China anunció el mes pasado un ambicioso plan quinquenal para desplegar centros de datos que floten a 800 km sobre la Tierra.
Semanas después, el multimillonario estadounidense Elon Musk reveló planes similares, comenzó a recaudar fondos de forma agresiva para impulsar las ambiciones de centros de datos orbitales de SpaceX, en medio de una reciente fusión y ante una inminente oferta pública de acciones.
Analistas interpretan los últimos desarrollos como un movimiento estratégico para construir centros de datos en el espacio, donde la infraestructura de inteligencia artificial (IA) puede escalar sin las limitaciones físicas y energéticas de la Tierra.
A medida que la demanda de IA se dispara, empresas como SpaceX y Google compiten por llevar infraestructura informática a la órbita. El traslado de estos sistemas, que consumen enormes cantidades de energía, promete acceso casi ilimitado a energía solar y operaciones más eficientes gracias al frío del vacío espacial.
El impulso responde a un problema concreto: los centros de datos terrestres ya operan bajo una presión extrema por el apetito energético de la IA. Entrenar modelos avanzados requiere tanta electricidad como la necesaria para abastecer a cientos de miles de hogares durante un año.
Esto obliga a las empresas de IA a depender de vastos que restan capacidad a las redes eléctricas y consumen grandes cantidades de agua para operaciones de refrigeración.
En zonas cercanas a estos centros, el precio de la electricidad aumentó un 267% en los últimos cinco años.
En paralelo, un centro de datos promedio de 100 megavatios en Estados Unidos consume alrededor de dos millones de litros de agua por día, una cifra equivalente al uso diario de unos 6.500 hogares.
Musk ha sido especialmente explícito sobre los centros de datos espaciales. A fines de 2025, escribió en X que SpaceX “estará construyendo” centros de datos en el espacio mediante la expansión de sus satélites Starlink V3 de próxima generación, equipados con enlaces láser de alta velocidad para la transferencia de datos.
Lanzados por el cohete Starship, estos satélites formarán constelaciones en el espacio y funcionarán como supercomputadoras flotantes.
Musk proyecta llevar 100 gigavatios de energía a la órbita terrestre alta en un plazo de cuatro a cinco años, con la posibilidad de escalar hasta 100 teravatios desde una base lunar. Para financiar este plan, prevé recaudar 25 mil millones de dólares mediante la venta de acciones de SpaceX en los próximos meses.
Además de SpaceX de Musk, Google también está apuntando a establecer centros de datos en el espacio con el Proyecto Suncatcher, una iniciativa de investigación que explora redes satelitales alimentadas por energía solar equipadas con chips de IA.
Ubicadas en órbitas sincrónicas con el sol –trayectorias que mantienen a los satélites casi siempre expuestos a la luz solar–, estas redes satelitales pueden generar energía hasta ocho veces más eficientemente que los paneles solares terrestres, al no verse afectadas por la noche ni por las nubes.
Así, Google planea lanzar dos satélites prototipo a principios de 2027. Calificándolo como un “proyecto ambicioso”, el director ejecutivo de la compañía, Sundar Pichai, anticipó que los centros de datos espaciales serán tan comunes como los actuales servidores en la nube dentro de una década.
Más de una docena de otros actores, incluido OpenAI, desarrollador de ChatGPT, también apuestan por centros de datos orbitales para sostener su crecimiento en la era de la IA.
Los centros de datos orbitales traerán enormes beneficios a las empresas de IA. El espacio ofrece refrigeración pasiva, ya que el calor se irradiará directamente al vacío sin necesidad de ventiladores o agua. Además, los enlaces láser entre satélites permiten transferencias de datos más rápidas que la fibra óptica terrestre.
Para las empresas, esto significa liberarse de las limitaciones terrestres, permitiendo un entrenamiento más rápido de modelos de IA, que son centrales para el crecimiento y la innovación.
Abundan los desafíos
A pesar del optimismo expresado por las grandes empresas de IA, muchos analistas advierten que el camino hacia la IA orbital está plagado de obstáculos.
Jermaine Gutierrez, investigador asociado del Instituto Europeo de Política Espacial (ESPI), en Austria, dijo a TRT World que la gestión térmica en el espacio es el “desafío principal” que enfrentarán las compañías de IA.
Los chips de IA generan cantidades intensas de calor. En el vacío del espacio, enfriarlos mediante flujo de aire es un desafío, ya que se complica la reducción de su temperatura.
En otras palabras, los centros de datos en órbita necesitarán radiadores de gran escala para irradiar ese calor lejos de los chips. “En órbita, el calor debe disiparse mediante radiación”, explicó Gutierrez.
