Cuba, un país insular caribeño, y EE.UU., la potencia dominante de las Américas, han mantenido una marcada distancia desde que el líder revolucionario comunista Fidel Castro derrocó al gobierno proestadounidense de Fulgencio Batista en 1959.
La larga disputa entre Cuba y EE.UU. ha llevado a numerosas sanciones por parte de Washington contra el Estado comunista, el cual, a su vez, ha buscado alianzas con países como China, Rusia e Irán para disminuir el impacto de las presiones económicas y políticas de la Casa Blanca.
Tras la elección del hoy fallecido Hugo Chávez en 1998, Venezuela forjó una estrecha alianza con Cuba, suministrando a la isla petróleo fuertemente subsidiado a cambio de médicos cubanos y otros servicios. Este acuerdo implicó para La Habana un importante salvavidas energético bajo las sanciones occidentales.
Además, durante un breve período entre 2015 y 2017, en el Gobierno del expresidente Barack Obama, las relaciones cubano-estadounidenses se normalizaron, permitiendo a La Habana salir de su aislamiento internacional.
Pero con el ascenso del republicano Donald Trump al poder en 2017, esa normalización terminó y se reinstauró el antiguo régimen de sanciones contra Cuba.
Ahora, bajo el segundo mandato de Trump, la presión estadounidense sobre La Habana se ha incrementado. De hecho, tanto el presidente como el secretario de Estado, Marco Rubio, hijo de exiliados cubanos en EE.UU., han declarado que buscan un cambio de régimen en la isla.
A lo que se suma que el Estado cubano enfrenta una grave escasez energética después de que los envíos de petróleo de parte de Venezuela se detuvieran efectivamente hace un mes, tras la incursión militar de Washington en Caracas que llevó a la captura del presidente Nicolás Maduro.
Así las cosas, desde principios de enero, ningún petrolero venezolano ha salido rumbo a Cuba, cortando un suministro clave que solía atender gran parte de las necesidades energéticas de la isla, en medio de sanciones prolongadas y problemas de producción.
El Gobierno de la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, quien asumió el poder tras la captura de Maduro, está buscando un acercamiento renovado con Washington, el cual ha incluido poner fin a las exportaciones de petróleo a Cuba, contribuyendo a la escasez de combustible y la presión económica sobre la isla.
¿Otro deshielo entre Cuba y Estados Unidos?
Este jueves, pocos días después de que EE.UU. designara al Estado cubano como “una amenaza inusual y extraordinaria”, el presidente Miguel Díaz-Canel indicó su disposición a entablar conversaciones con Washington para reducir las tensiones entre ambas naciones.
Y, si bien Trump sostuvo que EE.UU. “está hablando con Cuba”, su acercamiento llegó, como es habitual, bajo la estela de una amenaza: “No tiene que ser una crisis humanitaria”, dijo a principios de la semana pasada, refiriéndose a la escasez de combustible vinculada a Washington que enfrenta la isla, la cual puede provocar cortes de electricidad, afectando la seguridad alimentaria y los envíos de otros artículos esenciales.
“Creo que probablemente vendrían a nosotros y querrían hacer un trato”, agregó Trump, refiriéndose a las comunicaciones en curso entre ambos Estados, un desarrollo que el viceministro de Relaciones Exteriores de Cuba, Carlos Fernández de Cossío, también confirmó durante una reciente entrevista con la cadena CNN.
A diferencia del acercamiento de 2015, que algunos analistas describen como “una oportunidad que Cuba no logró capitalizar”, el clima político actual ofrece pocas perspectivas de una renovación del compromiso, en gran medida debido a la falta de intereses convergentes entre Washington y La Habana, explica Lorena Erazo Patiño, profesora de Estudios Globales en la Universidad de La Salle en Bogotá.
“La arquitectura de sanciones de 2026, que incorpora aranceles secundarios sobre los proveedores de petróleo, apunta al colapso del sistema en lugar de la normalización. Es evidente que el discurso actual no busca fomentar el diálogo, sino más bien dictar términos de rendición económica basados en la narrativa del 'Estado fallido”, dice Patiño a TRT World.
