El escritor palestino Mahmoud Darwish decía: “Cuando pienses en los otros lejanos, piensa en ti mismo y di: ‘Ojalá yo sea una vela en la oscuridad’”. Esa luz la representa claramente Noha El-Haddad, médica de urgencias de Madrid, que, ante la primera oportunidad de viajar a Gaza, no dudó y lo dejó todo para ayudar sobre el terreno.
Pese al agotamiento y entre lágrimas, Noha relata la realidad que viven y sufren los palestinos, en medio del genocidio brutal por parte de Israel. Detalla la escasez de medicinas, alimentos y agua, ya que Tel Aviv continúa bloqueando el ingreso de ayuda humanitaria pese a la tregua. Todo en medio de la devastación, que, según informes de la ONU, afecta al 80% de la infraestructura. “Cuando escuchas esos números, intentas entenderlos… pero no los comprendes hasta que lo ves”, cuenta a TRT Español.
Tras varios meses en los hospitales Nasser y Al-Shifa, salió del enclave. Ahora, siente la necesidad de contarle al mundo lo que ha visto: familias que sobreviven en tiendas de campaña o entre escombros, situaciones límite en los hospitales. Historias que parecen lejanas, ajenas, mientras desde fuera la comunidad internacional intenta “limpiar la conciencia” con un alto el fuego que, en el terreno, no ha cambiado la vida de los palestinos. Desde lejos, el mundo sigue sumergido en sus peleas cotidianas y olvida que vivir entre la destrucción se ha convertido en lo habitual en una Gaza que necesita urgentemente ayuda.
Tras dejar Gaza, y mientras insiste en la necesidad de tomar conciencia, Noha narra en esta entrevista con TRT Español su experiencia sobre el terreno.
Entrevistador: ¿Qué te ha llevado a ir a Gaza?
Noha El-Haddad: Desde pequeña, he tenido la ilusión de poder ir a ayudar como médico a cualquier lugar que hiciera falta. Tras los dos últimos años, viendo todo lo que acontecía en Gaza, se me avivó aún más el deseo de ayudar, deseando llegar allí. Estuve mirando qué opciones había con grandes organizaciones: Médicos Sin Fronteras, Médicos del Mundo, entre otras, sin saber muy bien cómo se podía proceder.
De repente, una amiga me envió un anuncio de una organización estadounidense que buscaba médicos para ir a una misión humanitaria a Gaza y, sin dudarlo, me apunté. A la semana me confirmaron y, en un mes, me encontraba allí.
Pero no debió ser fácil el acceso. ¿Cómo fue el proceso hasta entrar en el enclave?
El proceso tiene varias etapas. Primero, debes encontrar una organización que te avale; en este caso, era una organización estadounidense que trabaja en colaboración con la Organización Mundial de la Salud, que, dependiendo de tu especialidad y de las necesidades que se tengan, debe dar el visto bueno a tu perfil.
Después, necesitas la confirmación de las autoridades israelíes, pero no te la dan hasta el día antes de tu fecha de entrada. Es decir, tienes que estar ya en Jordania el día anterior sin saber todavía si vas a poder entrar o no. De hecho, en mi grupo éramos siete médicos que tuvimos que volar a Amán, cada uno desde su país y costeando sus propios gastos. De los siete que íbamos, solo a cuatro nos aceptaron.
Luego, empieza la fase del viaje en autobús desde Amán hacia Cisjordania (ocupada), a través del puente de Allenby. Allí pasas por tres controles de seguridad, tanto de maletas como de documentación. El último escáner era determinante: todos lo temíamos. En caso de que, por ejemplo, consideren que llevas material médico, no pasas el control y te devuelven. De hecho, algunos miembros del grupo tuvieron que regresar tras ese control.
Pero… Si llevas material médico, ¿no puedes acceder?
Como lo oyes, no tiene sentido: vas a una misión médica y lo lógico es que intentes llevar contigo material para ayudar. Pero esas son las normas; si consideran que lo que llevas es “demasiado”, te rechazan.
¿Y después?
Pues, una vez en Cisjordania (ocupada), comienza un viaje en autobús de aproximadamente cuatro horas; en ese trayecto no te puedes bajar. El autobús no puede hacer ningún tipo de parada por motivos de seguridad. Te avisan antes, pero en ese camino no puedes ni ir al baño, ni comer, ni nada. Es un trayecto, digamos, “blindado”, y está prohibido cualquier tipo de interrupción.
Desde Amán hasta estar ya en Gaza pasaron 14 horas, recorriendo diferentes rutas y controles. Es un viaje largo y lleno de nervios, porque hasta que no estás dentro no tienes la seguridad de que realmente vas a poder entrar.
Entonces llegas a Gaza, ¿qué es lo primero que ves?
Tiendas de campaña, gente viviendo en la calle… Literalmente, te vas cruzando con ruinas por todas partes. No hay luz, los caminos están destrozados. Te encuentras con un panorama muy desalentador.
¿Dónde os alojabais?
Nosotros durante toda nuestra estancia nos alojamos dentro del hospital, primero en (el hospital) Nasser y después en Al-Shifa, porque es, por así decirlo, la única zona en la que “pueden garantizar tu seguridad”.
Los primeros 10 días estuve en el Hospital Nasser. Cuando llegas, ves esa escalera en la que atacaron a los paramédicos que estaban rescatando a otras personas, también víctimas de un ataque. Es como que empiezas a ver todo lo que hemos visto en las noticias… esas fotografías, de repente, las estás viendo en la realidad.