Con las altas densidades de potencia que exige el entrenamiento de IA, irradiar ese calor se convierte en un problema de “megaestructura”, que no puede resolverse simplemente con un disipador más grande, afirmó. Por eso, los equipos del ESPI están “muy enfocados” en resolver el desafío del radiador, añadió.
Los costos de lanzamiento suman otra capa de dificultades para los centros de datos orbitales. Gutierrez señaló que, hasta que los precios caigan a unos 200 dólares por kilogramo, gracias a cohetes reutilizables como Starship, la asequibilidad seguirá siendo un problema.
Ozan Ahmet Cetin, experto en tecnologías emergentes e investigador del think tank SETA, coincide en que la disipación del calor es la “restricción central” para establecer centros de datos en órbita.

Según explicó, la generación de energía requiere vastos paneles solares y baterías capaces de cubrir los eclipses orbitales, mientras que la radiación degrada la electrónica, lo que obliga a incorporar blindaje adicional y software tolerante a fallos. “Estos desafíos no son insuperables, pero exigen resolverse de manera simultánea”, afirmó Cetin a TRT World.
Sobre los plazos, ambos expertos moderan las expectativas. Gutierrez prevé pequeñas demostraciones y primeros servicios hacia 2027, como la computación de borde, que procesa datos directamente en órbita para evitar transmisiones lentas hacia la Tierra. Sin embargo, las verdaderas instalaciones de entrenamiento de IA a hiperescala están, según dijo, a décadas de distancia.
El investigador delineó un despliegue por fases: plataformas de sub-megavatio a finales de la década de 2020 y comienzos de la de 2030 para tareas especializadas; sistemas de decenas a cientos de megavatios a mediados de la década de 2030, si los costos de lanzamiento se reducen drásticamente; y una escala de gigavatios recién en la década de 2040 o más adelante.
“Con todo, los centros de datos espaciales a escala de gigavatios siguen estando a décadas de distancia, incluso antes de considerar factores políticos, financieros e industriales”, advirtió Gutierrez.
Cetin compartió esta visión y pronosticó pequeños nodos orbitales hacia finales de la década de 2020 para cargas de trabajo de nicho. Sin embargo, señaló que grandes complejos comparables a los terrestres son poco probables en el corto plazo.
“Los centros de datos orbitales que se asemejen significativamente a las instalaciones terrestres de IA a hiperescala son poco probables dentro de los próximos cinco años”, afirmó que las tecnologías térmicas, de energía, ensamblaje y mantenimiento “no maduran al mismo tiempo”.
Estas proyecciones coinciden con las visiones de la industria. Los prototipos que Google planea lanzar en 2027 son pruebas, no despliegues completos, y expertos de instituciones como la Universidad Northeastern ven los centros de datos operacionales a años de distancia.
No es una panacea ambiental
Desde el punto de vista ambiental, los centros de datos espaciales prometen un alivio considerable, dadas las enormes necesidades energéticas de las instalaciones convencionales en la Tierra.
Gutierrez señala tres “válvulas de presión ambiental”: la energía solar continua evitará la sobrecarga de las redes terrestres, el enfriamiento radiativo eliminará el uso de agua dulce, y las configuraciones orbitales liberarán grandes extensiones de tierra para otros usos.
Sin embargo, estos centros no constituyen una panacea ambiental. Gutierrez advierte sobre impactos como las emisiones iniciales derivadas de la fabricación de cohetes, el aumento de lanzamientos y la basura espacial.
“Si los centros de datos terrestres ya funcionan con energía limpia más enfriamiento avanzado, el beneficio marginal de trasladar la computación fuera del planeta se reduce”, dice.
Cetin señala que aunque los sistemas orbitales evitan el enfriamiento que consume agua intensivamente y la sobrecarga de la red, introducen costos de ciclo de vida asociados a los cohetes y reemplazos. También destacó preocupaciones no climáticas, como la congestión orbital.
“Como reemplazo total de la infraestructura terrestre de IA, su ventaja ambiental sigue siendo incierta”, aseguró.
Gutierrez enumeró como factores críticos la reutilización de cargas pesadas de bajo costo, radiadores avanzados y robótica en órbita para ensamblaje y mantenimiento. Según explicó, innovaciones potenciales –como los tan promocionados radiadores plegables de Musk– son transferibles, pero se difunden lentamente debido a ciclos de prueba, controles de exportación y desafíos de integración.
Cetin coincidió y subrayó que la replicación en el sector espacial es “raramente inmediata”, debido a barreras como los derechos de propiedad intelectual, los controles de exportación y la madurez desigual de las cadenas de suministro.
Estimó que actores bien capitalizados pueden replicar diseños en dos a cuatro años, mientras que una adopción más amplia puede tardar entre cinco y diez años. “La calidad de ejecución y la experiencia en integración siguen siendo diferenciadores duraderos”, concluyó.










