de estudios ambientales en Nyala.
Una sola bolsa de carbón ahora cuesta alrededor de 8,3 dólares, casi ocho veces el precio que tenía antes de la guerra. Para los jóvenes que enfrentan el desempleo en una economía en colapso, los bosques ofrecen una de las pocas fuentes de ingresos restantes.
Omar dijo que muchos en su vecindario enfrentaban una sombría elección: o unirse a la lucha o dirigirse a los bosques con un hacha.
El desplazamiento masivo ha agravado la presión. El extenso campamento de Kalma, hogar de decenas de miles que huyeron del conflicto de Darfur, se encuentra a solo dos kilómetros de donde alguna vez estuvo el Bosque de Kandowa. Sus residentes, como las personas desplazadas en toda la región, dependen casi por completo de la madera y el carbón para cocinar y calentarse.
“La demanda de madera en campamentos como Kalma fue enorme”, dijo Khaldi Fathi Salim, ingeniero agrícola del Ministerio de Agricultura de Darfur del Sur. “Bosques enteros fueron arrasados para satisfacer la necesidad de refugio, cocina y calefacción”, apuntó.
"Si mueren los bosques, morimos nosotros también"
Abdeljabbar expresó que la transformación del comercio de leña lo ha perseguido. Antes de 2003, solo un puñado de personas en Nyala se ganaban la vida vendiendo madera. Después de que comenzó el conflicto, cientos se unieron al negocio a medida que los sustentos de vida tradicionales desaparecían.
Ahora, con la desaparición de la mayoría de los bosques que tenían un fácil acceso, los comerciantes que alguna vez se enorgulleceron de cosechar solo madera muerta se han visto obligados a cortar árboles vivos. Los bosques más cercanos están a distancias cada vez mayores de la ciudad, y lo que queda se vuelve más escaso con cada temporada.
“No queremos dañar la tierra”, dijo Abdeljabbar. "Pero si mueren los bosques, morimos nosotros también".
Los expertos ambientales explican que este patrón se ha repetido en toda la región. Aladdin Yousif, quien ha estudiado los bosques de Sudán durante años, señaló que el Bosque de Karadeto en Darfur Central, el Bosque de Tor en el Oeste de Jebel Marra, y decenas de otros han sido sistemáticamente talados mientras el conflicto persiste.
Incluso las Fuerzas Armadas Sudanesas contribuyeron a la destrucción, dijo. Algunas unidades militares talaron árboles con el objetivo de despejar caminos para operaciones en las montañas de Jebel Marra, mientras que otras se dedicaron a la tala comercial, capitalizando la valiosa madera de coníferas de la región.
“El conflicto no solo destruye vidas”, dijo Yousif. “Destruye la tierra misma que sustenta esas vidas”.
Los renovados combates que comenzaron en abril de 2023 han traído una devastación más. El Bosque de Neem en Darfur del Sur, donde las familias alguna vez descansaron a la sombra en la larga estación seca y los niños jugaron bajo las frutas colgantes en las ramas, ha sido completamente arrasado. En Ad al-Fursan, alrededor del 67% de la cobertura forestal desapareció en solo dos años.
Con las entidades ambientales y forestales paralizadas por la guerra, la tala de árboles ahora ocurre sin permisos ni supervisión, advirtió Omar. Los residentes locales confirman que las regulaciones ya no se cumplen.
“Nadie tiene permitido tocar un solo árbol sin un permiso del Departamento de Bosques”, dijo Omar Adam, quien vive cerca de uno de los bosques restantes. “Pero ahora, con la guerra y el colapso de la administración local, no hay nadie que los detenga. La gente simplemente está aprovechándose del caos”, completó.
Salim, quien también forma parte del consejo presidencial del gobierno de la Alianza Fundacional Paralela, describió que su estado se enfrenta a “un colapso ambiental sin precedentes”. Las consecuencias, advirtió, se extienden mucho más allá de las fronteras de Darfur del Sur.
La deforestación libera décadas de carbono almacenado a la atmósfera, contribuyendo al calentamiento global, al tiempo que interrumpe los patrones de lluvia, acelera la erosión del suelo y destruye hábitats.
En el sur de Nyala, en Buram, incluso los árboles de acacia y de celtis tala, que alguna vez impulsaron el comercio de goma arábiga de Sudán, están desapareciendo, amenazando los medios de vida de agricultores y pastores.
“Sin árboles, la tierra se seca, el viento arrasa el suelo y los cultivos fallan”, dijo Salim. “Es una reacción en cadena”.
En Ton, un área rural a unos 30 kilómetros al oeste de la ciudad, Salim estima que los bosques que cubrían casi 9.700 hectáreas han desaparecido casi por completo, mientras que los de Hamada y Kass han sufrido una destrucción generalizada.
Queda un camino difícil
Restaurar los bosques de Darfur del Sur en medio de la violencia continua, el colapso estatal y la pobreza profunda es un desafío enorme, pero los expertos creen que algunas medidas podrían frenar la destrucción.
Yousif aboga por introducir fuentes alternativas de ingresos para reducir la presión sobre los bosques, promover el biogás y cocinas mejoradas para disminuir la dependencia del combustible de madera, y fomentar la reforestación liderada por la comunidad a través de grupos agrícolas locales.
“La gente en Darfur siempre ha vivido cerca de su tierra”, dijo. “Si podemos darles los medios para protegerla, serán los primeros en recuperarla”.
Salim delineó un enfoque más integral: hacer asequibles las fuentes de energía alternativa como el gas y la energía solar, lanzar una reforestación a gran escala con árboles nativos resistentes a la sequía, y hacer cumplir leyes ambientales más estrictas para combatir la tala ilegal y el contrabando de madera. La educación pública sobre por qué importan los bosques, agregó, es tan vital como la aplicación de la ley misma.
En última instancia, argumentó, la recuperación ambiental depende de abordar el conflicto que impulsa la destrucción. “Si la gente no tiene paz, ni empleos, ni energía, seguirán cortando árboles”, explicó. “La guerra contra el medio ambiente solo terminará cuando termine la guerra contra la gente”.
Las Fuerzas de Apoyo Rápido, que han controlado el Darfur del Sur desde octubre de 2024, emitieron un comunicado en respuesta a la protesta pública, negando su participación en la tala reciente e insistiendo en que "solo dos árboles" habían sido cortados, ambos ya muertos por los combates recientes.
Para muchos residentes de Nyala, tales comentarios suenan huecos.
“Siempre comienza con unos pocos árboles”, dijo Adam, sacudiendo la cabeza. “Luego un día te despiertas, y el bosque ha desaparecido”.
Este artículo se publicó en colaboración con Egab.
