Como resultado del “resurgimiento de la Doctrina Monroe en su forma más pragmática y agresiva”, Washington apunta a un cambio de régimen en lugar de un acuerdo integral con el actual gobierno comunista, indica Patiño.
La Doctrina Monroe, de 1823, buscaba que las Américas estuvieran bajo la dominación política de EE.UU., excluyendo la influencia extranjera, una postura que desde entonces ha sido interpretada como una barrera a las interacciones de China y Rusia con los Estados latinoamericanos.
Por su parte, La Habana, bajo la creciente presión estadounidense, sí ha buscado desarrollar un diálogo con Washington, pero ha rechazado cualquier enfoque de cambio de régimen, declarando que “rendirse no es una opción para Cuba”.
Alfonso Insuasty Rodríguez, coordinador de la Red Interuniversitaria por la Paz, aborda las comunicaciones recientes con cautela, considerando la aparición de un verdadero deshielo como “altamente improbable”.
Según explica, un verdadero deshielo requiere levantar el bloqueo, respetar la autodeterminación cubana y abandonar las políticas de cambio de régimen, pero ninguna de estas condiciones está presente en el contexto actual.
“La historia muestra que EE.UU. utiliza el diálogo no como reconocimiento de soberanía, sino como un instrumento de presión, contención o reconfiguración regional”, señala Rodríguez a TRT World.
“Desde una perspectiva latinoamericana, estas comunicaciones no alteran el marco central del bloqueo económico, financiero y comercial, que sigue siendo el mecanismo primario de agresión contra el pueblo cubano”, añade.
“Mientras Cuba sea tratada como un ‘problema’ en lugar de como un sujeto político soberano, la normalización auténtica seguirá siendo inalcanzable”, concluye.
Situación deteriorada
Las realidades económicas y financieras sobre el terreno no son muy prometedoras para Cuba, ya que los expertos sugieren que EE.UU. podría intentar un cambio de gobierno al estilo Venezuela en La Habana, contactando a personas internas para acelerar un cambio político similar a la captura de Maduro.
“Las evaluaciones técnicas sugieren que Washington ha pasado de promover transiciones democráticas internas a incentivar una ruptura externa a través del colapso sistémico de servicios esenciales, específicamente energía y combustible”, dice Patiño.
“Esta es una apuesta de alto riesgo: el cambio de régimen a través del colapso estructural tiene el riesgo de infligir una profunda angustia humanitaria, incluyendo inseguridad alimentaria generalizada, precariedad sistémica y pobreza exacerbada”, detalla.
La reciente visita del presidente de Colombia, Gustavo Petro, a la Casa Blanca puede haber inquietado aún más al liderazgo cubano, ya que la reunión marcó un cambio notable en el compromiso de Washington con una figura que anteriormente fue criticada por funcionarios estadounidenses.
En la antesala de la visita, el presidente Trump había usado un lenguaje duro contra Petro, incluyendo insultos y sanciones anteriores, pero describió su encuentro como “un gran honor”, y habló positivamente sobre la cooperación en temas regionales.
A raíz del cambio de liderazgo en Caracas y el acercamiento de Petro a Estados Unidos, el aislamiento de Cuba se ha profundizado ya que las exportaciones de petróleo venezolano a la isla se han detenido efectivamente, forzando a La Habana a depender más de los suministros de combustible mexicanos, un salvavidas ahora bajo presión mientras el país latinomericano busca evitar sanciones de su vecino del norte por apoyar a Cuba, en medio de la arquitectura de sanciones endurecida de Washington.
“La captura de Maduro terminaría efectivamente el estatus de Cuba como actor regional, regresando a la isla a un teatro de competencia entre grandes potencias. Este cambio aumenta significativamente los riesgos de seguridad global, ya que cualquier inestabilidad interna podría escalar rápidamente de una crisis doméstica a una confrontación directa entre las principales potencias”, dice Patiño.
“Al convertirse en un punto focal de intereses extrarregionales, la supervivencia doméstica de Cuba se vincula inextricablemente a los cálculos estratégicos más amplios de Washington, Moscú y Beijing, haciendo que la perspectiva de una normalización bilateral pacífica sea cada vez más remota”, destaca.


