Además, impresiona ver que hay gente viviendo dentro del hospital. Estábamos entrando y empiezo a ver colchones, gente tumbada, gente en los pasillos… esa gente vivía ahí, gente que lo había perdido todo, hasta el punto de no poder ni permitirse una tienda de campaña.
Y, ¿cómo era la realidad en Al-Shifa?
El panorama era como una película de terror, repleto de signos de la guerra. Había disparos en las paredes, algunas zonas destruidas… La zona de Al-Shifa en sí era una ciudad fantasma.
Según los informes de la ONU, Gaza tiene un nivel de destrucción del 84%, pero en el norte, donde está el hospital de Al-Shifa, llega a más del 90%. Claro, cuando escuchas esos números intentas entenderlos, pero no lo comprendes hasta que lo ves.
Para entenderlo mejor: Al-Shifa era el hospital más grande de toda Palestina, equivalente al Gregorio Marañón de Madrid. Tenía al 25% de los trabajadores sanitarios de toda Gaza, con instalaciones modernas y de calidad. Ahora llegas y está completamente destruido.
Actualmente, intentan habilitar pequeñas zonas de forma temporal, porque es lo único que pueden hacer para poder seguir atendiendo a la gente, aunque con muchísima dificultad.
Con toda esa situación, ¿cómo y con qué se lograba trabajar ahí?
Yo misma me preguntaba cómo la gente puede trabajar aquí, seguir viviendo aquí y seguir luchando… Es que todavía estaban retirando cadáveres que estaban enterrados en el terreno del hospital. Había puestos de comida en mitad de la destrucción, burros pasando como medio de transporte, y niños sin chanclas jugando entre los escombros.
Y si hablamos de materiales, en el hospital no hay medicación ni materiales básicos. Hemos tenido cirugías paralizadas durante mucho tiempo porque no teníamos algo tan básico como gasas. No hay recursos para hacer las analíticas más básicas, no hay marcadores para evaluar los daños del corazón, ni siquiera para medir electrolitos, el nivel de sodio, potasio o la función renal. No hay glucómetros para pacientes diabéticos, que en España todo el mundo con diabetes suele tener en casa. Tampoco hay antibióticos; solo dos o tres contados, que no sirven para todas las infecciones.
Lo que más nos decían en el hospital era: “Cuando salgáis, por favor, hablad de todo lo que nos falta para tratar a los pacientes”. Porque ellos están ahí intentando sacar adelante los servicios médicos, pero no tienen las herramientas para hacerlo.
A nivel personal, ¿qué situaciones has encontrado y qué te contaba la gente?
La gente está muy afectada. La situación del agua, por ejemplo: hay un solo grifo en el hospital y es agua de mar, que sale completamente blanca y con ella se lavan o lavan la ropa. Hay una desalinizadora, y la gente va allí a rellenar sus botellas, o a veces vienen camiones por la mañana a distribuir agua entre la población. Algo tan básico como eso muestra cómo todo el sistema está destruido.
Los médicos trabajan casi 24 horas, la mayoría sin salario, todos voluntarios. Simplemente lo hacen por amor al arte, literalmente por amor a su país, por amor a su gente… Médicos que pueden hacer guardias de 24 horas, sin cobrar, y encima se van a dormir a una tienda de campaña o a sus despachos, porque es lo único que se mantiene en pie.
Es verdad que agradecen mucho que vayamos, porque dicen que, de esa forma, sienten que todavía el mundo les está apoyando, que nadie se ha olvidado de ellos (Noha se emociona). Nosotros nos frustramos mucho por no tener los materiales, piensas “estoy viendo a este paciente, sé el tratamiento, sé lo que necesita, y en España se lo podría dar súper fácil…”. Pero ellos nos decían: “Bueno, no pasa nada; con que estéis aquí ya nos sirve, nos ayuda, porque nos sentimos apoyados. Sentimos que sigue habiendo gente de pie con nosotros, luchando para que no se nos olvide”.
Y llegó el momento de volver a casa. ¿Cómo es el regreso al día a día, a la rutina, tras esta experiencia?
Pues mira, curiosamente estaba mejor en Gaza que ahora, al salir. Es verdad que antes de ir a Gaza tienes miedo, muchas dudas sobre qué va a pasar, cómo será la situación. También, una vez dentro, escuchas todos los días el sonido de drones, escuchas explosiones, todos los días recibes heridos… pero una vez que estás allí, aunque suene un poco raro, como que te adaptas.
Y es que, al salir, creo que lo que más me ha afectado es sentir que fuera de Gaza la vida sigue como si nada; sentir esa indiferencia global hacia un sufrimiento que sigue ocurriendo. Creo que tenemos la conciencia algo tranquila pensando “bueno, hay un alto el fuego”, ya que no estamos viendo esos bombardeos que dejaban 200, 300 o 400 personas asesinadas al día. Pero obviamos que la gente sigue sufriendo todos los días las consecuencias de lo vivido; sigue viviendo en condiciones inhumanas. Me duele mucho ver que se les ha arrebatado la dignidad.
Esas condiciones parecen que todo el mundo las ha aceptado como normales, y eso no puede ser así. Tenemos que seguir haciendo presión para que llegue ayuda de verdad, movilizarnos para que se den pasos en la reconstrucción real y apoyar a las organizaciones que trabajan sobre el terreno. Es cierto que las grandes soluciones deben venir de más arriba, pero no debemos dejar de manifestarnos y presionar para que la reconstrucción en Gaza sea posible.














